En la última declaración de Ursula von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea, se informa que Groenlandia es europea y, por tanto, no se negocia. Por su parte, Emmanuel Macron, presidente de Francia, anunció en rueda de prensa el inmediato envío de activos militares a territorio groenlandés para la defensa de su soberanía, bajo el amparo del Reino de Dinamarca, que le otorga un estatus especial de autonomía y autodeterminación.
Ante estas circunstancias tan sui generis, se le presenta a la OTAN el dilema de enfrentarse a una de sus partes —los Estados Unidos de América—, nación que encabeza este órgano del sistema internacional. Este brazo armado, que surgió en la posguerra mundial para enfrentar a sus enemigos, se ve ahora ante la posibilidad de que su principal financista se retire, tras la extinción del Pacto de Varsovia. Es, naturalmente, un enfrentamiento entre "hermanos políticos" en la arena geopolítica global.
Lo que observamos es una Unión Europea sin un rumbo o estrategia coherente, navegando en un mar de contradicciones, confusiones y disparidades que torpedean su unidad. La geopolítica del presidente Trump, impredecible y semiárquica, crea un ambiente indiscernible para su historia de alianzas frente a Eurasia y Medio Oriente.
La deducción lógica indica que la OTAN podría extinguirse, ya que al presidente Trump no le interesa continuar con su financiamiento. Además, existen miembros que se distancian de la geopolítica y de los objetivos de la élite que domina esta organización, la cual surgió para la defensa de sus integrantes y no para la ofensiva, como acontece hoy día en la guerra ruso-ucraniana.
Todo indica que se mueve un torbellino de vientos geopolíticos globales que sacudirán a la OTAN, la ONU y la OEA, para dar paso a un emergente y necesario reagrupamiento en el sistema internacional, acorde con los tiempos complejos y multipolares que aparecen en el escenario global
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