Si bien el discurso moral permitió intervenir sin asumir plenamente el riesgo de decidir, al llegar a una fase de agotamiento no deja un gran vacío, sino un terreno más áspero. Cuando la retórica pierde eficacia, deja de organizar el conflicto y de desplazarlo, y lo que queda es la materialidad desnuda de las relaciones de fuerza. En ese punto, lo que se impone no es una salida conciliadora, sino la necesidad de estabilizar tensiones entre posiciones que ya no pueden imponerse sin provocar un colapso sistémico.

Durante largo tiempo, aquello que hoy llamamos paz fue concebido como promesa, no como una condición operativa, sino como un estado al que se llegaría tras la superación del conflicto. Esa expectativa resultó funcional porque permitía diferir costos y desplazar decisiones. Mientras se hablaba de armonía futura, el enfrentamiento seguía organizando posiciones, produciendo rentabilidad política y estructurando antagonismos sin resolverse.

Sin embargo, ningún sistema puede sostener indefinidamente la distancia entre su relato y su estructura material. Llega un punto en que la lógica del antagonismo absoluto deja de fortalecer a quienes la sostienen y comienza a corroerlos, no por transformación ética, sino por desgaste. En ese umbral, la paz no aparece como reconciliación ni como acuerdo moral, sino como límite operativo impuesto por la propia dinámica del conflicto.

Es entonces cuando el otro deja de ser pensado como una anomalía eliminable y pasa a ser reconocido, de hecho, como un componente estructural del equilibrio. No se lo acepta por convicción ni por reconocimiento, sino por cálculo. La eliminación total deja de ser viable cuando su costo supera cualquier ganancia imaginable. La coexistencia no surge de la voluntad de encontrarse, sino de la imposibilidad de aniquilar sin producir un daño mayor.

En ese marco, la paz no elimina el conflicto, más bien tiende a estabilizarlo. Tampoco neutraliza las tensiones, pero las contiene dentro de márgenes que evitan la ruptura sistémica y opera como una estructura de contención en la que cada actor permanece en su posición porque cualquier desplazamiento abrupto implicaría un colapso que nadie puede absorber.

Ese equilibrio no es liviano y exige renuncias materiales, estratégicas e identitarias, obligando a convivir con aquello que no puede integrarse plenamente ni erradicarse sin provocar una desestabilización mayor. En tal sentido, no hay síntesis posible, sí administración del límite.

Lo que emerge de ese proceso es un pacto que nadie celebra, que no se funda en confianza, sino en conciencia del riesgo compartido, que no promete reparación. Destacándose que su función no es sanar el pasado, sino impedir que el pasado imponga una escalada irreversible sobre el presente.

En esta forma de paz no hay redención; hay continuidad condicionada porque el daño no desaparece; queda incorporado como variable estable del sistema. La estabilidad no surge de la superación del antagonismo, sino de su regulación persistente.

Así, cerrar esta secuencia no implica alcanzar una conclusión edificante, sino reconocer un desplazamiento. Esto es, pasar de la ilusión normativa a la contención técnica.

La paz comienza cuando se asume que la eliminación total del conflicto produciría un resultado más destructivo que su gestión. No hay promesa en ese punto, solo equilibrio.

Pedro Ramírez Slaibe

Médico

Dr. Pedro Ramírez Slaibe Médico Especialista en Medicina Familiar y en Gerencia de Servicios de Salud, docente, consultor en salud y seguridad social y en evaluación de tecnologías sanitarias.

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