La ciudad es todo lo que tiene que ver con sus gentes, el paisaje, los ríos, montañas y valles. La mejor definición son sus lugares emblemáticos e históricos; otras sus casas, calles, mercados, hospitales, cines, parques y cuantas más cosas estén ligadas a una edad determinada, pero sobre todo a sus gentes en el diario vivir de sobrevivencia de acuerdo a la realidad económica, social y política. Recordamos lo que vivimos u observamos; lo que fue y lo que no pudo ser.

¿Cómo olvidar aquel señor, señora e hijos, incorporados a la sobrevivencia, porque hay que vivir por encima de todas las cosas y, vivir llámase en el peor o mejor de los casos, buscar qué comer para sí mismo o una familia que mantener? Es lo que se llama ahora trabajo informal. No hay manera de olvidar al panadero con su canasto, bien temprano o a prima tarde con la venta del pan de agua, sobao; la mujer vendiendo longaniza o carne de cerdo salada; al chicharronero, entre otras variedades. Al triciclero, con su triciclo lleno de productos frescos, frutas, ensaladas y víveres, etc. Al dulcero o dulcera, de guayaba, coco con leche, leche solo y jalao; al del conconete, al vendedor de maní; al del palito de coco con azúcar negra quemada; al de cuerito de capas de cerdo, al de guineo maduro con dos racimos enganchados en un palo, en el hombro, metidos en un saco, para que no se desgranen y decenas más de vendedores de todo lo que cualquiera podría imaginarse para sobrevivir. A ellos se les iba la vida buscando el dinerito para darle qué comer a la familia.

El vendedor de cortao (con una caja en la cabeza parecida a una paletera) al borracho con su toque de ron para darle mejor sabor (delicia del niño y del resacado), pudin de pan, pan de maíz y majarete, entre otras delicias. La mujer mulata vendiendo longaniza, y en el caso del hombre, chicharrón. Sin contar al que amolaba cuchillo, tapaba jarros y calderos y el limpia hoyos de letrinas. Eran las calles de la capital en igual o menor proporción que los pueblos.

En una esquina populosa la venta de habichuelas con dulce, arroz con leche, mabí, melcochas, helados en compotas, de batata con coco, hielo, mabí. Sacar una nevera de las tiendas de electrodomésticos era para negociar helados en compota y mabí de frutas variadas. Frituras, yaniqueques sin carne de ninguna especie. No nos olvidemos del limpiabotas, el vendedor de periódicos, el ciego, el niño con polio, el loco, todos salían a “buscar algo” y solo los sábados, contrario al presente que salen a las calles todos los días y hasta vienen del interior a pedir o buscársela.

De todos, el más popular y que ha sobrevivido y se ha convertido en un “emprendedor”, casi empresario, que es capaz de vender su alma por su emprendimiento; el vendedor de yaniqueque y rellenos como se le llama ahora; el famoso Long pley de antes y ahora con una variadísima de oferta de rellenos que van desde huevo, vegetales hasta carne de pollo, res y mariscos.

¿Y el vendedor de frutas? Hasta hace poco la fruta no era comida, aunque no hay otra manera de comérsela que no sea con la boca. A ninguna fruta, sin excepción, se le consideraba comida. De que hemos cambiado no hay duda. Ahora las calles están repletas de vendedores de productos elaborados industrialmente y agroindustriales como auyama, piña, zapotes, lechosas, guayabas, limoncillos, botellitas de agua y todo tipo de confiterías más perros, gatos, peces en las esquinas.

Los ciudadanos haitianos, antes apenas se veían en la ciudad capital y ni decir en el interior, y a partir de los ochenta pululaban en las ventas de dulces y ropa (hoy en día son los reyes de las ventas de todo lo informal en las calles y ciudades del país).  Hace un tiempo por poco nos volvemos la mitad venezolanos, con una emigración en busca de qué va a pasar, ya que de dónde venía… que vendían de todo en las calles de la capital, principalmente. Décadas atrás, cientos, miles de dominicanos fueron a buscar “mejor vida” a Venezuela, Estados Unidos y hace un tiempo a Europa, principalmente España. De que un país son sus emigrantes e inmigrantes, no hay duda alguna donde lo informal es el porvenir en lo que llega… según muchos.

Las ventas se hacían a pie, a pura chancleta, sudoroso, alegre, dejando que el tiempo se vaya alante. Cierro los ojos y aparece niño o un joven, voceando: “¡Maní, Manicero, ¡calientitos!”, o uno más mayorcito en voz al cuello voceando friquitakis, chulos, kipes, arepa, como artistas del circo de las calles, en una lata de salsa mediana con una chiquita enganchada de dos alambres, el del maní, con carbón ardiendo, para que el maní no se enfrié entre docenas más de vendedores, son la memoria de un pueblo, que no se puede olvidar.

Amable Mejia

Abogado y escritor

Amable Mejía, 1959. Abogado y escritor. Oriundo de Mons. Nouel, Bonao. Autor de novelas, cuentos y poesía.

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