La democracia contemporánea no solo padece una crisis de gestión. También atraviesa una quiebra se su base simbólica. El desgaste irreversible de los partidos políticos tradicionales y la pérdida de legitimidad de sus liderazgos históricos han erosionado la credibilidad y confianza institucional. Sin embargo, el fenómeno más alarmante de la presente década no es el vacío de poder que puede provocar la incredulidad en los partidos, sino la naturaleza de los actores que pretenden ocuparlo. 

En un contexto de hiperconectividad, los nuevos aspirantes al liderazgo público ya no emergen de la deliberación ideológica, de la militancia orgánica o de la representación de bases sociales. Salen, por el contrario, de la capitalización neuro-algorítmica en plataforma digitales. Son los outsiders de la era de la posverdad: figuras cuyo capital político es un subproducto del infoentretenimiento y la mercantilización del afecto.

En la República Dominicana, el ecosistema mediático articulado en torno a Santiago Matias “Alofoke” constituye un caso de estudio paradigmático. Este ilustra con precisión cómo la espectacularización de la realidad y la industria del morbo pueden transmutar en plataformas de inusitada influencia política. 

Lo que inicialmente se presenta como dinámicas subalternas de entretenimiento o democratización de la voz pública oculta, en el fondo puede ser una mutación antropológica y política de consecuencias imprevisibles. El outsider digital ya no necesita demostrar competencias técnicas ni solvencia ética, pues le basta con dominar la economía de la atención. 

Para desentrañar la raíz de esta deriva puede ser útiles las ideas del filósofo surcoreano Byung Chul Han. En su obra, La sociedad del cansancio, postula que el neoliberalismo desregulado ha trasformado radicalmente los mecanismos de dominación. Ya no operamos bajo el modelo disciplinario de la coerción externa; hoy nos constituimos como “sujetos de rendimiento”, individuos autoexplotados que corren voluntariamente en la rueda del consumo y la productividad total. Este imperativo de auto optimización constante culmina de manera invariable en un estado de fatiga sistémica, un agotamiento crónico que no solo destruye el cuerpo, sino que obstruye el aparato cognitivo.

Este cansancio civilizatorio posee consecuencias políticas directas, dentro de ellas la anulación de la disposición psíquica para el pensamiento crítico y el análisis de políticas públicas complejas. El ciudadano exhausto carece de la energía mental necesaria para el debate deliberativo y la confrontación de ideas. En ese estado de indefensión cognitiva, el sujeto no busca reflexionar, sino evadirse. Bajo esta condición, no exige argumentos, demanda anestesia. Es precisamente en esta fractura donde triunfa el contenido intrascendente y la vulgaridad, el chisme y la confrontación orquestada actúan como narcóticos de rápida absorción. 

El “fenómeno Alofoke” no es una anomalía fortuita. Es en cambio el correlato perfecto de este sujeto exhausto que consume el conflicto como espectáculo para silenciar su propio vacío existencial.

Las plataformas digitales no operan como canales neutrales o plazas públicas democráticas, son la infraestructura material de un capitalismo psicopolítico. En su libro Psicopolítica, Han advierte que el sistema actual no prohíbe ni reprime, sino que seduce y estimula. El algoritmo está programado bajo una lógica estrictamente comercial, en la cual se busca maximizar el engagement a través del tiempo de permanencia en pantalla. Y en la psicología humana, nada genera mayor retención que las emociones negativas de alta activación, tales como la indignación, el resentimiento y el desprecio mutuo.

El productor de contenidos banales deviene en operador político en el momento en que comprende la economía política de estas redes. La acumulación de likes se traduce en falsa sensación de validación democrática. Para Han el “me gusta” es el amén digital. Al hacer clic nos sometemos a la trama de la dominación. El smartphone no es solo un eficiente aparato de registro y vigilancia, sino también un confesionario móvil.

Bajo este esquema, la degradación del debate público deja de ser un subproducto involuntario del ocio para erigirse en una lucrativa divisa. El outsider digital instrumentaliza ese entramado ruidoso, transformando la estridencia en legitimidad y el escándalo en una plataforma de elegibilidad que desafía las lógicas meritocráticas de la administración del Estado.

