Era apenas un adolescente cuando debuté como profesor. Para entonces, finalizaba el bachillerato en el Colegio De La Salle. Casi enfrente estaba el Colegio Duarte, donde se impartían clases nocturnas para personas trabajadoras de escasos recursos. No recuerdo exactamente cómo nos involucraron en esta aventura; lo cierto es que acepté y permanecí varios años impartiendo Cívica y Fundamentos de Economía. Era un servicio casi voluntario, pues el salario era simbólico. Esta aleccionadora experiencia me marcó y me permitió descubrir mi vocación docente, permitiéndome aquilatar la valoración que Paulo Freire otorgaba a este noble oficio cuando decía: "La educación es un acto de amor, por tanto, un acto de valor".
Para 1988, concluí una maestría en Ciencias Jurídicas en la PUCMM. Poco tiempo después, el director de la Escuela de Derecho del recinto Santiago, el inefable profesor Adriano Miguel Tejada, nos convocó a varios egresados del programa. Con su estilo directo y ameno, nos solicitó ingresar como docentes. Sorprendidos, el grupo integrado por Félix Olivares, Mayra Rodríguez, José Luis Taveras, José Alberto Cruceta, Rafael Gutiérrez y yo, agradecimos el honor y aceptamos la desafiante propuesta.
De este modo retomé mi pasión por la enseñanza. Por espacio de casi catorce años impartí varias materias vinculadas al Derecho Penal. En todo este lapso reafirmé mi gratificante interés por la cátedra. Cada vez que entraba al aula, sentía una especie de bálsamo para el alma; me imbuía de su misterio y su magia. Poco importaba cuán complicado hubiera sido el día en el despacho: compartir con los muchachos me desconectaba. Me hacía vivir. En cada clase, aprendía más de ellos, de lo que les enseñaba. Por eso comprendí, como relata Joseph Joubert, que "enseñar es aprender dos veces".
En 2003, el ejercicio profesional me absorbió por completo y tuve que hacer un paréntesis en la docencia. Fue la época de los grandes casos judiciales de fraudes bancarios (Baninter, Bancrédito y Mercantil) en los que representamos, junto a otros distinguidos colegas, al Banco Central y la Superintendencia de Bancos. Esto me obligó a trasladarme al Distrito Nacional. Estos procesos se prolongaron por más de siete años —de esa otra intensa e inolvidable experiencia profesional hablaremos quizá luego—. No obstante, en todo ese tiempo, añoré la docencia.
Concluidos esos expedientes, retorné a mi ciudad. Aunque no me reintegré a la docencia universitaria formal, me he mantenido vinculado a la academia. Cada vez que me invitan a participar en un seminario, taller o curso, suelo aceptar con mil amores. Vuelvo a identificarme con esta especie de "sacerdocio" y siento que la pasión se mantiene intacta.
Por esto, he tenido centenares de alumnos. Me llena de satisfacción cuando, en algún palacio de justicia o en la calle, alguno me saluda con afecto y recuerda sus vivencias en las aulas. Cada encuentro de esa naturaleza me toca el corazón.
Todo esto explica la peculiar emoción que sentí el pasado sábado, cuando la promoción de Derecho de 1996 de la PUCMM me invitó al reencuentro de su trigésimo aniversario. Allí rememoramos anécdotas y momentos alegres. Disfrutamos, por ejemplo, cuando ganamos uno de sus entretenidos concursos al reconocer una canción de Sabina, que luego tarareamos junto a algunos de los integrantes del grupo. ¡A propósito, todavía nos deben el premio prometido! En fin, allí reconocimos la sabiduría de Gardel al decir que veinte años no son nada; y comprobamos que treinta tampoco lo son.
También, me tomó por sorpresa el reconocimiento que este grupo me dispensó junto a otros distinguidos colegas. Fue especialmente emotivo por el tiempo transcurrido y porque venía de una promoción que se distingue por su calidad, mística y alegría. Su gesto caló profundo, al igual que las palabras que motivaron la entrega del pergamino y su mensaje: “Por haber sido un pilar fundamental en nuestra formación profesional y docente”.
Aunque amo la docencia por lo que representa para mi alma —y nunca por retribución económica o el agradecimiento —, valoro y agradezco esta distinción. Me llena de orgullo saber que los conocimientos y testimonios compartidos germinaron en mejores profesionales y seres humanos. ¡Con eso me basta para ser feliz!
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