Cuando se analiza el ascenso de las dictaduras se suelen analizar las condiciones económicas sociales y políticas que las posibilitaron. Sin embargo, con frecuencia se obvian las condiciones lingüísticas, es decir, el sistema de recursos lingüísticos que conforman una atmósfera propicia para la violencia y el ascenso de los regímenes autoritarios. Entre dichos recursos se encuentran:
El agotamiento semántico. El término proviene de la filósofa chilena Sasha Mudd para referirse a la pérdida de significado que poseen determinados conceptos y sobre los que se establecían ciertos acuerdos. Así, por ejemplo, términos como «socialdemocracia» o «democracia» pasan a tener significados que rompen dichos consensos y adquieren sentidos contrarios que generan confusión en el debate público.
La estigmatización semántica. Consiste en modificar o transmutar los significados de los términos cotidianos y dotarlos de un sentido repulsivo o amenazante. De este modo, la palabra «migrante» se transforma en «delincuente», o el vocablo «feminista» se convierte en «feminazi».
Revictimización semántica. Debido al avance de los colectivos ancestralmente marginados, el discurso autoritario invierte el relato histórico. Victimiza a los grupos tradicionalmente beneficiados que se sienten amenazados e invierte el sentido de las palabras para que estos sean presentados como víctimas. Así, surge el discurso del «racismo contra los blancos» o «la dominación femenina de los hombres» en la «machoesfera».
Deshumanización y violencia semántica. Otro recurso discursivo autoritario es despojar de manera simbólica a determinadas poblaciones de sus características humanas, designarlas con propiedades animales y asociarlas con especies percibidas como desagradables o amenazantes. Esto se convierte en el preámbulo para que la violencia verbal y simbólica culmine concretizándose en violencia física socialmente aceptada.
En conclusión, no es cierto que las palabras se las lleva el viento: tienen un extraordinario poder de anclaje y reconfiguración de la realidad. No es casualidad que los regímenes autoritarios se hayan iniciado, en numerosas ocasiones, como discursos autoritarios.
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