Siempre me llamó la atención el hecho de que abordáramos aviones y gastáramos tanto dinero para conocer otros países, sin haber visitado al más cercano, aquel al que podemos llegar incluso por tierra. En el 2009, aproveché la invitación que me hizo mi hermana para acompañarla a Puerto Príncipe, Haití, donde ella viajaría por asuntos de trabajo. Por fin, se presentaba la oportunidad de conocer el país vecino. De los pocos casos o de los más notables que compartimos una misma isla; una relación similar a la de dos hermanos mellizos que, tras nacer juntos, deciden renegar el uno del otro. Despegamos desde el aeropuerto El Higüero de Santo Domingo y aterrizamos en el Aeropuerto Internacional Toussaint Louverture. Allí nos recibieron en un salón confortable, brindándonos una elegante atención acompañada de su delicioso café. Nos hospedamos en el hotel Montana —uno de los más reconocidos de la época—, ubicado en una zona privilegiada en las colinas de Pétion-Ville. Aquel edificio, que unos meses después sería devastado por el terrible terremoto del 2010 y más tarde reconstruido, nos acogió con una mezcla de sencillez y elegancia. La vista, tanto desde la habitación como desde la terraza, era sencillamente armoniosa. Mientras las reuniones de trabajo transcurrían durante el día, por las noches disfrutábamos de un grupo en vivo que tocaba kompa, un ritmo autóctono, suave y cadencioso, que ha servido de inspiración para exitosas creaciones de reconocidos músicos dominicanos. Sin embargo, sentía que aún no conocía el verdadero país y quería encontrarme con su pueblo. Cuando se ofrecieron los momentos libres para hacer turismo, aproveché para subirme al minibús. Fue entonces cuando percibí el arte en el aire: era como si subyaciera en cada rincón de forma perenne, una omnipresencia creativa que emergía en cada esquina. Visité tiendas llenas de arte nativo, ese que tanto caracteriza al pueblo haitiano, destacándose la pintura y la artesanía; aún conservo unos exclusivos platos pintados a mano que adquirí allí. Sin embargo, a ese arte se contraponía la inclemencia de las calles; una multitud de personas caminaba harapienta y descalza, con una urgencia que sugería que su única meta fuera sobrevivir al día de hoy para intentarlo de nuevo mañana. Era algo así como una escena digna de Los miserables de Víctor Hugo. Mi asombro no terminó ahí. Esa misma noche, fuimos invitados a cenar a una lujosa mansión aristocrática donde servía un chef francés y amenizaba un grupo de jazz —en su mayoría integrantes blancos— que te transportaba a los clubes históricos de Nueva Orleans o de Nueva York. En ese instante, al igual que sentí el arte en el aire, observé consternada la existencia de dos mundos paralelos, dos realidades fracturadas. Es el primer país del mundo en abolir la esclavitud de manera definitiva y absoluta, proclamando su independencia en 1804 tras una revolución de personas esclavizadas, marcando así un hecho sin precedente en la historia. Esta revolución impulsó el fin de la esclavitud en la parte oriental de la isla. Sin embargo, después de más de dos siglos de historia, Haití sigue anclado a una ilusión de libertad que no se ha permitido florecer. Pero, ¿sucede esto solo en Haití? ¿No hemos vivido en toda la isla bajo esa dualidad de mundos paralelos, realidades fracturadas y bajo una permanente ilusión de libertad?
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