La insubordinación de los signos (1994) de Nelly Richard es un libro clave para comprender las transformaciones del pensamiento crítico latinoamericano —y particularmente chileno— tras la experiencia traumática de la dictadura. No se trata simplemente de un conjunto de ensayos sobre arte, sino de una intervención teórica que desmonta las formas tradicionales de leer la cultura, la memoria y la política. Richard no analiza el arte desde afuera: lo piensa como un campo de batalla simbólico donde se disputan sentidos, silencios y fracturas históricas.
Uno de los ejes centrales del libro es la crítica a la idea de continuidad histórica. Richard, en diálogo explícito e implícito con Walter Benjamin, rechaza toda noción de memoria como relato homogéneo o reconciliado. La memoria chilena —marcada por los desaparecidos, la violencia estatal y el duelo inconcluso— aparece como una zona de fisuras, latencias y discontinuidades. En este sentido, el arte producido bajo la dictadura no cumple una función ilustrativa ni testimonial en sentido clásico, sino que actúa como una tecnología crítica de la memoria: trabaja con restos, huellas, fragmentos, residuos del sentido .
Richard introduce la noción de un “arte refractario”, entendido tanto como resistencia política como desviación semántica. Este arte no se limita a oponerse al poder desde un mensaje explícito, sino que subvierte los propios lenguajes de representación. De ahí su distancia crítica tanto frente al arte oficial del régimen como frente al arte militante de la izquierda tradicional, al que acusa —con elegancia quirúrgica— de reproducir estructuras binarias y totalizantes. La insubordinación, entonces, no es solo ideológica, sino formal, discursiva y simbólica.
El análisis de la fotografía ocupa un lugar estratégico en el libro. Richard muestra cómo la imagen fotográfica, lejos de ser un simple documento objetivo, participa activamente en los dispositivos de control, identificación y borramiento de los cuerpos. Las obras de Eugenio Dittborn, por ejemplo, son leídas como operaciones críticas sobre la circulación de la imagen, la identidad y la desaparición. La fotografía se convierte así en “lugar del crimen”, en superficie donde se inscribe la violencia del poder, pero también en espacio de reinscripción crítica de la memoria .
Otro aporte fundamental del libro es su defensa de las estéticas del fragmento, del desecho y de lo menor. Frente a las narrativas heroicas o monumentalistas, Richard apuesta por prácticas culturales que trabajan desde la falla, la interrupción y la impureza. Esta elección no es meramente estética: es profundamente política. En un contexto de transición democrática que busca clausurar el pasado bajo la lógica del consenso, la autora insiste en mantener abiertas las heridas del sentido, resistiendo toda operación de borrado o normalización simbólica.
En definitiva, La insubordinación de los signos no propone una teoría cerrada del arte, sino un gesto crítico permanente. Es un libro que incomoda porque se niega a pacificar la memoria y porque exige al lector una posición activa, incómoda, indócil. Su vigencia hoy es indiscutible: en tiempos de nuevas formas de amnesia cultural y espectacularización del trauma, la lección de Nelly Richard sigue siendo clara y contundente: no hay crítica sin fractura, ni memoria sin conflicto.
Si quieres, en el próximo paso puedo comparar este libro con otros textos clave de crítica latinoamericana (Sarlo, García Canclini, Beverley) o ayudarte a adaptar este ensayo para publicación académica o cultural.
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