En la psicología y en la medicina, la cura comienza con un diagnóstico descarnado y la aceptación de la patología. Como advertía Carl Rogers: "El curioso paradigma es que cuando me acepto tal como soy, entonces puedo cambiar". Sin embargo, frente a los crudos resultados de PISA 2025, buena parte del sistema educativo dominicano padece la más peligrosa de las patologías: la ilusión de la tarea bien hecha y el conformismo acostumbrado, lo cual no es más que un autoengaño. Nos hemos instalado en un activismo estéril, prefiriendo la dulce anestesia de nuestras propias buenas intenciones al doloroso bisturí de la autocrítica. Desde las aulas hasta las más altas estructuras de gestión académica, hemos institucionalizado la cultura del autoengaño.
El peligro de esta ceguera voluntaria es que legitima la mediocridad y la disfraza de triunfo. Cuando quienes tenemos la responsabilidad de dirigir instituciones educativas, diseñar políticas o elaborar marcos normativos preferimos el confort en lugar de confrontar el déficit, nos convertimos en cómplices de un fraude generacional. Nos decimos a nosotros mismos que estamos en vías de mejora, celebramos reformas cosméticas y elaboramos discursos grandilocuentes, mientras nuestros estudiantes siguen sin comprender lo que leen y sin capacidad para el pensamiento crítico. Este autoengaño sistémico es letal porque neutraliza el sentido de urgencia; es el equivalente a recetar placebos a un paciente en cuidados intensivos, lo que garantiza que la deficiencia siga devorando el futuro del país.
La primera manifestación de este autoengaño es el arte de la lectura conveniente: desviar la mirada hacia la comparación que menos duela. Hemos visto publicaciones que celebran el "avance" entre 2018 y 2025. Y cabe preguntarse: ¿por qué elegir precisamente ese año como punto de partida, si contamos con los datos de PISA 2015 y 2022? ¿Por qué comparar el presente con nuestro peor momento histórico en la prueba, en lugar de con el ciclo inmediatamente anterior? La respuesta es incómoda pero simple: porque así duele menos, porque así nos anestesiamos. Si de verdad quisiéramos medir nuestro progreso, solo existen dos comparaciones honestas: frente al ciclo más reciente (2022) o frente a toda la serie histórica (2015-2025). Y cuando se hace la comparación que realmente importa, 2022 frente a 2025, el diagnóstico no deja espacio para el autoengaño: no hubo avance alguno en ciencias ni en matemáticas, y en lectura retrocedimos 6 puntos.
Romper este ciclo de autoengaño exige valentía y un rigor irrenunciable. Quienes hemos dedicado años a la gestión académica, y recibimos en las aulas de educación superior las devastadoras consecuencias de esta cadena de fracasos, sabemos que el maquillaje estadístico tiene un límite ineludible: la realidad del alumno frente al mundo.
El segundo gran autoengaño, quizás el más arraigado en el discurso, es la coartada financiera y socioeconómica. Es innegable que la inversión en educación guarda relación con los aprendizajes, pero nuestro país es la prueba irrefutable de que el dinero sin capacidad gerencial es un despilfarro. Desde la conquista histórica de asignar el 4 % del Producto Interno Bruto (PIB) al sector, la mejora en las aulas ha sido pírrica. En este momento, el problema real de la República Dominicana no es la escasez de presupuesto ni la falta de recursos materiales; es la inoperancia crónica en la gestión de estos. Hemos fallado estrepitosamente en la administración eficiente del cuerpo docente y en la optimización del tiempo efectivo en las escuelas. Como lo advierte y sentencia el propio informe PISA: "El aumento del gasto debe ir acompañado de una asignación y un uso eficaces de los recursos financieros para que se traduzca en una mejora de la educación".
Al carecer de esta gestión, nos consolamos repitiendo que, al ser un país con precariedades, la deficiencia académica es una condena ineludible. Sin embargo, los datos destrozan esta excusa y exponen nuestra incompetencia. Países mucho más pobres o naciones enteras devastadas por conflictos armados nos superan con irritante facilidad. Las regiones evaluadas de Ucrania, enfrentando una guerra a gran escala y la destrucción de su infraestructura, alcanzaron 448 puntos en ciencias, 418 en lectura y 431 en matemáticas. Nosotros, en la comodidad de la paz, obtuvimos apenas 361, 346 y 339 puntos, respectivamente. Hablamos de una brecha de hasta 92 puntos, lo que equivale a más de cuatro años de escolaridad de ventaja para unos jóvenes ucranianos que estudian bajo el fuego cruzado. La Autoridad Palestina nos superó con 350 puntos en lectura y 354 en matemáticas. El Líbano, en pleno colapso institucional y económico, logró 372 en ciencias y 377 en matemáticas. Asimismo, Camboya y El Salvador, naciones con economías sustancialmente más pequeñas, nos sobrepasan en las tres áreas evaluadas.
