Aquí te contaré sobre mi visita a Oaxaca de Juárez, la capital del Estado de Oaxaca, México. Según los registros fue fundada por el pueblo mexica en el 1486. Se convirtió en villa española en el 1526 y obtuvo categoría de ciudad en 1532. En 1821 adopta el nombre de Oaxaca, y en honor al benemérito hijo de la ciudad, Benito Juárez, años después se añade “de Juárez”. El centro histórico, con calles muy bien preservadas y viviendas bien pintadas en colores pasteles y contrastantes, tiene un parecido a la Zona Colonial de Santo Domingo, y es interesante que una de sus principales iglesias es la de Santo Domingo de Guzmán.

Si aprecias los bailes folclóricos, disfrutas la diversidad culinaria y te gustan las fiestas populares, uno de los mejores lugares que he conocido para vivir todo eso es precisamente en Oaxaca, en el periodo de las fiestas de la Guelaguetza que se celebran en julio. Durante dos semanas en la capital de este estado y en cada una de sus ocho regiones se festeja la fraternidad de sus 16 pueblos originarios y del pueblo afromexicano, mostrando su orgullo de las raíces prehispánicas en las tradiciones y costumbres reflejadas en los bailes, música, y la gastronomía.  Oaxaca, cuyo lema es “Corazón cultural de Mexico”, festeja la 94ª versión de su fiesta más importante.

¿En qué consisten las fiestas?  El Lunes del Cerro es como se denomina el día cuando se celebra la Guelaguetza. Ocurre los dos lunes siguientes al 16 de julio. Este año fueron los dias 20 y 27. Los fines de semana anteriores a esas fechas tienen programas especiales. Para nosotros las festividades se iniciaron el viernes 17 de julio, con el almuerzo ofrecido por Salomón Jara Cruz, gobernador del Estado de Oaxaca, a todas las delegaciones regionales que participarían en la Guelaguetza y a los invitados especiales, entre los cuales nos encontrábamos los diplomáticos.  Las atenciones durante toda la estadía fueron excelentes, y él, particularmente, nos prestó mucha atención.

En el transcurso del almuerzo, en el cual degustamos los famosos platos oaxaqueños acompañados por cocteles de mexcal, los grupos bailaron hasta convertir la tarde en un derroche de música y colores. Cada vestido y calzado reflejaba los recursos económicos del lugar que representaban:  muy sencillos o recargados con bordados, pero todos confeccionados a mano, labor que puede tardar un año.

Al terminar el almuerzo nos dirigimos a una plaza desde donde se inició la primera de las calendas diarias del fin de semana. En Oaxaca las calendas son procesiones festivas tradicionales que recorren las calles para anunciar una celebración importante, en este caso la Guelaguetza, caracterizadas por los bailes, la música de los grupos tradicionales, y la contagiosa alegría del pueblo.  Las delegaciones (músicos y bailarines) hicieron el recorrido a pie hasta el centro histórico de la ciudad. Nosotros nos unimos al desfile, en primera fila, junto a la secretaria de turismo del Estado de Oaxaca, y caminamos/bailamos durante varias cuadras, hasta que claudicamos. Las aceras (banquetas, en México) llenas de vecinos, procurando ver el desfile.

Las delegaciones añaden a sus comparsas unos grandes abanicos y faroles hechos de tela con la imagen del santo que veneran en su comunidad; otros tienen figuras gigantes en cartón para bailar entre la gente, o portan en sus cabezas unos artefactos hechos de fuegos artificiales que se encienden en la noche. ¡Todo muy vistoso!

Me emocioné cuando vi un grupo que se denominaba “las chinas” pensando que había descubierto una colonia de chinas emigrantes a Oaxaca, por lo que inmediatamente le envíe una foto a mi amiga Mu-Kien, pensando que podía estudiar esa migración a Oaxaca. Las caras de las muchachas me parecían con rasgos orientales, hasta que al día siguiente conversando con oaxaqueños aprendí que allí se llama “chinas oaxaqueñas” a mujeres de los Valles Centrales del estado de Oaxaca que se agrupan por su devoción a la Virgen de la Soledad y su rol es abrir las festividades de la Guelaguetza, al ser las primeras en desfilar. Se identifican porque llevan sobre sus cabezas grandes canastas con flores e imágenes religiosas adornadas con cintas de variados colores.

