La posible candidatura presidencial de Santiago Matías, Alofoke, no debería discutirse únicamente como una curiosidad de redes, una ocurrencia de seguidores entusiasmados o una estrategia desesperada del Partido Reformista Social Cristiano para recuperar relevancia. El problema no es que una figura nacida fuera de los partidos quiera participar en la vida política; la democracia no pertenece a una casta ni debe quedar secuestrada por las biografías de siempre. El problema empieza cuando las siglas partidarias se convierten en vehículos disponibles para una marca personal, sin que nadie pregunte con suficiente rigor qué proyecto, qué trayectoria, qué intereses y qué concepción del Estado viajan dentro de ese vehículo.
Ese es el punto que debería preocuparnos. Alofoke no aparece ahora, de repente, como una figura que un día descubrió una vocación pública y decidió someterla al escrutinio democrático. En 2019 se inscribió como precandidato a diputado por el Partido de la Liberación Dominicana en la circunscripción número tres del Distrito Nacional; luego retiró sus aspiraciones alegando “clasismo” en la política y, poco después, pidió que el propio PLD le reservara la candidatura, con lo cual pretendía ser liberado de competir en las elecciones internas. Esa secuencia no basta para condenar a nadie, pero sí permite formular una pregunta legítima: ¿estamos ante una vocación política institucional o ante una relación instrumental con los partidos, donde las organizaciones sirven de plataforma ocasional para una figura que ya posee audiencia, recursos y capacidad de ruido?
La pregunta adquiere más peso cuando ahora se habla de una eventual candidatura presidencial vinculada al PRSC. En otro tiempo, los partidos buscaban candidatos para expresar una tradición, una agenda, una lectura del país o, al menos, una coalición de intereses reconocibles. Hoy algunos parecen dispuestos a buscar una figura con arrastre para maquillar su propia pérdida de contenido. La diferencia no es menor. Una cosa es que un ciudadano popular decida hacer política y otra que un partido histórico, debilitado por sus propios errores, parezca dispuesto a alquilar sus siglas sin exigirle al aspirante una explicación seria sobre programa, patrimonio, alianzas, equipo, límites institucionales y visión de Estado.
No se trata de afirmar que todo recurso de una figura de redes tenga origen dudoso ni de convertir señalamientos de internet en sentencia. Eso sería tan irresponsable como ignorarlos. Lo relevante es que las preguntas sobre el origen de la riqueza, la estructura económica y los intereses alrededor de una eventual candidatura no deberían depender de investigadores de redes, comentaristas digitales o adversarios circunstanciales. Deberían formar parte del filtro mínimo de cualquier organización que pretenda presentar una opción presidencial al país. Si un partido no examina con rigor a quien podría representar sus siglas, entonces no actúa como institución política, sino como franquicia electoral.
Esa es una de las consecuencias más visibles de la crisis partidaria dominicana. Durante años, muchas organizaciones pidieron disciplina sin abrir caminos, juventud sin relevo, militancia sin competencia y obediencia sin reglas claras. Luego se sorprendieron cuando la conversación pública empezó a moverse fuera de sus locales, de sus comités y de sus rituales internos. Las redes no son un mundo separado de la política; ahí se forman lealtades, resentimientos, comunidades, adhesiones y expectativas. Pero el hecho de que una persona pueda convertir seguidores en fuerza simbólica no significa que pueda convertir esa fuerza en gobierno. La audiencia no sustituye al partido, la fama no sustituye al programa y la capacidad de recaudar simpatía no sustituye la solvencia ética.
El caso de Alofoke, por tanto, obliga a mirar en dos direcciones. Hacia la figura que aspira, desde luego, pero también hacia los partidos que podrían abrirle la puerta. En una democracia sana, la entrada de nuevos actores puede ser una buena noticia. Nadie debería exigirle a la política certificado de origen social, apellido conocido o carrera previa en una estructura partidaria. Pero sí debe exigirse algo más básico: transparencia, consistencia, disposición a competir, respeto a las reglas y capacidad de explicar de qué manera una marca personal puede convertirse en servicio público.
Ahí está el centro del asunto. El problema no es que alguien venga de la comunicación digital, del entretenimiento o del mundo empresarial; el problema aparece cuando esa procedencia se presenta como mérito suficiente y cuando los partidos, urgidos de sobrevivir, aceptan negociar su historia sin preguntarse si también están negociando sus principios. El país no puede entrar al próximo ciclo electoral creyendo que toda novedad es renovación ni que toda popularidad es liderazgo. Ya conocemos demasiado bien el costo de confundir fuerza de arrastre con pensamiento político.
La candidatura presidencial no puede ser tratada como una extensión de la audiencia. Tampoco como una recompensa por haber construido una comunidad digital o por haber demostrado capacidad para mover conversación. Gobernar supone administrar instituciones, recursos públicos, conflictos sociales, relaciones internacionales, seguridad, justicia, educación, salud, deuda, migración y expectativas colectivas. Quien aspire a ese nivel de responsabilidad debe aceptar un escrutinio más severo que el aplauso de sus seguidores; y quien pretenda postularlo debe recordar que una sigla partidaria no es un vehículo cualquiera, sino una responsabilidad frente a la República.
El debate, entonces, no es Alofoke sí o Alofoke no. Esa sería la versión más pobre de la discusión. El debate verdadero es si los partidos dominicanos todavía conservan alguna capacidad de filtrar, formar, exigir y responder por quienes presentan al electorado. Si no la conservan, si sus siglas terminan disponibles para quien llegue con audiencia, recursos o capacidad de ruido, entonces el problema no será una candidatura. Será la confirmación de que una parte importante del sistema político ha dejado de producir liderazgos y ahora se conforma con rentarlos.
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