"Cuando ellos caen bajo, nosotros apuntamos alto" es un mantra demócrata. Pero sólo funciona si la gente piensa que los liberales tienen la credibilidad necesaria para proclamar elevados principios morales. Ése no es el caso para suficientes estadounidenses. Para los votantes de la generación Z — personas nacidas entre 1997 y 2012 —, ese postureo ético proviene directamente del manual de estrategias egoístas de los baby boomers. Los jóvenes se muestran reacios a respetar los llamamientos éticos de los demócratas viejos. Es inútil intentar comprender la volátil política del país sin abordar el profundo escepticismo de su juventud.

Entre los jóvenes demócratas más conocidos, dos — Zohran Mamdani, el alcalde de Nueva York, y la congresista neoyorquina Alexandria Ocasio-Cortez — se autodenominan socialistas. Un tercero, James Talarico, un candidato demócrata al Senado, se autodescribe como un progresista cristiano. Pero él está compitiendo en Texas, así que, de todos modos, se le trata como a un socialista.

Más de un tercio de los estadounidenses menores de 30 años tiene una opinión favorable del "comunismo", según una encuesta realizada por el Instituto Cato el año pasado. Casi dos tercios ven con buenos ojos el socialismo. Es fácil descartar esto como la típica ingenuidad juvenil. A la generación Z se la tacha de holgazana, de prepotente, de carecer de ambición y de ignorante. Pero no hay nada en su política que se acerque ni remotamente al radicalismo inspirado en las drogas de sus abuelos a finales de la década de 1960. No es "hippie" desear una vivienda asequible o temer el impacto de la inteligencia artificial (IA) en tu potencial de ingresos. Tampoco es estalinista querer un seguro médico universal.

Eso explica por qué el probable candidato al Senado por Maine, Graham Platner, de 41 años, está capeando escándalos que habrían acabado con candidatos en ciclos electorales anteriores. Platner en alguna ocasión tuvo un tatuaje de una calavera y huesos cruzados — un símbolo utilizado por las Waffen-SS de Hitler —, y ha sido sorprendido enviando mensajes de texto de contenido sexual extramatrimoniales. Sin embargo, su ventaja en las encuestas es lo suficientemente amplia como para haber obligado a la gobernadora de Maine, Janet Mills — una política competente y libre de escándalos —, a retirarse de la contienda electoral. Mills tiene 78 años. Y ella, a diferencia de Platner, no tenía planes de un sistema de salud de pagador único (atención médica financiada por el gobierno) ni, hasta que cambió de postura, de gravar a los ultrarricos en EEUU. La aparente inmunidad de Platner ante los escándalos demuestra que el populismo de izquierda al estilo de Bernie Sanders sigue siendo poderoso.

La división dentro del Partido Demócrata en torno a Platner revela una brecha filosófica mucho más profunda. Los profesionales de campaña, y mayormente los políticos demócratas electos de mayor edad, temen dilapidar su capital moral frente a Donald Trump a causa de la nominación de Platner. Ellos también temen que una contienda entre Platner y Susan Collins — la veterana republicana de postura moderada del estado — pueda perjudicar las posibilidades del Partido Demócrata de ganar el control del Senado en noviembre.

Pero Platner está atrayendo precisamente a aquellos grupos que los demócratas necesitan recuperar con mayor urgencia, especialmente a los jóvenes y a la clase trabajadora. Aquellos que lo han logrado, como Mamdani, tienden a ser descartados como irrelevantes cuando se trata de los votantes estadounidenses tradicionales y convencionales. La campaña socialista de Mamdani para gobernar la ciudad que sigue siendo la sede del capitalismo global fue impulsada por los jóvenes y la clase trabajadora. Algunos sostienen que él ganó a pesar de su hostilidad hacia Israel. Es más probable que eso lo haya ayudado. La lealtad incondicional a Israel se considera otro rasgo de la clase dirigente establecida.

Ese mismo abismo también se observa en la derecha. Los republicanos más jóvenes alineados con el movimiento MAGA — más allá de los llamados populistas de pódcast, como Tucker Carlson y Candace Owens — suelen mostrarse hostiles hacia Israel. Los republicanos mayores tienden a apoyar a Israel, tenga o no la razón. La misma raíz que alimenta el flirteo con el comunismo en la izquierda también está avivando el antisemitismo en la derecha. De nada sirve decirle a una generación que sus opiniones son antiestadounidenses. El hallazgo más llamativo, que se observa con frecuencia en las encuestas sobre la generación Z, es su falta de patriotismo nacionalista. Más que cualquier generación anterior, a esa o a cualquier otra edad, la generación Z rechaza la idea de que EEUU sea moralmente especial.

Tal alienación es más agresiva que el "paz y amor" de la generación "hippie". Luigi Mangione — el hombre acusado de asesinar a un ejecutivo del sector de la salud en Nueva York a finales de 2024 — sigue siendo un héroe popular justiciero para muchos jóvenes estadounidenses de izquierda y de derecha; y no sólo por su apariencia física. Los miembros de la generación Z son mucho más propensos que sus mayores a justificar el uso de la violencia para resolver disputas políticas. Ellos también confían mucho menos en la democracia.

Los demócratas más reflexivos son conscientes de que simplemente oponerse a Trump no basta para ganarse la lealtad de los estadounidenses más jóvenes. La bien merecida impopularidad de Trump podría bastarles para que recuperen la Cámara de Representantes, y tal vez el Senado, en noviembre. Pero eso no será suficiente en 2028. El Partido Demócrata tiene la arraigada costumbre de posponer la reflexión seria hasta después de las próximas elecciones, la cual — al igual que ese ‘mañana’ en el que supuestamente se hará algo — nunca llega.

Los demócratas no tendrán muchas más oportunidades de demostrar que pueden hacer que el sistema funcione para la mayoría. Ignorar las quejas de la generación Z estadounidense — a veces preocupantes, pero en gran medida racionales — aseguraría su fracaso.

(Edward Luce. Copyright The Financial Times Limited 2026. © 2026 The Financial Times Ltd. All rights reserved. Please do not copy and paste FT articles and redistribute by email or post to the web).

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