Las calendas desfilaron el viernes y el sábado, cada día atrayendo más audiencia en las calles y aceras, al punto que no se podía caminar, impidiendo la multitud que nos acercáramos al desfile. En la noche, las plazas estaban atiborradas, y los cohetes y fuegos artificiales iluminaban el cielo. Algo que verdaderamente nos sorprendió fue ver los equipos de limpieza de las calles, hombres y mujeres armados de escobas y zafacones que cerraban el desfile, de manera tal que cuando concluyó la calenda, las calles estaban limpiecitas. Lo mismo vimos en las plazas y calles del centro histórico, donde se encontraba nuestro hotel.

En el Auditorio de la Guelaguetza, el sábado en la noche, con las luces de la ciudad como marco de fondo, pues el auditorio está ubicado en el Cerro del Fortín desde el cual hay una espléndida vista de la ciudad, asistimos a la presentación de la obra “Donají”, basada en la leyenda oaxaqueña de los amores prohibidos entre la hermosa princesa zapoteca Donají y Nucano, el príncipe mixteco. Se enamoran a pesar de que sus pueblos son enemigos al disputar el poder territorial, lo que los lleva a enfrentarse en guerra.  Donaji es entregada a los mixtecos por su padre para sellar un tratado de paz, pero al estallar nuevamente la guerra, es decapitada cuando sus captores la encuentran tratando de ayudar a su pueblo.  A diferencia de Romeo, Nucano no muere por ella. Cuenta la leyenda que donde yace la cabeza de Donaji, brota un lirio silvestre. La puesta en escena fue excelente, tanto por la actuación, la musicalización, el vestuario, la iluminación usando antorchas, y la gran cantidad de actores que participaron en la obra, unos 150.

Llegó el esperado lunes 20. Acudimos al Auditorio de la Guelaguetza a presenciar el famoso espectáculo. Durante tres horas disfrutamos la música y bailes de diecisiete delegaciones representando los valles centrales, el istmo, el pueblo mixteca, la sierra de Juárez, la costa, y la cuenca del Papaloapan. El auditorio alberga 12 mil espectadores y estaba repleto. Cada grupo llevó regalos para la audiencia, que consistían en una muestra de los productos que producen en su región, los cuales lanzaban al público al finalizar su presentación. Tuve suerte; salí cargada con unas lindas canastitas, varios abanicos, y unos cuantos sombreros, todos tejidos en paja.

El programa de la Guelaguetza se inició con la presentación de la ganadora del certamen para escoger la Diosa Centéotl 2026, que es la reina, a quien se le dedica las fiestas. Esta deidad en la cosmogonía mexica personifica al maíz, el alimento sagrado y vital para los pueblos mesoamericanos. Según el mito, al nacer, por orden de los dioses tuvo que enterrarse bajo tierra y fue de su cuerpo que brotaron: el maíz de sus cabellos; de sus ojos, la batata (camote); de sus dedos, el algodón; y de su nariz, el chía. Por consecuencia, es una importante deidad, cuyo culto- con la llegada de los españoles- siguiendo el sincretismo religioso- se fusionó con las fiestas de la Virgen del Carmen.

Enid Azucena Torres Agustiniano, una enfermera de 21 años, es la primera representante del pueblo afromexicano de la Costa que gana el certamen, venciendo a otras 43 aspirantes de toda la geografía oaxaqueña. Aunque esta reina es bonita, no son la belleza y atributos físicos los criterios de evaluación, si no el dominio de los saberes comunitarios, la identidad cultural, la indumentaria tradicional, el dominio lingüístico y la elocuencia. En su discurso, demostró con creces sus conocimientos de las tradiciones, pero, sobre todo, fueron sus valientes palabras, muy bien articuladas, condenando la discriminación hacia las mujeres, la exclusión de los pueblos originarios y afromexicanos, abogando por la inclusión y la diversidad, y defendiendo el respeto a los artesanos al no regatear precios, lo que arrancó múltiples aplausos y una larga ovación.

