Escribo este artículo con esta titulación por si la vida me sorprendiera y no me permitiera escribir el libro que tengo elaborado, desde hace mucho tiempo, en la memoria, y del cual no he escrito una sola palabra; sin embargo, debo a agregarle el último capítulo de la última emboscada tendida en esta batalla en la que combato y combatiré, sereno, estoico, confiado, firme y sin miedo.
Ayer caminando, más bien manejando, por las calles de la ciudad, pensé en la gran crisis en que vive el mundo, pero ésta es la constante política y social de nuestras sociedades, y que solamente se puede enfrentar y resolver desde la familia como la principal unidad o célula de la sociedad. No hay otra forma de solucionar este drama humano de estos tiempos que nos amenaza a todos.
Todo habrá de descansar y pasar en el lenguaje y la palabra como un hecho de lengua; por lo tanto, debemos solucionarlo a través de la cultura, medicina especial para todos los fenómenos sociológicos, políticos, filosóficos y humanos.
Vengo de un hogar donde nunca nos faltó el pan ni el amor, porque todos los miembros de mi familia estábamos sembrados enteramente en el terreno fértil de la esperanza.
Nada es más poderoso que una decisión familiar tomada en el amor y por el amor, unida e inquebrantable. Todo lo malo y perverso se desmorona y pulveriza ante las decisiones que emanan de una familia inspirada en un propósito común, dueña absoluta de una poderosa imagen pública. La familia es la principal institución en una sociedad civilizada.
Todos mis grandes amigos tienen familia orgánica y funcionales, independientemente de sus condiciones sociales. Las familias exitosas están unidas por los valores morales que las sustentan.
En los próximos días se cumplirán veinte años de mi renuncia como tesorero general de la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD). Me pasé varios meses preparando una retirada sopesada y prudente de esa alta posición gerencial de la academia estatal.
Ante el hecho inminente de mi renuncia, decidí reunir a los cinco miembros de la familia, en torno a la acostumbrada mesa donde compartimos el pan de cada día. Empecé mi discurso, y al terminar mi exposición, cedí los turnos. La primera persona en tomar la palabra fue Rafael Féliz García, quien no había cumplido los diez años de edad, y dijo: “Papi, si es como tú dices, deja eso y ven para la casa”. Dicho y hecho. Renuncié. Los que oran juntos, unidos permanecerán. Jamás debemos menospreciar la inteligencia de los niños.
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