Esta reflexión la hago con ocasión de una conversación que tuve con mi sobrina y su esposo. Ellos, con cierta consternación, señalaban el maremágnum de relojes de lujo, apreciables a simple vista, que se divisan en cualquier restaurante o lugar de socialización de estratificación económica media-alta. Más allá de su asombro por la cantidad de este artículo de primera categoría —prescindible, por demás—, su inquietud radicaba en por qué todos, o la mayoría de las personas que quieren darse el gusto de tener un reloj lujoso en ese contexto social, compran la misma marca y no otras, dado que, en apariencia, el presupuesto de quienes pueden hacer tal alarde lo permitiría.

Es en ese sentido que, más que hablar de por qué sucede esto en Santo Domingo, la idea es abordar, desde un punto de vista cultural, por qué nos vestimos como lo hacemos y cuál es la razón de que solo unos cuantos se resistan al embrujo de lo que está de moda, existiendo estas opciones para todas las clases sociales, gustos y colores.

Empecemos por una nueva moda que está muy en boga: el lujo silencioso. La cúspide del lujo, en la cual solo unos pocos son conscientes de la prenda que tiene uno de sus iguales. Mientras menos identificable, más exclusivo. El lujo, por definición, debe ser escaso. Cuando más personas acceden a estos bienes, su valor simbólico se reduce, y las élites simplemente encuentran nuevos símbolos de distinción. Esta clase de bienes son los posicionales, término acuñado por Fred Hirsch en 1976.

El interés por buscar similitudes con el grupo al cual la persona siente que pertenece es tan común como ese ardiente deseo de separarse y rechazar las costumbres estéticas de otros grupos. Este antiguo fenómeno es observable en cualquier moda de los tiempos que corren. Un pequeño grupo adopta un estilo para destacarse, atrayendo la atención de otros, quienes eventualmente imitan su estética. A medida que la tendencia se populariza, pierde su originalidad, forzando a los iniciadores a buscar nuevas formas de distinción. Como señala Malcolm Gladwell, este ciclo está impulsado por los maven (los que descubren la novedad), los conectores (los que propagan la tendencia) y los vendedores (quienes convencen a otros de adoptarla). Así, el ciclo recursivo se repite, con cada nueva subversión eventualmente capturada por la masa, lo que obliga a las élites culturales a moverse constantemente en busca de nuevas formas de exclusividad. Entre otras cosas, porque la moda no es más que una manera de identificarnos y de diferenciarnos de los demás. Ya en su visionario ensayo de 1978, Micromotivos y macrocomportamiento, el premio nobel de economía Thomas C. Schelling resumía de esta manera la telaraña invisible que interrelaciona todas nuestras decisiones y opiniones: la gente influye en otra gente y se adapta a otros individuos. Lo que las personas hacen afecta a lo que hacen otras personas.

Esta dinámica es bien conocida por los gerentes de marcas de lujo, que temen que sus productos sean adoptados por personas de clases sociales más bajas, a quienes se les suele llamar chavs (en el contexto inglés) o de manera similar en otras realidades. El fenómeno chav ilustra este problema: se usa este término para ridiculizar a personas de clase media-baja que ostentan de forma exagerada productos de lujo, lo que genera una mezcla de burla y desaprobación social.

En la antigüedad, las leyes suntuarias restringían ciertos estilos y materiales a las clases altas. Hoy, aunque todos pueden vestir como quieran, el estatus se comunica mediante precios exorbitantes o cambios de temporada. Estas barreras se establecen para evitar que las clases más bajas imiten a las altas, pero, con el tiempo, incluso estas distinciones se erosionan. Cuando las masas adoptan una tendencia, las élites buscan nuevos símbolos de exclusividad, creando una eterna carrera de diferenciación.

La moda es un ciclo de insatisfacción perpetua: las empresas de ropa y/o de cualquier tipo de prenda no pueden argumentar que sus nuevos diseños son funcionalmente mejores que los anteriores, solo diferentes. Para mantener a los consumidores interesados, deben convertir rápidamente lo exclusivo en algo masificado, forzando a quienes buscan exclusividad a iniciar la búsqueda de lo nuevo una vez más. Nuestras ideas, así como nuestra identidad, operan en este sentido bajo los mismos dictados que la industria.

Dando una posible respuesta a la inquietud inicial, la compra de esa marca de reloj, y no de otras, tiene que ver con un símbolo de prestigio. Nadie se compra un reloj de miles de dólares para ver solamente la hora. Tampoco, a menos que sea un aficionado o gran conocedor de la relojería, alguien quiere realizar un gasto/inversión (utilice el término con el que se sienta cómodo) de tal magnitud sin recibir la validación o exaltación social que entiende amerita su suntuosa prenda. Dicho de otro modo, no se tiene que querer necesariamente esa marca de relojes con calendarios perpetuos, los zapatos Oxford con punta de metal o el viaje a la isla de Atokos con sesión de fotos profesional a la orilla de la playa, mientras los cerditos juegan entre sí con el fluorescente arrebol de fondo adornando la escena. Lo que se busca es el reconocimiento que viene con la marca o con la experiencia que la persona puede demostrar que vivió, a sabiendas de que su grupo —al que pertenece o quiere pertenecer— lo reconocerá.

Si llegaste a este punto distanciándote de la superficialidad de aquellos que quieren ser reconocidos por lo que tienen y no por lo que son, te sugiero dejar a un lado el vaho de superioridad moral que te rodea, impidiéndote comprender que querer estar a la moda es una de las tantas formas que tenemos los seres humanos de relacionarnos en tanto seres sociales. Todos queremos ser amados, aceptados, valorados, tomados en cuenta y validados. Algunos, acaso poseedores de algún talento especial, obtienen el cariño y el respeto de su entorno por su capacidad destacable, mientras que otros se valen de distintos elementos, como lo puede ser su ingenio para contar chistes al mejor estilo de Carlos Sánchez o quemar la pista bailando salsa de salón; ambos, con el deseo de recibir la alícuota de aplausos necesaria para reforzar su autoestima en su graduación necesaria.

Héctor Camilo Ricart

Abogado

Lic. Héctor Ricart (Abogado, egresado de la UNPHU, apasionado del derecho laboral. Director Jurídico en la firma R&L, Legal and Real Estate.

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