Alguien escribió que tener bonos del Tesoro estadounidense es como ir en un tren en cuya ruta hay un precipicio, y no sabes si está a 500 metros o a 500 kilómetros, pero confías en que siempre podrás apearte antes.
En este mes de agosto, la deuda del gobierno norteamericano superó los 40 billones (millones de millones) de dólares. Eso parecería ser un simple número que no tiene nada que ver con precipicio, el problema es que ahora lleva un curso y velocidad que parece caballo desbocado.
Hace diez años era solo la mitad de ese monto y de los 20 billones nuevos, ocho se le atribuyen al gobierno de Biden (principalmente por la repartidera de dinero de la pandemia y los subsidios industriales de la Ley de Reducción de Inflación) y los otros doce al de Trump, entre ellos, cuatro en los 19 meses que lleva de este período, estimándose que podrían acercarse a los cinco al cumplir los dos primeros años.
Eso es mucho dinero. A manera de referencia, 5 billones de dólares en apenas dos años es más dinero que el PIB de Japón o de la India. Es más, el gobierno estadounidense debe más que todos los gobiernos de Europa y Japón juntos y más que la suma de China, la India y toda América Latina y África juntos.
Durante mucho tiempo, los bancos, las empresas y las personas con dinero han invertido sus reservas en bonos del Tesoro estadounidense por dos razones: (1) porque desean y (2) porque están obligados.
Lo de porque desean es debido a la extrema confianza que merece el mercado de capitales norteamericano, por ser el más sólido y líquido del mundo; el más sólido porque existe la convicción de que el tren nunca llegará al precipicio, dado que un país así nunca dejaría de honrar su deuda; y el más líquido en el sentido de que puedes pedir parada donde tú quieras, o sea, vendes tus bonos y encontrarás comprador.
Y lo de que está obligado se debe a que el dólar se convirtió en el único depósito de valor disponible en cantidades suficientes para guardar las reservas del mundo, dado que el oro es escaso y las demás monedas fiduciarias no alcanzan porque a los países que las emiten no les conviene emitir tanto.
La razón es que tendrían que comprar mucho y vender poco en el exterior, a fin de dejar su moneda circulando por el mundo, pero eso equivale a sacrificar su producción y vivir de lo que producen otros, justamente lo que hizo Estados Unidos y que ahora no quiere hacer por su impacto en el empleo.
Ahora bien, que el dólar sea la moneda de reserva mundial confiere a EE. UU. un privilegio exorbitante, del cual no quiere desprenderse, razón por la cual vive amenazando a quienes pretendan sustituirlo. Mientras el dólar sea la moneda del comercio mundial, los países deben mantener sus reservas en dólares y, como no pueden guardarlas debajo del colchón, entonces tienen que prestarlas al gobierno o a las corporaciones de Estados Unidos comprando sus bonos.
Las amenazas siempre han surtido efecto, primero por temor a las sanciones económicas de un país tan poderoso, y después por temor al uso de la fuerza militar. Pero he aquí que muchas cosas han venido cambiando en tiempos recientes. Viendo que las políticas sucesivas de los gobiernos norteamericanos los va conduciendo a convivir cada vez con mayor déficit fiscal, lo que implica más endeudamiento, la gente ha comenzado a dudar de que realmente esa deuda se pueda pagar algún día.
En realidad, todo el mundo sabe que es impagable, pero el tren nunca llegaría al precipicio si la gente le sigue comprando los bonos y no retira su dinero. Pero algunas cosas pueden cambiar. El problema mayor es que gran parte de los países, empresas y bancos del mundo están buscando opciones en qué invertir sus ahorros, al ver cómo el gobierno estadounidense puede embargar sus reservas y hasta confiscarlas por razones políticas.
Pero ahora hay una situación más compleja: por la guerra de Irán y la situación del mercado petrolero, los países del golfo necesitan su dinero; Japón está en problemas y también necesita su dinero, pero Estados Unidos no puede permitir que lo retiren y está haciendo malabares para evitarlo por las buenas. Los demás aliados norteamericanos no pueden comprar más bonos porque ellos mismos se están endeudando, por la presión del imperio para que compren armas.
Y el riesgo está presionando el mercado de bonos hasta el punto que sus precios tienden a caer, lo que implica que algunos tenedores pierden parte de su capital. Tal cosa incluso constituye una amenaza para múltiples bancos centrales del mundo, fondos de pensiones, fondos de inversión, bancos comerciales y compañías de seguros, que han invertido sus reservas en dichos bonos. Por otra parte, la caída de los bonos significa más altas tasas de interés, con múltiples implicaciones para el proceso económico, la posibilidad de los hogares para pagar la vivienda y los costos industriales.
La amenaza con sanciones económicas tiende a perder preponderancia a medida que el mundo ve cómo se ha abusado de ellas y, fuera de los asustadizos países latinoamericanos, los demás han aprendido a sobrevivir a las mismas. Y la amenaza con la fuerza militar va decayendo; por ejemplo, quién podría haberse imaginado solo un año atrás que el país más armado del mundo tuviera que parar una guerra por agotamiento de sus armas.
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