Pero el síntoma más alarmante de nuestra ineficacia administrativa es la "pobreza educativa" incluso de nuestra élite socioeconómica. El fracaso de nuestro modelo es tan profundo y estructural que neutraliza hasta el privilegio económico. PISA clasifica el desempeño de los estudiantes en 6 niveles. En 2025, al promediar los resultados de ciencias, lectura y matemáticas, ningún estudiante dominicano alcanzó los niveles 5 y 6, los más altos de la escala. Más grave aún: el 69.3 % de los estudiantes quedó por debajo del nivel 2. En ciencias, el área central de esta edición, el 100 % de los estudiantes, sin importar su nivel socioeconómico, quedó concentrado en los niveles 1 y 2, los más bajos. Ni siquiera el cuartil compuesto por los estudiantes del estrato más favorecido logró ubicarse en el nivel 3 de desempeño.
El tercer gran engaño, que raya en el cinismo institucional, recae sobre los mecanismos con los que medimos y validamos a quienes están al frente de nuestras aulas. Este año el sistema ensayó una evaluación del desempeño docente. Aunque el país aún aguarda por el informe oficial, técnico e íntegro, las recientes declaraciones de la Asociación Dominicana de Profesores (ADP) revelan una desconexión alarmante con el drama que se vive en los pupitres. Según el secretario de Comunicación del gremio, Menegildo de la Rosa, el 50.7 % de los maestros observados se sitúa en un rango de "excelencia", un 35.5 % se agrupa entre "muy bueno" y "bueno", y un estadísticamente insignificante 0.7 % cae en la categoría de "insatisfactorio".
Como bien advierte Elvira Lora en su análisis para Acento, los maestros y maestras son la pieza fundamental, el motor insustituible del engranaje educativo. Sin embargo, los paupérrimos resultados de PISA 2025 no reflejan, bajo ninguna métrica rigurosa, esa excelencia masiva y decretada. Ostentar un sistema donde más del 85 % de los docentes recibe laureles y aplausos, mientras la abrumadora mayoría de sus alumnos es incapaz de comprender un texto básico o resolver un problema científico elemental, constituye una disonancia cognitiva gravísima.
Estamos frente a un modelo de evaluación diseñado para proteger el status quo laboral, no para elevar la calidad del aprendizaje. Nos hemos inventado un universo paralelo donde el colapso de las aulas no tiene responsables directos en el proceso de enseñanza. Se evalúa el cumplimiento de formalidades burocráticas, la asistencia y el papeleo, pero se ignora olímpicamente el único indicador que verdaderamente valida la práctica de un educador: el aprendizaje real, medible y tangible de sus estudiantes. Celebrar una supuesta "excelencia" magisterial sobre un cementerio de competencias estudiantiles reprobadas no es un triunfo del sistema; es la consagración definitiva de nuestra ceguera voluntaria.
La cuarta forma en que se manifiesta este autoengaño ocurre cuando, por resolver conflictos y atender intereses inmediatos de actores del sistema educativo, perdemos el foco de lo único que debería ser innegociable: la calidad educativa medida en los aprendizajes de los estudiantes. Esto sucedió con el más reciente cambio en la regulación de la formación docente. Esta reforma modificó las carreras de educación, las modalidades en que se imparten y los perfiles de los formadores de formadores. Pero, sobre todo, tocó el elemento medular de todo el sistema: los criterios y los instrumentos para la admisión de estudiantes a las carreras de educación. Antes se usaba una prueba estandarizada reconocida internacionalmente. Con ella, incluso en las mejores experiencias de universidades dedicadas exclusivamente a la formación docente, y aplicando programas de nivelación previos, apenas el 40 % de los aspirantes lograba aprobar. Hoy se utiliza una prueba que, sin nivelación ni apoyo alguno, deja pasar al 80 % de los candidatos. No es un ajuste técnico. Es haber bajado la vara justo donde debía estar más alta. El resultado es previsible y ya se nota: el perfil académico de quienes ingresan a las carreras de educación se ha empobrecido de forma preocupante, y con él, el futuro de las aulas que estos mismos estudiantes llegarán a dirigir.
Romper este ciclo de autoengaño exige valentía y un rigor irrenunciable. Quienes hemos dedicado años a la gestión académica, y recibimos en las aulas de educación superior las devastadoras consecuencias de esta cadena de fracasos, sabemos que el maquillaje estadístico tiene un límite ineludible: la realidad del alumno frente al mundo. La República Dominicana no puede seguir hipotecando su desarrollo con la moneda del conformismo ni con reformas que solo buscan titulares agradables. Si verdaderamente aspiramos a abandonar el fondo de los rankings globales y formar ciudadanos críticos y competentes, debemos desterrar la complacencia de nuestras instituciones. Es necesario soltar los placebos, empuñar el bisturí de la autocrítica y mirarnos al espejo sin filtros. El verdadero avance comenzará el exacto día en que tengamos el coraje de dejar de mentirnos a nosotros mismos.
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