Se tiene por establecido que en 1648, con la firma de la Paz de Westfalia, inicia la era del Estado-Nación. Es a partir de ese momento cuando el interés nacional comienza a imponerse sobre las consideraciones dinásticas o religiosas en la toma de decisiones estratégicas. Junto con el Estado-Nación emergen los sistemas multipolares y las balanzas de poder que dominarán las relaciones internacionales durante los siguientes trescientos años.

Este orden permanecería, con variaciones y tensiones, hasta el final de la Segunda Guerra Mundial y los acuerdos de Bretton Woods, que inauguran un periodo estructuralmente anómalo: por primera vez en la historia moderna, solo dos potencias se disputaban la organización del mundo. La particularidad de este momento no es solo su bipolaridad, sino la naturaleza del conflicto. Estados Unidos articuló su expansión en términos de interés nacional, con la doctrina de la contención como eje estratégico. La Unión Soviética, en cambio, combinó la expansión de su zona de amortiguamiento continental con una pretensión de universalidad revolucionaria que, al menos en su formulación, trascendía el cálculo geopolítico tradicional. En la práctica, ambas lógicas produjeron expansionismo. Pero la distinción importa porque determinó cómo cada potencia construyó sus alianzas, justificó sus intervenciones y, en última instancia, gestionó su propio colapso.

Esta anomalía bipolar generó distorsiones que solo comenzaron a revelarse una vez que terminó. Las grandes potencias occidentales, operando bajo la premisa de un mundo post-conflictos y una globalización sin fricciones, delegaron funciones esenciales a instituciones multilaterales y construyeron estados de bienestar que, con el tiempo, debilitaron su capacidad de proyección estratégica. Simultáneamente, se facilitó la integración de China al sistema económico global, transfiriéndole capacidad industrial con la expectativa de que la prosperidad produciría convergencia política. Ninguna de las dos apuestas resultó como se calculó.

Con el inicio de la segunda administración Trump se consolida, de manera bastante enfática, el fin de ese experimento. Lo que emerge en su lugar es un mapa de poder considerablemente más claro, aunque más incómodo. Existe una sola potencia con capacidad de proyección militar global sostenida: los Estados Unidos. China es una potencia con alcance militar todavía limitado en términos globales, aunque con capacidad de negación regional significativa en el Pacífico occidental, suficiente para complicar cualquier cálculo de intervención en su periferia inmediata. Rusia es una potencia convencional de alcance regional cuya palanca estratégica central es su arsenal nuclear: sin él, la invasión de Ucrania habría generado un abanico de respuestas que la habrían hecho inviable. El nuclear no es el escudo de Rusia sino el permiso que habilita su acción convencional.

El resto de los países son, en la práctica, espectadores que durante ocho décadas delegaron decisiones esenciales a instituciones que han demostrado ser incapaces de proteger a quienes se ven amenazados por potencias con ambiciones expansivas. Ucrania es el caso más visible, pero no el único.

Este reordenamiento tiene consecuencias doctrinales concretas. La última Estrategia de Seguridad Nacional de los Estados Unidos ya anticipaba el retorno de la competencia entre grandes potencias como marco organizador de la política exterior. Las acciones subsecuentes de la administración en Venezuela, Irán y Cuba, enmarcadas explícitamente en términos de esfera de influencia y seguridad hemisférica, confirman que esa doctrina no es retórica. En Europa, las recientes declaraciones de Francia y Alemania sobre rearme y autonomía estratégica apuntan en la misma dirección: el continente comienza a procesar, con evidente incomodidad, que la arquitectura de seguridad que lo sostuvo durante ochenta años era una delegación, no una conquista.

La fantasía del globalismo no ha muerto por falta de idealismo. Ha muerto porque solo podía existir bajo la voluntad activa de la potencia que la sostenía. La casa de naipes no colapsó por exceso de peso, sino por falta de sostén. Una vez que los Estados Unidos se retiran del experimento, el experimento termina. Quedan atrás los años del consenso y el apaciguamiento. Se inaugura el retorno del Estado-Nación

Octavio Landolfi

Internacionalista

Internacionalista. Licenciado en Relaciones Internacionales con Maestrías en Educación. Especialista en Geopolítica y Desarrollo de Mercados. Director de Comercio Interno del Ministerio de Industria,Comercio y Mipymes.

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