Para la antropología social, lo que muchos suelen llamar irracional, como son: ritos, creencias y prácticas de sanación, encierran una racionalidad propia. Alfred Métraux (1902-1963), antropólogo social suizo, lo expresó con claridad: "todos los mitos están formados de elementos prestados de los episodios dado o elaborados en el lugar de la gente según experiencias" (1973). Esta observación nos recuerda que las prácticas locales no son fragmentos sin sentido, sino construcciones vivas que integran experiencias colectivas y saberes no visibilizados.
Con frecuencia voy al campo con técnicos ambientales, profesionales que llegan a las comunidades con la urgencia de cumplir tareas y plazos y en ese apuro, se descarta la posibilidad de conversar con las comunidades y los sabios locales, portadores de conocimientos acumulados durante generaciones. Esa omisión priva a los profesionales de la imaginación-investigación social de la experiencia de la gente como fuente, que vincula lo humano con los recursos naturales.
En muchos lugares del país y del mundo, curanderos y sanadores atienden diariamente a decenas de personas. Sus prácticas, lejos de empeorar la salud y la vida en promedio, han generado confianza y defensa comunitaria frente a ataques externos. Estos saberes ancestrales constituyen una racionalidad práctica que responde a necesidades físicas y espirituales, y que se enlaza con la lógica mítica descrita por Métraux: episodios locales que se integran en un tejido cultural más amplio.
"Me fue muy bien, pero te juro que no continué con esa práctica por dejadez y he vuelto a tener problemas", me confesó alguien que experimentó la sanación temporal; podría dar otros testimonios más personales y locales. Este tipo de demostraciones revela que lo considerado irracional puede ser, en realidad, un camino eficaz hacia el bienestar.
En antropología social, es necesario definir qué entendemos por "don". Los dones son capacidades reconocidas por la comunidad, vinculadas a la espiritualidad y a la relación con la naturaleza. Creer en ellos no es distinto de creer en figuras religiosas como el Espíritu Santo o la Virgen María: ambas son formas de racionalidad espiritual compartida por todos, en general.
La vida comunitaria se sostiene en valores, creencias y prácticas que integran lo divino con lo natural. La magia de los recursos, de los territorios, sean vistos como soplo divino o como accidentes de la historia natural, forma parte de una racionalidad que articula sociedad, espiritualidad y medio ambiente.
La antropología social nos recuerda que lo irracional no es ausencia de razón, sino otra forma de racionalidad. Como señaló Métraux, los mitos y prácticas locales son construcciones elaboradas en el lugar, con elementos prestados que se resignifican. Reconocer y valorar estos saberes es fundamental para comprender la relación entre comunidades, espiritualidad y recursos naturales. En tiempos de crisis ambiental, escuchar a los sabios no visibilizados puede ser una vía para construir alianzas y nuevas formas de reforestación y convivencia.
Tres ejemplos de lo que considero creencias conservacionistas en la cultura campesina dominicana:
1. El difunto convertido en hacha
En la Sierra o Cordillera Central, Marte (1999), una familia pierde a un pariente en medio de un incendio forestal. La leyenda cuenta que unos cazadores de cerdos cimarrones, valiéndose de un haitiano, prometieron devolver la vida al muerto, pues el fenecido se había transformado en un hacha. Lo importante es que, mientras existió el mito, nadie volvió a tumbar un árbol de pino: utilizar un hacha para cortar un pino era usar al propio difunto. La creencia funcionó como un mecanismo de respeto hacia el bosque. Aunque el mito se evaporó con la descomposición cultural del campesinado, su efecto fue claramente conservacionista.
2. La palma de oro del Valle Encantado
En la Loma de Blanco, Bonao, Taveras (2012), Ramón Rosado, campesino de dicha loma, que colinda con Constanza, relataba la existencia de una "palma de oro" en el Valle Encantado. Por esa razón, él y otros campesinos evitaban entrar en el lugar. La realidad era distinta: allí había funcionado un aserradero hace aproximadamente 60 años, cuyos vestigios aún permanecen. Sin embargo, la creencia en la palma de oro generó un tabú que pudo hipotéticamente hablando, proteger el valle de la explotación indiscriminada o incendios forestales. El mito, aunque no correspondía a la realidad material, operó como un freno cultural a la deforestación y los incendios.
3. El pez de oro en Nalga de Maco
En Burende, comunidad al pie norte de Nalga de Maco, Parque Nacional fronterizo con Haití (Ibidem), el dirigente comunitario Rafael Then contaba que en la cima del pico existía un lago habitado por un pez de oro. Según él, esa era la razón por la cual los "americanos" subían y cuidaban del lugar. La creencia, transmitida en 1998 cuando iniciamos trabajos de reforestación en la zona, reforzaba la idea de que la cima era un espacio sagrado y digno de protección.
Estos tres ejemplos muestran cómo las creencias populares, lejos de ser irracionales, contienen una racionalidad ecológica. Tal como señaló Alfred Métraux: "todo mito comprende elementos prestados, generalmente sin tema central, de los episodios elaborados en el lugar" (pág. 1019). En cada caso, el mito local se convirtió en un mecanismo de regulación social que protegió el bosque y sus recursos. La antropología social nos invita a reconocer que estas narrativas, aunque mágicas o fantásticas, cumplen funciones prácticas de conservación y convivencia con la naturaleza.
Referencias
- Métraux, A. (1973). Mitología de los pueblos indígenas de América. México: Fondo de Cultura Económica.
- Marte, D. (1999). Madre de las Aguas: novela. Santo Domingo: Ediciones Amigo del Hogar.
- Taveras, P. (2012, junio). El encanto del Valle. Blog Chinchilina. Recuperado de https://chinchilina.blogspot.com/2012/06/el-encanto-del-valle.html
Compartir esta nota
