Tras estudiar minuciosamente la fotografía tomada en la explanada del Sagrado Corazón aquel 23 de marzo de 1977 —una imagen nítida y debidamente firmada—, me sumergí en los archivos digitalizados de Le Nouvelliste. En la edición del mismo día 23, descubrí que la última ceremonia de jubileo se remontaba al año 1945, celebrada entonces en honor al doctor Paul Salomon.
Al cerrar el documento digital en la pantalla de mi ordenador —esa remota biblioteca de Florida accesible a través de un hilo invisible—, me invadió una sensación de vértigo. Aquellos nombres alineados en la página amarillenta, aquellos títulos de ponencias científicas dedicadas a la pediatría o a la cardiología, ya no me parecían más que señales de socorro emitidas desde un pasado definitivamente lejano. Siguen brillando con una luz titilante, como esos faros costeros de los que nunca se sabe si guían a los viajeros perdidos en la noche o si simplemente señalan, sobre un arrecife, un naufragio antiguo.
Transcribo sus nombres por puro deber, como quien levanta una barrera contra el olvido, pero también porque el primero de la lista me resultaba familiar: el doctor Rulx Léon. Un nombre que antaño flotaba en las conversaciones de casa, asociado a recuerdos imprecisos, a pisadas en el pasillo o a recetas manuscritas con caligrafía fina que guardábamos con esmero en el cajón del aparador. Escucharlo pronunciar o verlo así, impreso en el papel gris de Le Nouvelliste, despierta en mí un eco muy antiguo: la certeza de que estos hombres existieron de verdad alguna vez, más allá de su leyenda de papel.
Aquel día, la Asociación Médica Haitiana (AMH, fundada en abril de 1948) celebraba las bodas de oro de doce profesionales con más de cincuenta años de carrera. Reescribo sus nombres para retener unas siluetas a punto de desvanecerse: Rulx Léon, Horace Désir, William Flavrose, Benoit O. Alexandre, Léonidas Sajous, Marcel Pétion, Joseph Perrier, Martial Bourand, René Jeanty, Ducarmel Anglade, Cicéron Desmangles y Vannès Bellevue. La ceremonia, marcada por una misa en la iglesia del Sagrado Corazón de Turgeau, había comenzado con el discurso de bienvenida de la doctora Greta Lataillade Roy. Intento imaginar la luz de aquella última hora de la mañana de marzo de 1977 en la explanada, los apretones de manos en las escalinatas y al doctor Rulx Léon exhibiendo esa distinción discreta de los hombres que han atravesado medio siglo de historia.
Durante dos días, el jueves 24 y el viernes 25 de marzo, Puerto Príncipe acogería las jornadas científicas de la Asociación. A lo largo de estas dos sesiones, los médicos debatirían sobre temas de actualidad, cuestiones técnicas e invitaciones de toda índole vinculadas al ejercicio de una profesión que, ya entonces, flotaba en el aire de otra época.
Dos rostros me sonríen en la fotografía recuperada de la AMH, fechada el 23 de marzo de 1977. Son dos fragmentos de mi propia vida. El primero me devuelve al coronel y doctor Gérard Boyer. Fue él quien trató mi acné de adolescente. Cada vez que mi padre me llevaba a la calle Capois, justo frente a la calle Romain, ambos hombres conversaban en voz baja. ¿De qué hablaban? Habían compartido secretos de Estado, tras haber sido ministros en un mismo gobierno. Sus voces atenuadas flotaban en la consulta.
El segundo recuerdo flota en la bruma de los años noventa. Coincidí con el doctor Legrand Bijou durante un Foro del jueves en el Hotel Plaza. En excelente compañía, me preguntó, no sin cierta malicia, si por fin había dejado de ser «turbulento». En la época en que asistía a clases de español en casa de mis padres, yo apenas debía de tener dos años. Me deslizaba entonces bajo la mesa para desatar los cordones de los visitantes. Un recuerdo minúsculo de un mundo desaparecido.
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