Vivimos en una época en la que millones de personas pasan buena parte de sus días preocupadas por lo que otros piensan de ellas.

Nos inquieta la opinión del jefe, de nuestros compañeros de trabajo, de nuestros familiares e incluso de personas que no conocemos en internet. Revisamos mensajes en busca de significados ocultos. Interpretamos silencios como desaprobación. Convertimos pequeños errores en tragedias personales. A veces dedicamos más energía a imaginar juicios ajenos que a vivir nuestra propia vida.

Mucho antes de que existieran las redes sociales, los teléfonos inteligentes o la cultura de la exposición permanente, Anton Chéjov comprendió este fenómeno con una claridad extraordinaria.

En su célebre cuento La muerte de un funcionario público, un humilde empleado público llamado Iván Dmitrievitch Tcherviakof asiste felizmente a una función de ópera. Todo transcurre con normalidad hasta que ocurre algo absolutamente cotidiano: estornuda.

Por accidente, algunas gotas alcanzan a un alto funcionario sentado frente a él. Lo que sigue es una de las sátiras más brillantes de la literatura universal. Tcherviakof se disculpa de inmediato. El hombre acepta las disculpas. El incidente parece resuelto. Sin embargo, el protagonista no logra liberarse de la angustia. Regresa una y otra vez para pedir perdón, convencido de que el funcionario sigue ofendido. Cada nueva disculpa incrementa la irritación de quien ya había olvidado por completo el asunto.

La tragedia no está en el estornudo. La tragedia está en la historia que Tcherviakof construye en su propia cabeza. Ese es precisamente el motivo por el que el cuento sigue siendo tan actual.

Con frecuencia, las personas no sufrimos por los hechos en sí mismos, sino por las interpretaciones que hacemos de ellos. Un comentario ambiguo, una mirada distraída o una respuesta tardía pueden desencadenar interminables cadenas de pensamientos. Imaginamos rechazos, críticas y desprecios que muchas veces solo existen en nuestra imaginación.

El alto funcionario de Chéjov representa algo más que un simple personaje. Representa todas aquellas figuras cuya aprobación creemos necesitar para sentirnos valiosos: un superior, una pareja, un grupo social, una institución o incluso una audiencia anónima detrás de una pantalla.

La gran ironía del cuento es que el funcionario no destruye a Tcherviakof. Tcherviakof se destruye a sí mismo. La necesidad obsesiva de ser entendido, aceptado y absuelto termina consumiéndolo por completo. Quizás, por eso, esta historia resuena con tanta fuerza en el siglo XXI.

Vivimos sometidos a una evaluación constante. Las redes sociales han transformado la aprobación en una métrica visible. Los «me gusta», los comentarios y las reacciones parecen haberse convertido en indicadores de valor personal. Muchas personas llegan a creer que su autoestima depende de la aceptación de los demás. Pero, cuando entregamos nuestra paz interior al juicio ajeno, dejamos de ser libres.

Chéjov entendió algo fundamental sobre la condición humana: ninguna cantidad de disculpas será suficiente para quien no puede perdonarse a sí mismo. Ninguna validación externa alcanzará jamás a quien ha decidido medir su valor a través de la mirada de los demás.

Más de un siglo después, el pobre funcionario continúa hablándonos desde las páginas de la literatura. No murió por un estornudo. Murió intentando obtener una aprobación que nunca necesitó.

Nota: La ilustración para la publicación ha sido generada para acompañar este artículo, inspirada en Antón Chéjov y en su cuento La muerte de un funcionario público.

Referencia

Chéjov, A. (2019). La muerte de un funcionario público. Vi-Da Global S.A.

La muerte de un funcionario público, de Antón Chéjov

Vailma Roca

Vailma Roca Fernández es abogada graduada de la Universidad Católica Santo Domingo, licenciada en Educación y Ciencias por la Universidad de Florida, donde también obtuvo una maestría en Comunicación con concentración en Periodismo Digital y Narrativa Multimedia. Escritora y servidora pública en el estado de Florida, actualmente publica en The Times of Israel y Alachua Chronicle. Su trabajo se centra en amplificar voces, contar historias con propósito y defender los derechos de los estudiantes con necesidades especiales y de sus familias. Como miembro de la Comisión Histórica del Condado de Alachua, promueve además la preservación de la memoria colectiva y el valor de las comunidades que forjan identidad. Su trayectoria entre el derecho, la educación, el periodismo y el servicio público refleja una profunda vocación por la justicia social, la verdad y la dignidad humana.

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