La primera vez que terminé La isla a mediodía, de Julio Cortázar, comprendí que no estaba leyendo la historia de Marini, aquel auxiliar de vuelo que se obsesiona con una pequeña isla griega vista desde la ventanilla de un avión. Estaba leyendo una historia sobre los sueños que guardamos durante años, mientras la vida nos exige ocuparnos de otras cosas.

Marini descubre Xiros desde el aire. Al principio es apenas una mancha en el mar Egeo. Una visión fugaz que aparece y desaparece cada vez que el avión sobrevuela la isla a mediodía. Pero poco a poco aquella imagen comienza a ocupar un espacio cada vez mayor en su pensamiento. Mientras sirve comidas, conversa con pasajeros o atraviesa aeropuertos, la isla sigue allí, esperándolo.

Todos tenemos una isla. Algunas personas la encuentran en una profesión. Otras en una vocación artística. Algunos la imaginan como una ciudad lejana, una casa frente al mar o una vida completamente distinta a la que llevan. Son esos lugares, reales o imaginarios, donde creemos que habita la versión más auténtica de nosotros mismos.

Durante gran parte de mi juventud, mi isla tenía una forma muy concreta. No soñaba con mansiones ni con lujos extraordinarios. Soñaba con una casa pintada de blanco. Una casa sencilla, con pisos de madera oscura, rodeada de animales. En ella vivirían dos pastores alemanes, un golden retriever y una malinois. Habría también varios gatos recorriendo los rincones con esa elegancia indiferente que sólo los gatos poseen. Desde niña sentí una profunda conexión con los animales y siempre imaginé mi hogar como un refugio para ellos y para mí.

Pero como suele ocurrir, la vida fue ocupando el espacio de los sueños. Hubo estudios, responsabilidades, trabajo, mudanzas, facturas, preocupaciones y todas esas urgencias que nos convencen de que habrá tiempo más adelante. Dejé de pensar en aquella casa. O quizá no la olvidé del todo; simplemente la guardé en algún rincón silencioso de la memoria mientras me dedicaba a sobrevivir, crecer y sacar adelante a mi hija.

Y entonces ocurrió algo que Cortázar entendió mejor que nadie: un día descubrí que había llegado a mi isla. No era exactamente igual a la que había imaginado de joven. Los sueños nunca llegan vestidos exactamente como los recordamos. Pero allí estaba la esencia de todo aquello que alguna vez había deseado. Hoy comparto mi vida con mi hija, con perros y gatos que llenan la casa de movimiento, travesuras y cariño. Vivo rodeada de esa compañía silenciosa y leal que siempre soñé tener. Y muchas veces, cuando observo la tranquilidad de un momento cotidiano, comprendo que la felicidad no llegó de golpe ni en forma de milagro. Llegó poco a poco, mientras yo estaba ocupada haciendo otras cosas.

Quizá por eso La isla a mediodía sigue conmoviendo a tantos lectores. Porque nos recuerda que la vida no debería consistir únicamente en contemplar nuestras islas desde la distancia. Hay sueños que merecen ser perseguidos. Hay lugares que merecen ser habitados. Y hay momentos en los que debemos dejar de mirar por la ventanilla para atrevernos a desembarcar.

La pregunta que deja Cortázar no es cuál es nuestra isla. La verdadera pregunta es cuánto tiempo más estamos dispuestos a esperar para llegar a ella.

Vailma Roca

Vailma Roca Fernández es abogada graduada de la Universidad Católica Santo Domingo, licenciada en Educación y Ciencias por la Universidad de Florida, donde también obtuvo una maestría en Comunicación con concentración en Periodismo Digital y Narrativa Multimedia. Escritora y servidora pública en el estado de Florida, actualmente publica en The Times of Israel y Alachua Chronicle. Su trabajo se centra en amplificar voces, contar historias con propósito y defender los derechos de los estudiantes con necesidades especiales y de sus familias. Como miembro de la Comisión Histórica del Condado de Alachua, promueve además la preservación de la memoria colectiva y el valor de las comunidades que forjan identidad. Su trayectoria entre el derecho, la educación, el periodismo y el servicio público refleja una profunda vocación por la justicia social, la verdad y la dignidad humana.

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