Nadie se quiere morir, una falacia comúnmente defendible sin reservas por quienes por amar tanto la vida, o por temer tanto a la muerte, olvidan de las razones del suicida. Y bien, salvo esa excepción, yo también pienso que nadie se quiere morir, o que al menos nadie debería querer morirse.

La muerte nos mantiene vivos. Y sus misterios también mantienen vivas las religiones, o ¿existe alguna que pueda prescindir de nuestra incapacidad de saber y pensar sobre el más allá?

Algo muy particular de la muerte es que todo lo que sabemos sobre el tema -que no es mucho- nos viene de la imaginación creativa y fantástica, sobre todo ajena, pero en la mayoría de nosotros cultivada por la fe, cuando no ilustrada por reflexiones filosóficas sobre lo que podría no ser el final, o esa transición que supone la separación entre cuerpo y alma. Pero, si hacemos a un lado esa capacidad mental de hacer un todo de la nada en nuestros pensamientos, nos tendremos que quedar con que la vida es lo único que racionalmente podemos imaginar de determinadas formas, rehacer o reinventar, es decir, nosotros vivos, pues de la muerte no tenemos materia prima alguna para razonar más que los efectos de su llegada y consumación inmediata para la vida, que es lo que vivimos siempre que presenciamos o nos enteramos de la muerte de un ser.

Explica Comte-Sponville que en el acto de morir “[e]l cuerpo abandona su alma como un pedo, es lo único que se puede decir, y sólo el pedo, por anticipado, se resiste. ¿Por qué habrías tú, cuerpo mío, de preocuparte por tus ventosidades?”

Sea que el cuerpo abandona, o el alma la que hace de pedo -que es lo que me resulta más lógico-, en proyección a “el más allá”, se trata de un tema que siempre se abordará igual: a fuerza de fe religiosa (por los que la tienen), especulación o autoengaño, al menos mientras alguien de los que se dice que han muerto y luego resucitado, o que han retornado a la vida, nos demuestre que la muerte no es el fin de todo lo anterior, de lo que es y ha sido previamente. Pues si la resurrección física para los humanos es posible, la metáfora del pedo no creo que sea un buen argumento, pero mientras el reensamblaje cuerpo y alma no resulte demostrable y contemos con testimonios lo suficientemente informativos para causar convicción sobre todo eso que ahora desconocemos a partir de la muerte, me parece una analogía ilustrativa impecable, aunque también algo vulgar.

Si comprendemos que la muerte involuntaria siempre es fortuita, imprevisible e invencible, y que lo único verificable con certeza absoluta es su implacable precisión para poner fin a la vida y hacerla nada, más que de cada uno recuerdos e ideas para la historia y la memoria de los vivos, podremos también aceptar con facilidad que no hay una verdadera razón para preocuparnos y tener tal miedo, siempre inoportuno.

El miedo siempre termina cuando su causa comienza. Pero como nadie vive la muerte, y esta nunca comienza ni termina, sino que se produce en el acto más efímero posible, para acabar con la vida, es lógico que el miedo a la muerte solo concluye cuando concluye la vida; pero, ¿de qué sirve semejante emoción? Si la muerte es invencible, y además es la mayor manifestación de la nada y punto, la pregunta no es ¿por qué temerle?, se impone un mandato para maximizar nuestra calidad de vida: no temas a la muerte y solo vive, elimina ese temor!, y que otra forma de hacerlo que no pensando en la muerte, sino en la vida, y lo que esta debería ser para nosotros.

En su propos del 20 de agosto de 1923, Alain escribió: “[e]l estado de un hombre sano que piensa en la muerte es casi ridículo, por ese riesgo indeterminadola enfermedad cura inmediatamente del miedo de estar enfermo. Siempre es lo imaginario nuestro enemigo, puesto que no tenemos a qué asirnos.

El miedo a la muerte es lo más paradójico de nuestra existencia, pues lógico y también absurdo. Como dije al principio y en principio, nadie se quiere morir, porque lo que sabemos es que la muerte pone fin a lo real, a lo que es con seguridad y a lo único que podemos con certeza saborear y disfrutar, la vida. Y esto vale hasta para los más ilusos, despistados y religiosos consagrados, porque más vale pájaro en mano que cien volando. Por eso tememos a la muerte, no tanto porque amamos vivir, sino porque la muerte promete nada y solo eso: nada. Nuestra ignorancia sobre lo que sigue, si es que algo sigue, nos preocupa tanto que el miedo resulta racional y comprensible, pero es antinatural e inútil.

Nadie anda por la vida -si es que la está viviendo realmente- fatigado por el miedo a la muerte, solo porque la muerte en algún instante imprevisible terminará de hacerse con la vida. Imaginemos ir temiendo en cada paso que en el próximo podría fracturarse un tobillo, por no decir que en cada esquina podríamos ser atropellados; de llevarnos de esas ideas, ¿a qué no deberíamos tener miedo si las posibilidades son infinitas? Más que algo debemos aprender de los que practican deportes extremos, y también de los filósofos clásicos.

A decir de Epicuro: “Nada temible hay, en efecto, en el vivir para quien ha comprendido de veras que nada temible hay en el no vivir.”

Por todo lo anterior, y más paradójico aún, resulta que pensar la muerte no es saludable -al menos no para las personas comunes y ordinarias, en el sentido del primer gran éxito del cantante John Legend-, pero para no pensar la muerte, como decisión racional, necesitamos entender y comprender la muerte a partir de la vida, como ahora la estoy pensando en estas líneas: siendo lo que es, como la mejor razón motivacional para vivir la vida de la forma más plena y productiva posible, apreciando el tiempo como nuestro bien más valioso, así como me parece lo hizo el amigo Juan Manuel Guerrero durante sus días entre los vivos.

Como han expresado varios de sus tantos amigos en más de un panegírico, Juan Manuel fue portador de una particular sabiduría práctica y de una vastísima cultura que trascendía el derecho, y de la que muchos nos beneficiamos, pues si algo siempre noté que le causaba satisfacción era su capacidad de ayudar al prójimo, especialmente colaborando con las necesidades de sus colegas y la sed de conocimiento de sus alumnos, todo esto mejor aún si contaba con una Coca-Cola en sus manos.

Por lo anterior, y porque dada su calidad de “ateo” sin adornos, como en más de una ocasión lo escuché identificarse sin temor a reacción alguna, otra muestra de su autenticidad, cual Jankélévitch, un paladín de la “reflexión racional”, estoy más que seguro que con Juan Manuel pude haber compartido estas ideas sobre la muerte y haberme enriquecido de sus consideraciones y particular forma de coincidir o disentir con todos, causando la misma gracia en sus interlocutores. Lamento no haberle correspondido a una última invitación que recibí de su parte hace unos meses para tratar otro tema de interés, ocasión que no dudo hubiese permitido que conversáramos de todo un poco más que del tema original, pues con él, como solía repetir haciendo suyas las palabras de Heráclito: “todo fluye”, todo solía fluir. Pero como Juan Manuel no está, pues la muerte ha vuelto a ratificar su potencial, sin dejar de extrañarlo ahora comparto con ustedes estas ideas apostando a que algo positivo puede resultar.

Manuel A. Rodríguez

Abogado

Licenciado en Derecho magna cum laude, Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra (2006), Master en Argumentación Jurídica, Universidad de Alicante (2014) y Master di Secondo Livello in Argomentazione Giuridica, Universitá degli Studi Di Palermo (2014). Investigador Senior del Centro Universitario de Estudios Políticos y Sociales de la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra, CUEPS-PUCMM. Abogado en ejercicio, historiador, numismático, filántropo, poeta y rapero.

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