Desde hace años corre el meme de que cada año la Navidad empieza más temprano. Me acordé de esto al ser invitado a una toma de chocolate para darle inicio a la Navidad. Allí los organizadores pusieron arbolitos, cintillos decorativos, chocolate caliente y toda la parafernalia que la rodea. Por un momento, aquello fue una auténtica celebración de Navidad. Era la primera semana de octubre.

Es importante preguntarse por qué sentimos la necesidad de iniciar la Navidad con tanta antelación. En una sociedad cada vez más desconectada, alejada del sentimiento natural de vivir en comunidad, atrapada entre las garras de una realidad digital, se intensifica la añoranza de los espacios donde esa comunidad todavía ocurre. Mi teoría es que esa añoranza nos lleva a buscar a destiempo la Navidad, momento dedicado a la familia, a verse con los amigos, a ponerse al día, a pasar tiempo con los hijos, con los padres, con los abuelos, a compartir comida y bebida alrededor de una mesa libre de la distorsión de lo digital.

Para comprobarlo no tenemos que indagar muy profundo en las raíces antropológicas de la Navidad; basta con recordar su lugar en la vida social. Como colectivo, nos entregamos a una serie de hitos compartidos: las vacaciones de los niños, la Nochebuena, las cenas en casa de los parientes, las fiestas con los amigos, los angelitos, la fiesta de la compañía. Todo este conjunto de actividades gravita en torno a un mismo centro: la sensación de comunidad sin costo de entrada, sin tener que justificar la pertenencia.

Con anterioridad he hablado sobre la importancia del tercer lugar, de la necesidad humana de tener un espacio para existir en comunidad que no conlleve un costo de entrada. El ser humano solo puede existir en su relación con los demás; nadie es ser humano por sí solo. Y esos espacios cada vez son menos. La mercantilización de la comunidad por medio de las redes sociales nos deshumaniza al proyectar versiones idealizadas de la persona, de la pareja, de la comunidad. Y el ser se aísla y yace acostado en un sofá, pasando infinitamente un post tras otro, buscando algún nivel de conexión que nunca va a llegar. Mientras tanto, vamos anestesiando nuestro deseo innato de existir, saturando nuestro ser con una serie de estímulos multimedia que minuto tras minuto van consumiendo nuestra energía, desgastando nuestra conexión con la humanidad, aislándonos en pequeñas esferas donde solo yo tengo la razón, donde solo yo existo, y convenciéndonos de que esto es lo correcto, lo deseable, dejándonos, paradójicamente, insatisfechos.

La digitalización de la realidad ha mermado nuestra capacidad de discernir, de sentir, de reconocer el deseo de estar conectados con otros. Hemos perdido el impulso a tomar riesgos relacionales, a aceptar la incomodidad del otro, la fricción que este nos genera y que es necesaria para poder funcionar como comunidad. Y aun cuando sentimos en la comisura de los ojos que algo en esta realidad no es como debería ser, la saturación digital nos vence. Cada día. Nos encontramos encerrados en la caverna, mirando las sombras de una realidad que idealiza las excepciones y trabaja incansablemente para convencer a cada individuo de su excepcionalidad, para convertirlo en un ser que no se quiera dividir, exponer, ser parte de los otros, pero que sí se pueda suprimir.

De esta sensación de disociación entre la naturaleza humana y la “realidad” digital surgen acciones colectivas como el adelanto de la Navidad. Porque la Navidad ya no es tan solo una celebración: representa un arquetipo colectivo, un deseo de retorno a ese otro espacio, ese tercer lugar que el resto del año nos niega y que ha sido codificado por siglos en el calendario. A ese otro momento, mitificado, donde la realidad se presentaba menos difusa. Donde la incomodidad del otro era aceptada como una parte consustancial de la existencia y se honraban los ritos de comunión familiar, amistosa. Un lugar más allá de la incomodidad, donde yacía la satisfacción de un deseo puramente humano, el estar rodeado de los tuyos, de aquellos otros que coincidían en el mismo rito ancestral de compartir una mesa, un trago, una celebración de estar vivos.

Que la Navidad empiece en octubre, más que un meme, es el grito de una sociedad que cada día se encuentra más alejada de su sentido de comunidad. El síntoma, el ruido interno proyectado en busca del rescate de un rito mitológico que nos define como humanidad. Más allá de las luces, los arbolitos y las tomas de chocolate dando inicio a la Navidad, nuestra preocupación debe ser lo que pasa después. El retorno hacia las sombras, la vuelta al anestésico que nos quita la sensación de disconformidad que él mismo nos genera. Porque lo que se avecina, de continuar marchando hacia una existencia definida por lo digital, no será un adelanto infinito de la celebración de la Navidad, sino la supresión completa de ella, de lo que representa, de aquellos ritos comunitarios que nos hacen ser humanos.

Octavio Landolfi

Internacionalista

Internacionalista. Licenciado en Relaciones Internacionales con Maestrías en Educación. Especialista en Geopolítica y Desarrollo de Mercados. Director de Comercio Interno del Ministerio de Industria,Comercio y Mipymes.

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