La transferencia de la tracción digital hacia el ejercicio del poder público ya no pertenece al terreno de las distopias teóricas; es una realidad geopolítica constatable. La historia reciente ofrece testimonios rigurosos sobre el costo de confiar la gobernanza de las naciones a perfiles improvisados o populistas de matriz mediática. El examen empírico de estos casos revela tres patologías sistémicas: 

  1. La erosión de la tecnocracia y la institucionalidad: La gestión del Estado moderno exige competencias técnicas, respeto por el derecho administrativo, diplomacia y capacidad de negociación procedimental. El outsider de redes sociales, acostumbrado a la inmediatez del algoritmo y al control absoluto de su narrativa digital, tiende a gestionar lo público bajo la misma lógica del streaming: mediante personalismos y decisiones reactivas supeditadas a los vaivenes de las tendencias diarias del internet.
  2. La polarización afectiva como estrategia de supervivencia: Las figuras que consolidan sus audiencias mediante la siembra de discordia trasladan el conflicto farandulero a la esfera estatal. La discrepancia democrática es despojada de su naturaleza racional para ser sustituida por divisiones identitarias y maniqueas. La sociedad se fragmenta en tribus digitales irreconciliables, haciendo imposible el consenso mínimo requerido para el desarrollo estructural a largo plazo.
  3. La permeabilidad ante agendas fácticas: Detrás de una estridencia pretendidamente anti-establishment y un discurso que simula la defensa de las clases populares, estos liderazgos suelen carecer de un marco ideológico y ético sólido. Esta vacuidad los convierte en vectores dóciles para la instrumentalización por parte de corporaciones o poderes fácticos oscuros que aprovechan la inexperiencia del gobernante para desmantelar los controles regulatorios y fiscales del Estado.

Gobernar una República requiere una dinámica radicalmente opuesta a la de conducir un panel de discusión escandaloso. Confundir la popularidad en las métricas de interacción con la aptitud institucional es el paso en falso más costoso que una sociedad civil puede consentir.

La habituación colectiva a la vulgarización del entorno discursivo acelera la capitulación de las democracias occidentales. Para contrarrestar esta deriva lúdica, la academia, el periodismo ético y las organizaciones de la sociedad civil deben activar de manera urgente mecanismos de resistencia orientados a tres pilares fundamentales:

  1. Es un imperativo democrático forzar a todo candidato a someterse a escrutinios rigurosos fuera de sus ecosistemas digitales controlados. Las métricas de audiencia no pueden eximir a ningún aspirante de la obligación ineludible de presentar planes de gobierno viables y con solvencia técnica contrastable. Quien solo puede sostener un discurso rodeado de sus propios micrófonos y aplaudidores carece de idoneidad para el cargo público. 
  2. La ciudadanía debe ser educada en la economía de las plataformas. Es necesario comprender que las redes sociales monetizan el conflicto y fragmentan la atención. Consumir contenidos intrascendentes pertenece a la esfera de las libertades individuales de ocio; sin embargo, convalidar esos entornos como las nuevas escuelas de formación política constituye una abdicación cívica irresponsable.
  3. Los partidos políticos democráticos tradicionales no sobrevivirán mediante la burda imitación del circo digital. Su única salvación radica en reformar sus estructuras internas para ofrecer vías auténticas de participación a cuadros técnicos calificados y liderazgos jóvenes preparados, rompiendo con la premisa cortoplacista de que la estridencia mediática es el único vehículo hacia la visibilidad pública.

El entretenimiento cumple una función en el descanso del ser humano, pero las decisiones que comprometen el acceso a la salud, la educación y la seguridad de un Estado no pueden subordinarse a la lógica de un algoritmo diseñado para lucrarse con la discordia. Como advierte Byung Chul Han, cuando la información desplaza a la narración con sentido, perdemos el rumbo colectivo. Es imperativo restaurar la dignidad de la esfera pública y rescatar el pensamiento crítico antes de que la improvisación termine por legislar y gobernar nuestro destino común.

El “fenómeno Alofoke” no es solo un debate de farándula local, sino la antesala de un peligro institucional real. 

¡y pensar que esta situación la han provocado los propios políticos del patio!    

    

Nelson Rodríguez Monegro

Médico

Médico. Fue Director del Servicio Nacional de Salud, y fue Viceministro de de Salud Pública.

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