Sin cuestionar los análisis economicistas de las causas de las protestas en Francia, Italia y otras naciones de Europa ni el rol desempeñado por la proximidad de elecciones cruciales y por las guerras híbridas tecnodigitales desatadas desde la extrema izquierda y la extrema derecha y dirigidas desde la Rusia de Putin y los Estados Unidos de Trump, a mi juicio, lo que están viviendo los europeos es la puesta en práctica de la viejísima estrategia del Guasón.
Para el enemigo de Batman, quien se autocalifica como “un agente del caos”, solo hay que introducir “algo de anarquía” y alterar “el orden establecido”, para que el mundo se vuelva un caos. Y es que sencillamente siempre habrá hombres -como explicaba Alfred a Bruce Wayne (Batman)- “que solo quieren ver arder el mundo”.
De algún modo, el presidente Macron lo intuye al declarar que “haremos todos un frente unido frente a los sembradores de caos, que solo buscan derribar nuestras instituciones e impiden que aquellos que expresan pacíficamente sus reivindicaciones lo hagan”.
Francis Fukuyama lo explica muy bien El fin de la Historia: cuando ya no existen las justas causas de luchar contra reales tiranías y opresiones, los hombres, profundamente aburridos, resentidos, megalotímicos y encolerizados, emprenderán, azuzados por caudillos populistas, una “guerra nihilista” contra la democracia liberal, pacífica y próspera, ya que “no conciben la vida en un mundo sin lucha”.
Esta guerra se alimenta en los “bancos de ira” (Peter Sloterdikj), que acumula -para acrecentarlos- rencores individuales y colectivos, promoviendo así el “odio como factor de lucha” (Che Guevara) en “epidemias de ira” digitalizadas en las “democracias de enjambre” (Byung-Chul Han).
Esta ira se intensifica en las democracias pues, como advertía preclaramente Tocqueville, “el odio que los hombres sienten por los privilegios aumenta a medida que los privilegios se hacen más raros y menores de tal suerte que se diría que las pasiones democráticas se inflaman más cuando encuentran menos alimento (…) el amor a la igualdad crece sin cesar con la igualdad misma; al satisfacerlo se la desarrolla”. Esta paradoja explica por qué estas protestas no ocurren en una nación con tanta desigualdad como, por ejemplo, Haití.
Los saqueos a tiendas no son el preludio ni la expresión de una revolución ni de una rebelión. Las multitudes turbulentas están compuestas por quienes Zygmunt Bauman ha caracterizado como “consumidores incompletos y consumidores descualificados”, de quienes quieren consumir pero están privados de los medios para consumir, por lo menos los artículos de lujo de las tiendas saqueadas.
Estas turbas han sido azuzadas por una pequeña burguesía de la izquierda cultural que habla en el nombre del “pueblo” pero es una élite que, como bien dice Christophe Guilluy, tan solo “ha colonizado el lenguaje de la pobreza”, utilizando para sus fines políticos al precariado de los suburbios, aun despreciándolo, como Marx despreció en El 18 de Brumario de Luis Bonaparte -y Hillary Clinton lo haría después- a ese “lumpenproletariado” compuesto de “deplorables”, “vástagos degenerados y aventureros de la burguesía, vagabundos, licenciados de tropa, licenciados de presidio, huidos de galeras, timadores, saltimbanquis, lazzaroni, carteristas y rateros, jugadores, alcahuetes, dueños de burdeles, mozos de cuerda, escritorzuelos, organilleros, traperos, afiladores, caldereros, mendigos, en una palabra, toda es masa informe, difusa y errante que los franceses llaman la bohème”.
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