Cada 24 de abril recordamos la guerra civil de 1965 como una lucha por el restablecimiento del orden constitucional, la reposición de Juan Bosch y la vigencia de la Constitución de 1963. Ese es el marco conocido. Sin embargo, algunos hechos menos visibles ayudan a explicar por qué el conflicto escaló con tanta rapidez.

Uno de esos momentos ocurrió en la Academia Militar "Batalla de las Carreras".

Este análisis se apoya en los apuntes del general (r) Héctor Rojas Canaán, entonces cadete de segundo año. La Academia formaba parte del complejo estratégico de San Isidro, junto al Centro de Enseñanza de las Fuerzas Armadas (CEFA), núcleo operativo de las fuerzas que buscaban mantener el control institucional. Al estallar el movimiento del 24 de abril de 1965, la Academia fue asignada a proteger el flanco este del CEFA.

Según esos apuntes, el despliegue se realizó de manera íntegra, movilizando la totalidad del cuerpo de cadetes. Ese dato es clave. La noche del 27 de abril, la Academia abandonó esa posición en bloque y se incorporó al movimiento constitucionalista. No fue una decisión fragmentada, sino una acción colectiva que reflejaba una convicción doctrinal previamente formada.

Esa convicción también había sido impulsada por el coronel Rafael Fernández Domínguez, quien, siendo director de la Academia en 1963, encontró entre oficiales y cadetes un espacio de afinidad con sus ideales: la subordinación de las Fuerzas Armadas al orden constitucional y al poder civil legítimo.

Luego de su incorporación al movimiento, los cadetes se trasladaron a San Pedro de Macorís, donde ocuparon la fortaleza local y contribuyeron a extender el levantamiento fuera de la capital. En ese proceso se produjeron enfrentamientos con unidades de la Fuerza Aérea, con al menos un cadete herido. Más allá del incidente puntual, lo relevante es que el conflicto pasó de lo político a lo operativo dentro del propio aparato militar.

Ahí se produjo la grieta.

Una cosa es enfrentar un levantamiento limitado, y otra muy distinta es que el centro de formación de oficiales del sistema militar se fracture y proyecte capacidad operativa fuera de su entorno inmediato. Este hecho, a mi juicio, no ha sido suficientemente valorado en los análisis históricos.

La intervención militar de Estados Unidos, iniciada el 28 de abril de 1965, suele explicarse principalmente en el contexto de la Guerra Fría. Ese factor fue determinante, sin duda. Pero la fragmentación interna del aparato militar dominicano ayuda a explicar la urgencia con la que se tomó esa decisión. Cuando el poder armado comienza a dividirse, el escenario se vuelve impredecible, y en 1965 la imprevisibilidad no era una opción.

La Academia Militar desempeñó así un rol que superó lo táctico. Fue uno de los espacios donde una nueva concepción institucional se tradujo en decisiones concretas que alteraron el equilibrio real del poder.

Ese vínculo quedó reflejado años después cuando los restos de Rafael Fernández Domínguez fueron velados en la Academia antes de su traslado al Altar de la Patria, en un gesto de reconocimiento simbólico. Tras la revolución, muchos de esos cadetes se integraron exitosamente a la vida civil o continuaron carreras militares clave para la posterior profesionalización de las Fuerzas Armadas.

A veces, la historia no cambia con grandes discursos, sino con decisiones concretas. Esta fue una de ellas.

Braulio Rojas

Braulio Rojas es economista, graduado de Colorado State University, con formación en finanzas corporativas y experiencia en análisis económico, gestión pública y mejora de procesos. Ha trabajado en el sector privado y en instituciones públicas en Estados Unidos y la República Dominicana, y participa activamente en órganos consultivos y de evaluación institucional en Colorado. Sus columnas abordan temas económicos y de política pública desde una perspectiva analítica y orientada al interés público.

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