Leer La izquierda vista por sí misma, de Fausto Rosario, no es para mí un ejercicio intelectual distante. Es un regreso a un tiempo vivido en el cuerpo: con miedo, con convicción y con la certeza —entonces indiscutida— de que la historia se jugaba en cada decisión cotidiana.
También fui parte de esa izquierda organizada en células clandestinas. Leíamos a Marx y a Lenin en ediciones gastadas, compartidas como objetos prohibidos. Circulaban pequeños periódicos y hojas sueltas con noticias y análisis sobre la realidad dominicana, que se comentaban en voz baja. No era una lectura académica: era urgente, casi vital.
Uno de esos recuerdos vuelve con fuerza al acercarme a este libro. Había desembarcado Caamaño Deñó y, sin saberlo, Miguel Bucarelli y yo impartíamos un taller de teatro a jóvenes en la iglesia de Manoguayabo. El teatro era entonces una forma de conciencia y de resistencia. De pronto, varios militares irrumpieron. Fuimos detenidos y conducidos a Operaciones Especiales, interrogados por el coronel Báez Mariñez. Pasamos varios días en solitaria, suspendidos en el tiempo, y luego fuimos trasladados al Palacio de la Policía Nacional.
En la cárcel conocí a varios dirigentes de la izquierda dominicana. Entre ellos, a Julio de Peña Valdez, dirigente sindical de la Central General de Trabajadores y del MPD. Allí la izquierda dejó de ser consigna: adquirió nombres, rostros, biografías marcadas por la entrega y el riesgo.
Al mirarse a sí misma, la izquierda que retrata Fausto Rosario no ofrece una épica cerrada, sino una experiencia humana compleja, atravesada por convicciones, errores y aprendizajes que aún interpelan el presente
Vendría después una etapa decisiva: la transición del MPD al Núcleo Comunista de los Trabajadores. No fue solo un cambio orgánico, sino un proceso de redefinición política y humana. Junto a sus dirigentes y militantes se forjaron amistades que aún se recuerdan y otras que perduran: Fafa Taveras, Cocuyo Báez Pérez, Faruk Miguel, Josefina Padilla, Edgar Erickson, Israel Vargas, Pedro Catrain, Antonio Taveras, entre otros. En esos espacios se compartían ideas y discrepancias, lecturas y debates, pero también una ética de compromiso que marcó a toda una generación.
El libro de Fausto Rosario dialoga con esa memoria sin idealizarla. Reconoce la mística, el sacrificio y la honestidad de muchos, pero no elude el peso del dogma, las fracturas internas ni las derrotas que no siempre fueron impuestas desde fuera. Al verse a sí misma, la izquierda descubre tanto su grandeza como sus límites.
Hoy, en un tiempo de cansancio moral y de descrédito de la política, este libro importa porque se atreve a mirar sin consignas. No para absolver ni condenar, sino para comprender mejor quiénes éramos, qué hacíamos, cómo actuábamos, qué deseábamos y por qué nos disolvimos. En esa mirada emergen también los aportes —a menudo silenciados y aún no suficientemente revisados— de muchos jóvenes artistas que estuvimos vinculados y comprometidos con la izquierda. Desde el teatro, la poesía, la música y las artes visuales, acompañamos procesos de organización popular, alfabetización política y formación de conciencia.
Nuestro trabajo se entrelazó con la construcción de movimientos sindicales, tanto en los trabajadores urbanos como en los campesinos, donde la cultura fue herramienta de encuentro, pedagogía y dignidad. Esa dimensión cultural de la militancia, pocas veces reconocida, formó parte esencial de una ética colectiva que creyó en la transformación no solo de las estructuras, sino también de las sensibilidades.
Al mirarse a sí misma, la izquierda que retrata Fausto Rosario no ofrece una épica cerrada, sino una experiencia humana compleja, atravesada por convicciones, errores y aprendizajes que aún interpelan el presente.
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