El ser humano no es inocente. Nunca lo ha sido. Recurrir al segundo relato de la creación bíblica o la naturaleza criminal de Caín para demostrarlo, siempre sería un argumento ideologizado por Occidente. Ni en eso somos inocentes. Buscar la lucidez como punto de partida supone que nos sabemos equivocados. ¿Cómo eso es posible? Si afirmo como verdadero que estoy en el error he de suponer que tengo algún resquicio de verdad en este océano de engaños. La ruta cartesiana llegaba al punto en que la única certeza es la propia existencia, de forma que incluso engañado, equivocado, sé que existo. No puedo menos que preguntar si a la verdad solo se accede mediante un punto de apoyo solipsista.

Si el principal esfuerzo del pensamiento labrado por unos pocos en los pequeños países de la península euroasiática del Atlántico norte y sus islas adyacentes desde el siglo XV de nuestra era hasta el presente fue encontrar un asidero firme a lo verdadero, una vez descartada la Fe religiosa, entonces lo que llamamos modernidad es la racionalización de ese esfuerzo para anclar de manera firme las bases del poder político y económico de las clases dominantes en dichas sociedades.

Maquiavelo lo muestra al demostrar que el éxito de todo gobernante es conservar el poder y prever los riesgos de perderlo para emprender acciones que lo eviten. De igual manera toda empresa económica por inercia está llamada a quebrar y quienes la administran tienen por tarea evitarlo y prolongar su existencia en el tiempo.

Todo discurso, de toda naturaleza, está atravesado en la actualidad por el ímpetu de controlar unos pocos a los más. Levinas argumenta en tal sentido que sabemos ya, en efecto, que la teoría no nos pone al abrigo de la mixtificación. La ideología, inocente o maligna, ha alterado ya nuestro saber. Por ella los hombres se engañan o son engañados. Todo pensar, todo actuar, responde a intereses que casi nadie percibe y por eso la mayor parte supone tener una libertad y un criterio propio que es pura niebla. La argucia de quienes buscan el poder y viven esencialmente la codicia es el motor de esta ilusión que nos arropa. Su última y más eficiente herramienta son las pequeñas pantallas que han pasado a ser la adicción más extendida en todo el mundo.

Algunos nos hemos refugiado en la academia, en la ciencia, en las humanidades, creyendo que nos salvaría del triste destino de esa inmensa masa estulta que es la humanidad, pero a juicio de Levinas nos equivocamos. Las ciencias humanas de nuestro tiempo —la psicología y el psicoanálisis, la sociología y la economía, la lingüística y la historia— muestran el «condicionamiento» de toda proposición y de toda verdad. Y si el saber proporcionado por las ciencias no estuviera tampoco exento del equívoco que denuncia, confirmaría todavía más la anfibología del aparecer. Es por tanto ilusorio suponer que estamos al abrigo del error por dedicar miles de horas al estudio de los “que suponemos que saben”, redactar ensayos que sólo sirven para conservar puestos docentes y faenar en laboratorios siguiendo métodos rígidos que ya nadie recuerda quien los inventó.

La ideología es el pecado original (¡sigo cayendo en mis pulsiones religiosas!), pero puede expresarse como la cueva de Platón en el capítulo VII de La República, el genio maligno cartesiano, la alienación en Marx o el eurocentrismo en Dussel. Todas son formas diversas de referirnos a la neblina que nos oculta lo real. La ideología todo lo impregna, cual virus que enferma a cada uno de los aspectos de la realidad vivida. Surgimos a la existencia en cuanto humanos cuando nos reciben al salir de vientre materno y nos inoculan lo que somos, lo que podemos hacer y pensar, y lo que es la realidad, es decir, salimos del vientre de nuestra madre para entrar en el vientre de lo que hay, de la ideología, de la cultura.

Cada cultura, cada lengua, cada moralidad, cada discurso, es un vientre, una cueva, donde existimos. Movernos hacia otra cultura, otra lengua, otra moralidad o incluso si adopto otra interpretación de la realidad, no salgo de la cueva. Intuitivamente consideramos que no es posible salir del vientre cultural, a lo sumo ampliamos el habitáculo, pero no cruzamos el umbral. Todo es ideología.

David Álvarez Martín

Filósofo

Doctor en Filosofía por la Universidad Complutense de Madrid. Profesor de la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra (PUCMM). Especialista en filosofía política, ética y filosofía latinoamericana.

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