Entre calenda y calenda, tuvimos la oportunidad de visitar dos pueblos aledaños a la capital del estado, cada uno especializándose en la producción artesanal de artículos tejidos mediante dos técnicas tradicionales milenarias: el telar de cintura y el telar de pedal, utilizando fibras naturales, y tintes orgánicos producidos con cochinilla grana, añil, diversas plantas y corteza de nogal. ¡Cuántas bellezas: manteles, caminos, huipiles, estolas, mantas!

Tampoco dejamos de ver otro de los puntos de atracción: el gran árbol de Tule, cuyo diámetro de tronco se considera el más grande del mundo con unos 14.5 metros; circunferencia de copa casi 58 metros y altura de 42 metros. Es un ahuehuete (Taxodium huegelli o Taxodium mucronatum) con edad desconocida pero estimada en más de 2000 años. La rugosidad de su tronco ha tallado en su corteza diversas figuras de animales que el público disfruta identificando: el elefante, delfines, cocodrilos o cabezas de venado.

También pudimos visitar la zona arqueológica en el Monte Alban, muy cerca de Oaxaca de Juárez, declarado Patrimonio Mundial por UNESCO en 1987, al igual que el Centro Histórico de la capital. Los pueblos olmeca, zapoteca y mixteca habitaron el Monte Alban durante unos mil quinientos años, y fue bajo el dominio mixteca que este asentamiento alcanzó su mayor esplendor al convertirse en su principal centro político y ceremonial y una de las más importantes de Mesoamérica.

No puedo cerrar este artículo sin comentar sobre el arte culinario oaxaqueño, haciendo la salvedad que la cocina mexicana es reconocida internacionalmente, pero la oaxaqueña tiene fama de ser una de las mejores del país debido a la inmensa variedad de ingredientes prehispánicos y técnicas tradicionales que utiliza.  Oaxaca se conoce como la “tierra de los siete moles”, cada uno con sabor distinto dado por la variedad de mezclas de especies y chiles.  El mole es una salsa espesa, oriunda de los pueblos prehispánicos, que se utiliza para bañar carnes, aves o vegetales. La base son los chiles que se mezclan con semillas, chocolate, frutas, especies, hierbas, y se espesa con tortilla tostada, pan de yema, o masa de maíz. Es un componente fundamental de la gastronomía mexicana.  Las tlayudas oaxaqueñas son grandes tortillas de maíz crujiente que parecen la base de una pizza pequeña, y como tales, se completan con queso, carne, y pasta de frijol.  Por último, vale comentar que en Oaxaca se produce mexcal artesanal, de limitada proporción, pero de mucha calidad.   ¡Debo concluir: valió la pena el viaje!

Ada Wiscovitch

Economista

Ada Wiscovitch Carlo nació en Puerto Rico. Ha vivido en Santo Domingo, República Dominicana desde 1969. La Sra. Wiscovitch Carlo estudió Economía en la Universidad de Puerto Rico (magna cum laude). A lo largo de su carrera, ha trabajado para bancos comerciales privados locales e internacionales. También ha sido Directora Ejecutiva de la Fundación Dominicana de Desarrollo, una ONG de microcrédito. Además de ser miembro de la Junta Directiva de ECLOF, fue miembro de la Junta Directiva de BanReservas, un banco comercial propiedad del gobierno dominicano, y fue la Presidenta de su Comité de Auditoría. Actualmente también es miembro de la Junta Directiva de SERVIR’D, una ONG jesuita, y de la Fundación por la Música, una fundación que promueve la educación musical para estudiantes superdotados. Es la Presidenta del Patronato del Parque Nacional Manantiales del Cachón de la Rubia, una de las áreas protegidas más grandes de Santo Domingo.

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