La noche del viernes 24 nunca sospeché que la vida terminaría escribiendo el último capítulo del libro que llevaba meses redactando. Mi madre acababa de morir.

Durante meses escribí una novela en la que una familia aprendía que cuidar no siempre consiste en curar, que permanecer puede ser una forma de vencer y que el amor, cuando madura, deja de preguntarse cuánto tiempo falta para empezar a cuestionarse cómo acompañar mejor. Conforme avanzaba en aquellas páginas, estaba convencido de que escribía una obra de ficción. Ahora comprendo que, sin saberlo, estaba registrando la realidad antes de que ocurriera.

La literatura posee una capacidad que todavía me asombra: algunas veces llega antes que nosotros. Hay libros que el escritor no redacta únicamente para compartir una historia con sus lectores; los escribe porque llegará un día en que él mismo necesitará refugiarse en sus propias palabras. Cuando el día exige fue uno de esos manuscritos. Durante mucho tiempo pensé que estaba imaginando un adiós. La verdad es que, sin saberlo, estaba aprendiendo a vivir el mío y el de quienes, junto a mí, habrían de despedirla: mis hermanos, mis hijos y toda una familia que, aquella noche, descubrió que el amor también se expresa en la forma de decir adiós.

Cada conversación que inventé, cada silencio que dejé descansar entre los personajes y cada gesto de la madre que se negaba a abandonar a los suyos eran fragmentos de una separación que todavía no sabía que estaba atravesando. Lo que llamé inspiración terminó siendo memoria anticipada. Lo que consideré ficción resultó ser preparación. Solo después comprendí que la realidad no estaba imitando a la literatura. Era la literatura la que, sin saberlo, había comenzado a interpretar mi propia historia.

Caí en la cuenta de que Dios, en su misteriosa pedagogía, me permitió conversar con mi madre mucho antes de que llegara la última conversación. Al escribir esos capítulos jamás imaginé que llegaría la noche en que tendría que cerrar sus ojos, besar sus manos por última vez y aceptar que el cuerpo que tanto luchó ya no necesitaba seguir haciéndolo. Aun así, cuando ese momento llegó, descubrí que muchas de las palabras que necesitaba ya estaban escritas.

Fue entonces cuando comprendí una verdad que ningún tratado de filosofía había logrado explicarme con tanta claridad: la muerte tiene autoridad sobre el cuerpo, pero jamás sobre aquello que una madre escribe en la vida de sus hijos. Puede detener un corazón, pero no borrar el carácter que formó, la fe que sembró ni los principios que convirtió en costumbre.

Mi madre no fue solamente la mujer que me dio la vida. Fue la primera persona que me enseñó que la dignidad puede sobrevivir al cansancio, que el trabajo honrado alimenta mucho más que el pan y que una familia comienza a sostenerse mucho antes de sostenerse económicamente. La vi luchar cuando los recursos eran escasos; la vi levantarse cuando el cuerpo ya conocía el agotamiento; la vi tomar decisiones que, en aquel momento, parecían pequeñas, pero que, con el paso de los años, terminaron edificando nuestra memoria familiar.

De ahí que, mientras escribía la novela, nunca pude convertirla en un personaje derrotado. Ahora sé por qué. Mi madre nunca conoció la derrota; únicamente aprendió a convivir con los límites que la vida fue imponiéndole. Su cuerpo perdió fuerzas, pero su voluntad permaneció firme; su voz terminó apagándose, pero su ejemplo continuó hablando con una elocuencia que ninguna enfermedad pudo silenciar. La respiración llegó a su fin, como ocurre con toda existencia humana, pero la huella que dejó en quienes la amamos continúa orientando nuestras decisiones, nuestra fe y nuestra manera de comprender el verdadero significado de la familia. Hay vidas cuyo cuerpo concluye su camino, pero cuyo testimonio permanece tan vivo que la muerte es incapaz de convertirlas en ausencia.

Hay despedidas que parecen anunciar un final definitivo. No obstante, existen vidas tan bien sembradas que el funeral no constituye el último capítulo, sino el momento en que los hijos descubren que les corresponde continuar escribiendo, con su propia existencia, aquello que recibieron de sus padres. La herencia más valiosa no siempre cabe en un testamento. Muchas veces vive en una manera de amar, de trabajar, de creer y de permanecer fieles a aquello que un día recibimos.

La noche del viernes 24 murió mi madre. Con ella terminó una etapa de nuestra historia, pero también nació una responsabilidad que me acompañará mientras tenga vida: la de honrarla pareciéndome, cada día, un poco más a ella. Por eso ya no puedo decir simplemente que la perdí. Sería una afirmación incompleta. Solo se pierde aquello cuya huella desaparece, y existen personas cuya ausencia ocupa tanto espacio que termina convirtiéndose en una forma nueva de presencia. Ya no se sientan a nuestra mesa, pero siguen ocupando un lugar en cada decisión importante; ya no responden cuando las llamamos, pero continúan hablándonos desde los valores que sembraron, desde la fe que nos transmitieron y desde el amor con el que edificaron nuestra familia.

Hoy el día ya no exige cuidar a mi madre.

Hoy exige custodiar la siembra que dejó en nosotros, para que continúe dando fruto en quienes vendrán después de nosotros. Mientras esa siembra permanezca fecunda, mi madre seguirá regresando a nuestra mesa, a nuestras conversaciones, a nuestras decisiones más importantes y a forma en que elegimos vivir.

Porque hay madres que dejan de respirar. Pero nunca dejan de sostener.

Salmo 116:15

Matías Benjamín Reynoso Vizcaíno

Educador

Matías Benjamín Reynoso Vizcaíno es académico, investigador y servidor público. Doctor en Educación por Nova Southeastern University (EE. UU.), ha desarrollado una trayectoria orientada al fortalecimiento de la calidad educativa, la formación docente y la articulación de iniciativas nacionales vinculadas a la educación técnico-profesional. Posee una sólida experiencia en procesos de gestión académica, diseño y actualización curricular, así como en proyectos de desarrollo institucional y en la mejora continua. Su pensamiento integra una mirada ético-espiritual centrada en la responsabilidad pública, la esperanza y la dignidad humana. También escribe bajo el seudónimo literario Benjamín Amathís, desde el cual desarrolla poesía, narrativa y textos de sensibilidad espiritual. Es columnista del diario Acento, donde aborda temas de ética, ciudadanía, vida pública y educación en la columna El Grano de Mostaza.

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