Las izquierdas aprendieron a pedir permiso para soñar. Y en ese aprendizaje extraviaron la osadía. La utopía —que alguna vez fue brújula y horizonte— pasó a ser tratada como una palabra incómoda, casi vergonzante, confinada a la literatura o al pasado heroico.
En nombre del “realismo”, del “pragmatismo” y de la “gobernabilidad”, se fue instalando una pedagogía del miedo: miedo a parecer ingenuos, miedo a perder elecciones, miedo a incomodar a los poderes que dicen combatir. Así, el porvenir dejó de pensarse como ruptura y empezó a administrarse como continuidad mejorada.
El progresismo contemporáneo encarna en ese repliegue. Actúa como la mantequilla: sólido mientras el ambiente es frío y controlado, pero incapaz de resistir el primer aumento de temperatura del conflicto social. Ante la presión de los mercados, de los medios concentrados o de las élites financieras, se derrite. Renuncia antes de luchar. Negocia antes de disputar. Modera su lenguaje antes de que se lo exijan. Y al hacerlo, confunde gobernar con sobrevivir, y sobrevivir con no molestar. Asi lo vimos en Argentina, en Chile y Bolivia con Alberto Fernández, Gabriel Boric Font y Luis Arce Catacora.
La utopía, sin embargo, nunca fue un plano arquitectónico rígido ni una promesa de perfección inmediata. Fue —y sigue siendo— un dispositivo de tensión histórica: una imagen de futuro que desordena el presente. Temida por eso mismo. Porque la utopía no se deja domesticar por los manuales de política pública ni por las métricas del corto plazo. Obliga a nombrar lo innombrable: la abolición de privilegios, la redistribución radical de las riquezas, la transformación profunda de las relaciones sociales. Y eso incomoda a quienes aprendieron a gestionar el sistema sin cuestionar sus cimientos.
El miedo a la utopía es, en el fondo, miedo al conflicto. Las izquierdas institucionalizadas temen la confrontación abierta porque han interiorizado la lógica del adversario: la estabilidad como valor supremo, el consenso como fetiche, el mercado como árbitro final. Se olvidan de que toda conquista social fue, primero, una herejía. Que cada derecho nació como exceso. Que ninguna emancipación pidió permiso para existir.
Por eso el progresismo se derrite en la primera etapa del proceso. Porque no construye poder social duradero; administra expectativas. Porque reemplazó la organización popular por la comunicación política, la épica por el marketing, la pedagogía de masas por el eslogan. Y cuando llega la ofensiva del capital —disciplinada, brutal, sin complejos—, descubre que no tiene músculo ni convicción para resistir.
Volver a la utopía no es huir de la realidad: es enfrentarla con mayor profundidad y creatividad. Es recordar que sin horizonte no hay camino, y que sin deseo de transformación no hay política emancipadora. La izquierda que renuncia a la utopía se vuelve gestora del orden existente; puede ganar tiempo, pero pierde sentido. La que se atreve a soñar —aun en medio de derrotas— construye futuro.
La mantequilla se derrite porque no fue hecha para el fuego. Las izquierdas, si quieren volver a serlo, deben aprender a arder sin consumirse. A sostener la utopía no como consigna vacía, sino como práctica viva. Porque solo quien se atreve a imaginar lo imposible está en condiciones de cambiar el mundo.
Conviene añadir, además, una reflexión histórica que ilumina el presente texto, cuando era principiante, la izquierda en su etapa formativa y de mayor rigor teórico, a quienes renunciaban a la utopía, a la transformación estructural y al horizonte emancipador se le calificaba como revisionistas u oportunistas. Eran señaladas por diluir el proyecto histórico de la izquierda en acomodos tácticos con el poder existente.
Hoy, sin embargo, ese mismo abandono de la utopía no solo se ha normalizado, sino que ha sido rebautizado: siguen considerándose de izquierda, pero bajo el nombre de “progresismo”. El cambio no es meramente semántico; expresa una mutación política profunda.
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