Durante casi tres décadas, la República Dominicana fue un referente de crecimiento en Centroamérica y el Caribe. Ese liderazgo no era retórico: se reflejaba en tasas de crecimiento superiores al promedio regional, que permitieron generar empleo, atraer inversión y sostener expectativas de progreso. Mientras buena parte de la región avanzaba con dificultades, el país marcaba el ritmo.

Ese desempeño alimentó una expectativa legítima de continuidad. Por eso, el contraste que hoy muestran las cifras regionales no debe interpretarse como un juicio sobre lo que otros países hacen o dejan de hacer, sino como una señal interna de alerta. Cuando economías vecinas crecen a mayor velocidad y la República Dominicana queda rezagada, lo que queda en evidencia es nuestra propia falta de dirección estratégica, la sustitución de una hoja de ruta de desarrollo por decisiones fragmentadas y la improvisación en la gestión pública durante el presente período de gobierno.

Este retroceso no puede explicarse como un simple accidente coyuntural ni atribuirse a un entorno internacional adverso. Por el contrario, factores externos clave —como el turismo y las remesas— se mantuvieron dinámicos y actuaron como amortiguadores del ciclo económico, aportando divisas y sosteniendo el consumo. En los hechos, el crecimiento observado en 2025 descansó más en estos apoyos externos que en una acción estratégica deliberada del Estado.

La pregunta, entonces, no es por qué el contexto internacional nos afectó, sino por qué, aun contando con condiciones externas relativamente favorables, la economía dominicana creció tan poco. La respuesta apunta a un problema interno: la improvisación en la gestión pública y la renuncia práctica a gobernar siguiendo una Estrategia Nacional de Desarrollo.

Desde 2012, el país cuenta con una Estrategia Nacional de Desarrollo (END), aprobada por ley —en el gobierno de Leonel Fernández— y concebida para alinear políticas públicas, presupuesto, inversión y prioridades nacionales. En su formulación participaron las principales fuerzas políticas, incluyendo al hoy gobernante Partido Revolucionario Moderno. Ignorarla no es un descuido menor: es una decisión política con consecuencias económicas concretas.

El desempeño de 2025 es una de esas consecuencias. Según el más reciente informe del Banco Central de la República Dominicana, la economía creció apenas 2.1 %, muy por debajo de su potencial histórico y de las proyecciones iniciales de 4.5 % a 5.0 %, estimaciones compartidas por el Fondo Monetario Internacional, la CEPAL y el propio Estado dominicano, a través del Banco Central y el Ministerio de Hacienda.

La brecha entre lo esperado y lo logrado no se explica por falta de diagnósticos. Economistas de distintas corrientes han advertido reiteradamente sobre la baja calidad del gasto público y la insuficiente inversión de capital. El peso creciente del gasto corriente y la débil inversión en infraestructura, educación y productividad han limitado la capacidad del país para sostener un crecimiento robusto y duradero.

Nada de esto es nuevo. Todo está claramente planteado en la END. Lo que ha faltado es voluntad para convertir esos lineamientos en política pública efectiva. En lugar de una gestión guiada por prioridades estratégicas, se ha impuesto una lógica de corto plazo, reactiva y fragmentada. Se gobierna atendiendo la coyuntura, no el rumbo.

Cuando un país renuncia a su estrategia, el crecimiento se vuelve frágil. Depende excesivamente de factores externos y pierde capacidad de transformar crecimiento en desarrollo. Eso es exactamente lo que refleja la economía dominicana hoy: menor dinamismo productivo, limitada creación de empleo formal y una pérdida evidente de liderazgo regional.

La desaceleración de 2025 es una señal de alerta clara. No se trata de un tropiezo pasajero, sino del resultado de haber sustituido la planificación por la improvisación. Recuperar el crecimiento exige algo más que discursos optimistas: exige volver a tomar en serio la Estrategia Nacional de Desarrollo, estudiarla, actualizarla y, sobre todo, cumplirla.

Gobernar es elegir un rumbo y sostenerlo. Un país que ignora su propia estrategia termina, inevitablemente, pagando el precio de un gobierno sin dirección.

Juan Ramón Mejía Betances

Economista

Analista Político y Financiero, cursó estudios de Economía en la Universidad Nacional Pedro Henríquez Ureña (UNPHU), laboró en la banca por 19 años, en el Chase Manhattan Bank, el Baninter y el Banco Mercantil, alcanzó el cargo de VP de Sucursales. Se especializa en la preparación y evaluación de proyectos, así como a las consultorías financieras y gestiones de ventas para empresas locales e internacionales.

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