Durante décadas, Estados Unidos se presentó a sí mismo como la culminación de la historia, el punto de llegada natural de la humanidad tras el agotamiento de las grandes disputas ideológicas del siglo XX. Democracia liberal, libre mercado y “búsqueda de la felicidad” fueron ofrecidos como un paquete civilizatorio exportable, casi obligatorio. Sin embargo, en 2026, ese relato no solo está en crisis: está en ruinas.
La supuesta civilización universal que emanaba de Washington era, en realidad, un espejismo. Su derrumbe resulta hoy incluso más revelador que la caída del bloque del socialismo enfermo soviético en 1991, porque desnuda la fragilidad moral, social y política del propio vencedor.
Casi un año después del retorno del criminal convicto de Donald Trump al poder, lo que define el carácter actual de Estados Unidos no es la democracia ni la libertad, sino la normalización del autoritarismo, el racismo estructural y un supremacismo blanco cada vez menos disimulado. Trump no representa una anomalía pasajera, sino la cristalización de un largo proceso de degradación institucional y cultural. Con él, la presidencia de Estados Unidos ha sido reducida a un espectáculo vulgar: la cualquierización del cargo, la conversión del poder político en una extensión del ego, del negocio privado y del resentimiento social.
En 1990, en pleno colapso de la sombra enferma del socialismo soviético, el escritor V. S. Naipaul celebró la americanización del mundo en una conferencia pronunciada en el Manhattan Institute. Allí sostuvo que la idea estadounidense de la “búsqueda de la felicidad” había puesto fin al debate histórico sobre qué tipo de vida y de sociedad eran preferibles, inaugurando una civilización universal. Aquellas palabras no eran simples opiniones literarias: eran la expresión ideológica del triunfo. El capitalismo estadounidense, en su expresión máximo del imperialismo, se presentaba como destino inevitable, y su democracia liberal como horizonte final de la humanidad.
Ese optimismo arrogante se asentaba en una realidad concreta: la derrota política, económica y simbólica de los proyectos socialistas y socialdemócratas, golpeados por décadas de asfixia externa, errores internos y ofensiva cultural neoliberal. La historia parecía haber hablado en favor del capitalismo de estilo estadounidense. A finales de los años noventa, el columnista Thomas Friedman, desde The New York Times, podía proclamar sin rubor: “Quiero que todo el mundo sea estadounidense”. Aquello no era una metáfora cultural: era una declaración imperial envuelta en retórica cosmopolita.
Pero la historia no terminó. Y el espejismo no resistió la prueba del tiempo.
En 2026, resulta imposible sostener que Estados Unidos encarne una civilización universal o un modelo moralmente exportable. El llamado “modo de vida americano” atraviesa una descomposición visible y profunda. La promesa de prosperidad individual se ha transformado en precariedad estructural; la movilidad social en endeudamiento perpetuo; el consumo ilimitado en ansiedad crónica. Millones de personas viven atrapadas entre salarios estancados, servicios de salud prohibitivos, educación convertida en mercancía y una violencia cotidiana que atraviesa escuelas, calles y hogares.
Trump encarna esa bancarrota. No solo por sus discursos de odio o su desprecio por las normas democráticas, sino porque es el producto final de una cultura que glorificó el dinero, la competencia sin límites y la ausencia total de ética pública. La presidencia, antaño envuelta en una retórica de institucionalidad republicana, se degrada con él hasta convertirse en tribuna del resentimiento racial, del nacionalismo excluyente y del autoritarismo performativo. La Casa Blanca deja de ser siquiera una fachada democrática para operar como escenario de un reality show permanente, de carácter mafioso y de piratería.
El colapso del estilo de vida norteamericano no es accidental. Es el resultado lógico de un sistema que disolvió la idea de comunidad, sustituyó los derechos por mercancías y redujo la política a gestión de intereses corporativos. La violencia armada masiva, la criminalización de la pobreza, el encarcelamiento en masa y la persecución de migrantes no son desviaciones del modelo: son su expresión coherente. Trump no creó ese escenario; lo exhibió sin pudor y lo convirtió en programa de gobierno.
Por eso, la crisis actual de Estados Unidos no puede leerse solo como una disputa interna entre partidos o liderazgos. Es una crisis de legitimidad civilizatoria. El país que se presentó como árbitro moral del mundo ya no logra sostener ni siquiera una convivencia democrática mínima en su propio territorio. El mito de la libertad se desmorona frente al autoritarismo; el de la igualdad, frente al racismo estructural; el de la democracia, frente a la captura del Estado por élites económicas y lobbies militares.
Lo que se derrumba hoy no es únicamente la hegemonía internacional de Estados Unidos, sino su pretensión de ser ejemplo. La “civilización universal” que prometía no era universal ni civilizatoria: era la ideología del vencedor, impuesta mediante poder económico, coerción militar y hegemonía cultural. Al caer el velo, queda al descubierto una sociedad profundamente fracturada, incapaz de ofrecer futuro incluso a amplios sectores de su propia población.
Este derrumbe, lejos de ser motivo de nostalgia, debe ser una lección histórica. Nos recuerda que no existe civilización universal bajo la dominación imperial; que la democracia no puede sobrevivir subordinada al capital; y que ningún modelo basado en la exclusión, el racismo y la violencia puede reclamar legitimidad moral. Cuando el espejismo estadounidense se disuelve, se abre una tarea urgente para los pueblos: recuperar la imaginación política, reconstruir proyectos de emancipación y pensar el futuro más allá del americanismo.
Porque si algo ha quedado claro en 2026 es esto: la “civilización universal” de Estados Unidos nunca fue el destino de la humanidad. Fue, simplemente, una promesa vacía. Y como todas las promesas del imperialismo, estaba condenada a quebrarse.
Compartir esta nota