Cada revolución tecnológica ha despertado la misma expectativa: que la innovación terminará distribuyendo prosperidad de manera casi automática. La historia económica demuestra exactamente lo contrario. La máquina de vapor no enriqueció a todos los países; la electricidad tampoco; Internet mucho menos. Todas ampliaron la distancia entre quienes desarrollaron las capacidades para apropiarse de ellas y quienes se limitaron a consumirlas. La inteligencia artificial (IA) parece destinada a seguir esa misma lógica, aunque a una velocidad sin precedentes.
Por ello, la pregunta que domina el debate público es equivocada. La cuestión no es qué impacto tendrá la inteligencia artificial sobre la economía, sino qué economías poseen las capacidades necesarias para convertirla en productividad, innovación y bienestar. La IA no constituye un motor autónomo del desarrollo. Es una tecnología de propósito general cuyo impacto depende de la calidad del ecosistema institucional, científico, tecnológico y productivo donde se despliega.
Ningún algoritmo produce desarrollo en el vacío. Produce valor cuando encuentra instituciones eficaces, energía confiable, infraestructura digital, capacidad computacional, datos de calidad, talento científico, financiamiento e innovación empresarial. Allí donde estos activos convergen, la IA acelera el crecimiento; donde son insuficientes, acelera la dependencia.
Este será, probablemente, uno de los principios económicos de la próxima década: la inteligencia artificial no crea capacidades por sustitución automática; multiplica las capacidades que una sociedad ha sido capaz de construir previamente.
Así, el Fondo Monetario Internacional estima que alrededor del 60% de los empleos en las economías avanzadas estará expuesto a la IA, mientras que la exposición es considerablemente menor en los países de bajos ingresos. Lejos de representar una ventaja, esa diferencia refleja una menor participación en actividades intensivas en conocimiento y alto valor agregado. El verdadero beneficio económico no proviene de permanecer al margen de la IA, sino de utilizarla para complementar el trabajo, acelerar el aprendizaje y elevar la productividad.
Al mismo tiempo, la economía mundial concentra inversiones sin precedentes en centros de datos, redes eléctricas, semiconductores, infraestructura computacional y modelos avanzados de IA. Incluso el avance de los modelos abiertos, que ha democratizado parcialmente el acceso a estas tecnologías, no ha eliminado la concentración en los activos verdaderamente estratégicos como energía, capacidad de cómputo, infraestructura de nube, datos de alta calidad y talento altamente especializado. Quien controla esa infraestructura captura una parte creciente del valor generado por la economía digital.
La siguiente etapa será aún más profunda porque en ella, la IA dejará de limitarse a responder preguntas para convertirse en agentes capaces de ejecutar tareas, coordinar procesos, optimizar organizaciones y apoyar decisiones complejas. Ello aumentará la productividad, pero también hará más evidente la diferencia entre los países que construyen capacidades propias y aquellos que dependen crecientemente de tecnologías desarrolladas en el exterior.
Esta transformación modifica la naturaleza misma de la ventaja competitiva. Durante buena parte del siglo XX, el crecimiento descansó principalmente en la acumulación de capital físico; posteriormente adquirieron protagonismo el conocimiento y el capital humano. Hoy emerge la capacidad de organizar datos, transformarlos en inteligencia mediante algoritmos e incorporarlos continuamente a los procesos de decisión. En consecuencia, la velocidad con la que una sociedad aprende comienza a convertirse en un factor estratégico de competitividad.
La inteligencia artificial también redefine la economía política del poder y los datos perfeccionan los modelos; los modelos atraen más usuarios; los usuarios generan nuevos datos. Este círculo de retroalimentación fortalece posiciones dominantes y eleva las barreras de entrada. El desafío ya no consiste únicamente en quién desarrolla los algoritmos, sino en quién controla la infraestructura cognitiva sobre la cual funcionan los mercados, los servicios públicos, los sistemas financieros, la atención sanitaria y, cada vez más, las decisiones estratégicas de los Estados.
En este contexto adquiere una importancia decisiva la capacidad transformadora del Estado. No porque el Estado deba sustituir al mercado, sino porque ningún ecosistema tecnológico de escala ha surgido sin instituciones capaces de coordinar inversión, investigación, regulación, infraestructura y formación de talento. La inteligencia artificial no reemplaza la capacidad transformadora del Estado; la vuelve más determinante. Allí donde el Estado logra articular conocimiento, empresas, universidades y políticas públicas, la IA acelera el desarrollo. Allí donde esa capacidad es débil, acelera la dependencia.
Por ello, la competencia internacional en inteligencia artificial es, en esencia, una competencia entre capacidades nacionales. La soberanía del siglo XXI ya no dependerá únicamente del territorio, la moneda o la defensa. Incorporará también la capacidad de comprender, adaptar, auditar y gobernar las tecnologías que organizan una parte creciente de la vida económica y social. En la era de la inteligencia artificial, la política energética también se convierte en política tecnológica.
Para América Latina, y particularmente para economías como la República Dominicana, el desafío no consiste en competir con las grandes potencias en el desarrollo de modelos fundacionales. La prioridad rr estratégica es construir capacidades de absorción: energía confiable, datos públicos interoperables, talento avanzado, universidades conectadas con el aparato productivo, infraestructura digital moderna y un Estado capaz de transformar información en decisiones inteligentes para el desarrollo.
Ese horizonte continúa siendo alcanzable. Las tecnologías pueden adquirirse; las capacidades deben construirse. Esa diferencia explica por qué algunos países convierten las innovaciones en prosperidad sostenida, mientras otros permanecen atrapados en ciclos recurrentes de dependencia tecnológica.
La verdadera frontera del desarrollo hacia 2030 no separará a los países que utilicen inteligencia artificial de aquellos que no la utilicen. Separará a quienes hayan desarrollado las capacidades para gobernarla, adaptarla y orientarla hacia su propio proyecto nacional de desarrollo, de quienes permanezcan como consumidores permanentes de inteligencia producida en el exterior.
La inteligencia artificial estará disponible para casi todos no así el desarrollo. La diferencia decisiva residirá en la capacidad de cada nación para organizar conocimiento, instituciones y tecnología al servicio de su propia transformación. Los países que aprendan a gobernar la inteligencia fortalecerán su autonomía y su prosperidad. Los que renuncien a construir esas capacidades correrán el riesgo de terminar adaptando su futuro a la inteligencia diseñada por otros.
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