En su famoso ensayo titulado Sobre el fenómeno de los trabajos de mierda (2013), el antropólogo y activista anarquista David Graeber (1961-2020) explica que la predicción del economista británico John Maynard Keynes (1883-1946), acerca de que, gracias al avance tecnológico, hacia finales del siglo XX bastarían quince horas semanales de trabajo para satisfacer todas las necesidades humanas en las sociedades industrializadas, no se cumplió, aunque los medios técnicos sí existen actualmente para hacer realidad ese potencial oculto de nuestro sistema económico.

La razón detrás de este fenómeno la podemos hallar en el llamado Fragmento sobre las máquinas, contenido en los borradores de la obra magna del revolucionario comunista Karl Marx (1818-1883), conocidos como los Grundrisse (1857-1858). En este fragmento visionario, Marx predijo que llegaría el punto en el cual todo el conocimiento producido socialmente por la humanidad —al cual el pensador denomina “intelecto general”— sería paulatinamente incorporado al proceso productivo por medio del desarrollo tecnológico y científico. Según Marx, esta tendencia se profundizaría hasta alcanzar el punto en el cual el tiempo de trabajo inmediato dejaría de ser la fuente principal de riqueza.

Sin embargo, en un modo de producción como el capitalista, fundamentalmente basado en la lógica de la acumulación de capital, esta potencial emancipación del tiempo de vida humano se torna en su total opuesto: desempleo tecnológico, precarización laboral e intensificación del trabajo para algunos y concentración de la riqueza para otros. Como si esto fuera poco, Graeber añade que este sistema económico capitalista es capaz de producir simultáneamente enormes capacidades tecnológicas y, a la vez, trabajos socialmente absurdos y carentes de sentido.

A pesar del carácter visionario del anteriormente mencionado fragmento marxiano, en nuestro siglo XXI se ha configurado una realidad que ni siquiera el profético teórico alemán pudo prever: la producción acumulativa y social del conocimiento —el intelecto general— es transformado en propiedad privada y fuente de rentas por parte de las grandes industrias de tecnología de punta que han creado las inteligencias artificiales que cada vez más penetran en nuestras vidas cotidianas. Pues, el conocimiento que alimenta a estos novedosos sistemas tecnológicos no surge de la nada ni es una creación exclusiva de las empresas que construyen los mismos; sino que se nutre de siglos y siglos de producción científica y cultural.

Podría afirmarse, entonces, que la principal contradicción social de nuestros tiempos de capitalismo cognitivo reside entre la naturaleza social del intelecto general y su apropiación privada por parte de la hiperburguesía tecnológico-financiera que posee y controla estos conocimientos producidos colectiva y socialmente por toda la humanidad a lo largo de su historia. Es por esto por lo que el núcleo de la crítica marxista del sistema del capital se mantiene vigente aún hoy en día: porque persiste una gran contradicción global entre lo que nuestras sociedades son capaces de hacer materialmente y las relaciones sociales que frenan el potencial emancipatorio de esas mismas capacidades.

Hoy en día, los neofaraones de nuestro mundo hipertecnologizado nos prometen un futuro utópico de maravilla donde estaremos todos y todas liberados del peso de los trabajos aburridos, alienantes y onerosos, gracias a sus creaciones descomunales. Sin embargo, lo que está ausente de este discurso es la realidad de que esta disminución del tiempo de trabajo necesario para cubrir las necesidades de nuestras sociedades estará mediatizada por la producción capitalista de mercancías que han de ser intercambiadas en el mercado, para generar ganancias para las grandes corporaciones dueñas de dichas tecnologías. De esta manera, estos nuevos tecnobarones posindustriales ocultan que serán ellos los principales beneficiarios de esta automatización del trabajo.

Esto es así porque —contrario a lo que plantean los medios de comunicación capitalistas, en su infinito alarmismo sensacionalista— la automatización tecnológica de los procesos productivos no constituye en sí misma una amenaza para los seres humanos. La amenaza propiamente dicha emerge solo cuando una capacidad socialmente producida para reducir el trabajo necesario queda subordinada a una economía que necesita convertir el trabajo, el conocimiento y el tiempo humano en mercancías. Esto explica por qué, a pesar de los asombrosos avances tecnocientíficos de los tiempos recientes, muchos y muchas de nosotros y nosotras trabajamos más horas que nunca, sobrevivimos bajo condiciones de vida precarizadas y existimos a un infortunio de distancia de caer en la pobreza extrema.

En estos tiempos donde tenemos todo el potencial para alimentar a todas las masas hambrientas del planeta, curar y tratar una gran multiplicidad de enfermedades prevenibles y asegurar muchísimo más tiempo libre, seguridad material y realización humana para todos y todas, la única explicación posible de por qué estos “milagros” no se han producido todavía reside en el hecho de que el modo de producción capitalista necesita privatizar el intelecto general para poder transformarlo en una fuente de riqueza concentrada en poquísimas manos.

La única solución posible a esta paradoja que está detrás de la creciente desigualdad socioeconómica entre los países y a lo interno de cada país, registrada desde hace décadas por las y los mejores economistas, es la transformación de las relaciones de propiedad que sostienen a este nefasto sistema de apropiación privada del intelecto general de la humanidad. Ante este urgente y sombrío panorama, se torna cada vez más necesario alguna especie de organismo transnacional democrático con la capacidad y la potestad de someter a esta hiperburguesía tecnológico-financiera a la regulación, al control y al beneficio público, social y comunitario de las grandes innovaciones que han desatado sobre nuestras sociedades.

Gabriel Andrés Baquero

Filósofo

Gabriel Andrés Baquero (n. 1992, Santo Domingo, República Dominicana) es filósofo y escritor. Licenciado en Humanidades y Filosofía por el Instituto Superior Pedro Francisco Bonó (2018) y Magíster en Estudios Caribeños por la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra (2022), se dedica a la investigación y reflexión sobre temas culturales, históricos y políticos.

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