Todas las mañanas paso por el batey Jalonga, en Hato Mayor, y hay una imagen que se repite como si alguien la estuviera editando en loop, con pequeñas variaciones. Un abanico amarrado con alambre a una columna de madera. Un cable eléctrico que cruza de una casa a otra como si fuera una línea dibujada a mano alzada. Una nevera colocada sobre blocks, convertida a la vez en mesa, en soporte, en superficie útil para todo lo que la casa no puede contener. Nada está "bien hecho". Pero todo funciona. Un colmado abre sus puertas antes de que el sol termine de salir. Una bocina colgada con sogas reproduce una música que parece sostener el ritmo del lugar. Un motor pasa con tres personas encima y una caja atada atrás, resolviendo lo que sería, en otro contexto, un sistema logístico completo. Yo camino entre todo eso como quien atraviesa una exposición que nadie ha curado, pero que está perfectamente montada. Y entonces lo pienso, todos los días, con una mezcla de admiración y sospecha: esto también es diseño.
En República Dominicana, "resolver" no es solo un verbo. Es una forma de estar en el mundo. Como señala un análisis reciente sobre el lenguaje cotidiano dominicano, "resolver" implica "encontrar salida, aunque no sea perfecta ni definitiva". Es decir: no se trata de hacer bien las cosas, sino de hacer que funcionen. Ese matiz lo cambia todo. Porque cuando una cultura entera internaliza esa lógica, lo que se produce no es solo comportamiento: se produce estética.
He empezado a ver el batey como un laboratorio visual. No en el sentido romántico —no hay nada de romántico en la necesidad— sino en el sentido más crudo: un espacio donde la urgencia obliga a inventar formas. El "resolver" reorganiza el mundo material. Reconfigura objetos. Rompe funciones. Ignora categorías. Una silla deja de ser una silla. Un cable deja de ser un cable. Una casa deja de ser una casa. Todo se vuelve híbrido. Y en esa hibridez aparece una estética: una lógica visual donde lo importante no es la forma ideal, sino la eficacia inmediata.
Esto no es nuevo. Desde la sociología cultural, se ha insistido en que la cultura no es algo estático, sino "formas de pensar, actuar y crear que emergen de contextos específicos y en constante transformación". Lo que ocurre en espacios como Jalonga es precisamente eso: cultura en estado puro, sin filtro institucional. Pero aquí hay una diferencia importante. Esta cultura no nace del exceso. Nace de la falta. Y eso cambia su lectura.
Podríamos caer en la tentación —muy contemporánea, muy curatorial— de celebrar esto como una especie de arte povera caribeño. Ver belleza en la precariedad. Convertir el ingenio en categoría estética. Hacer una exposición con fotos de cables, de casas improvisadas, de objetos mutantes. Sería fácil. Y sería, también, profundamente problemático. Porque el riesgo de estetizar el "resolver" es olvidar su origen: la necesidad.
El sociólogo dominicano Carlos Andújar ha trabajado extensamente la relación entre identidad y prácticas culturales populares, señalando cómo estas expresiones no pueden separarse de sus condiciones históricas y sociales. En otras palabras: lo que vemos no es solo creatividad, es también consecuencia. No hay estética sin contexto.
Sin embargo, negar la dimensión estética del "resolver" también sería un error. Porque lo que ocurre en estos espacios no es únicamente sobrevivencia: es también producción simbólica. Hay decisiones ahí. Hay composición. Hay una especie de intuición visual que organiza el caos. El cable no pasa por cualquier lugar: pasa por donde puede, pero también por donde tiene sentido. La extensión no solo conecta: dibuja. El objeto no solo sirve: significa. Y eso, aunque no se nombre así, es lenguaje.
Lo incómodo es que ese lenguaje se ha convertido en identidad. Decimos con orgullo: el dominicano resuelve. Lo repetimos como una virtud nacional. Lo enseñamos como habilidad. Pero rara vez nos detenemos a preguntarnos qué implica eso. Porque resolver, en muchos casos, es sustituir lo que debería estar resuelto. Es llenar vacíos estructurales con soluciones individuales. Es convertir la excepción en norma.
En el batey, esto es evidente. No hay planificación urbana. No hay diseño institucional. No hay garantías. Lo que hay es una red de soluciones improvisadas que sostienen la vida cotidiana. Y funcionan. Ese es el problema.
Porque cuando algo funciona —aunque sea precariamente— deja de percibirse como problema. Se naturaliza. Se integra. Se vuelve parte del paisaje. La sociología lo explica bien: las prácticas sociales se reproducen cuando logran sostener la vida, incluso si lo hacen de manera desigual o inestable. El "resolver" se reproduce porque funciona. No porque sea ideal.
Ahí es donde la estética se vuelve peligrosa. Porque empieza a embellecer lo que debería incomodar. Empieza a traducir la carencia en ingenio. La falta en creatividad. La precariedad en estilo. Y entonces dejamos de exigir.
Lo he pensado muchas veces caminando por Jalonga: ¿qué pasaría si todo dejara de resolverse? Si el cable no funcionara. Si el motor no aguantara. Si la silla finalmente colapsara. Probablemente aparecería el problema real.
Pero mientras tanto, el país sigue operando bajo esta lógica invisible. Una lógica que no solo atraviesa lo material, sino también lo simbólico: la política que improvisa, la arquitectura que adapta, el cine que explica en exceso, la cultura que compensa. Todo, de alguna manera, resuelve.
Y sin embargo, hay algo profundamente creativo en todo esto. Sería injusto negarlo. Hay una inteligencia práctica, una capacidad de adaptación, una lectura del entorno que no se enseña en ninguna escuela. Es conocimiento. Pero es un conocimiento condicionado.
Tal vez ahí está la clave: entender que el "resolver" no es una virtud en sí misma, sino una respuesta. Una respuesta brillante, sí. Pero una respuesta.
Cuando paso por el batey, ya no veo solo objetos. Veo decisiones. Veo sistemas informales. Veo una estética que no fue diseñada, pero que se repite con una coherencia inquietante. Y también veo el límite. Porque hay una diferencia —y es una diferencia crucial— entre crear desde la necesidad y acostumbrarse a ella.
El reto, quizás, no es dejar de resolver. El reto es preguntarnos por qué seguimos teniendo que hacerlo. Y qué pasaría si, por una vez, el país dejara de improvisarse a sí mismo.
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