Sin ser un país de grandes novelas, las que se escriben, ¿lo consiguen? Si le ponemos caso, a leerlas, y a lo que se escribe sobre ellas, se llega a creer… pero es solo una ponderación, de tantas, que se pueden hacer sobre la novela contemporánea dominicana. Quizás se llegue a esa ponderación porque se considere que a la novelística dominicana le faltan lectores; sin embargo, existe en el país una gran cantidad de personas que sí lee lo mejor de la novelística de otros países con total dedicación. Y a favor de esas tradiciones se puede decir que se comprometen con sus estéticas, sus historias, a desarrollar más su lenguaje, técnicas e ismos y metafísica, además de que cuentan con críticos sagaces, desapasionados, que las juzgan equilibradamente al igual que quienes las escriben; no pasa así con la novelística dominicana, comenzando con la historia a narrar, su tono y su lenguaje historicista. Y no porque la gran mayoría de las novelas dominicanas sean realistas o intenten serlo (casi siempre lo son por el tratamiento capcioso), y motive poco al lector a leerlas con pasión, sin que se caiga en el aburrimiento.
La gran mayoría de las novelas dominicanas, desde la muerte de Trujillo, sin incluir las que se escribieron en la era, son aburridas (perdonen el término simplón), que es lo mismo que decir que se hace difícil leerlas con pasión.
En las novelas dominicanas contemporáneas se resalta más al autor que al contenido. Las causas caerían por su propio peso. El novelista dominicano no es un mago de las estructuras y técnicas per se ni de la historia que narra. Es un elemento entre otros tantos a tomar en cuenta. El único deber de un poeta, cuentista, novelista es escribir bien y que apasione con sus dramas, y es lo que carece muchas veces nuestra narrativa de largo aliento. En la nuestra, los personajes no logran la trascendencia necesaria para salir a caminar como un ser vivo cualquiera, en la imaginación del lector, como pasa con decenas de novelas dominicanas, que al primer párrafo…
La creación novelística dominicana está llena de novelas que gimen como putas pensionadas, que buscan gustar y fijar valores como columnas de edificios mal construidos en la imaginación del lector. Ya es un lugar común que ante cada novela se diga (mientras más páginas tenga): "La mejor novela dominicana contemporánea". ¿Es verdad eso? Nos gusta justificar el canon de novelas sin lectores y decir: "Es lo mejor que se ha escrito en los últimos años", pero en el fondo sabemos que no es así. Decenas de novelas escritas y ninguna anclada en la imaginación de un lector sereno, desapasionado, crítico, y por qué no, romántico, realista o surrealista (mágico). A veces me digo, ¿es que los novelistas del patio son demasiado serios al abordar la creación de una novela? En la mayoría, la ironía brilla por su ausencia; el estilo y el tono o el uso de la lengua: pesado; los diálogos, insoportables; el tono, difícil de captar porque el autor no tiene claro de dónde viene y hacia dónde va (sí, perdón, van a ningún lado), en lo romántico, realista, irónico, misterioso, pensativo, ensoñador o apasionado; y en la ambientación, todo por el lado pesado en que se desenvuelve el libre discurrir de lo relatado.
Catervas de novelas escritas por cualquier autor dominicano y ni una dirigida a la imaginación creativa de un lector acucioso, mal sentado, ¿los sitios? Nuestra novelística, menos que nuestra cuentística y poesía, está revestida de desenfados desaforados. Nuestra cuentística y poesía poseen más imaginación, más atrevimiento, lo que me lleva a afirmar: aquí todos los concursos de novelas deberían serlo de novelas cortas. Prohibir bajo pena de muerte novelas cuya extensión sobrepase las ciento cincuenta páginas, y todavía me las encuentro muchas. Deberían ser ochenta y nueve, para decir un número.
Otro punto ciego a destacar: vivimos ponderando las grandes novelas latinoamericanas, pero ni por asomo escribimos una que se haya sumado con pantalones largos, y no cortos, a la tradición latinoamericana; y las que existen, uf, mejor ni pensarlas de lo aburridas que son.
La radiografía a destacar: personajes demasiado parecidos a la realidad que le quitan a la ficción el encanto, tanto, que es preferible leerse una anécdota de esos personajes, pues nos divertiríamos más que con la obra en cuestión. Soy un abanderado de la lectura de novelas que me saquen de la "realidad". Pondero la novela que me funda, me conquiste. Leer es crear un mundo, evocar un mundo paralelo al que se está viviendo, que nos extraiga momentáneamente de la realidad, de salto de una utopía a otra, entre docenas más de cosas que nos podrían ayudar a superar y mejorar nuestras vidas, la sociedad y un largo etcétera. Novelista que no consigue eso, su obra es un acto fallido, y de esas tenemos la mochila llena.
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