Esta semana escribo, con sentido pesar, sobre un querido amigo, Juan Manuel Guerrero, quien nos dejó de forma prematura. Es siempre doloroso saber que una persona apreciada ha emprendido el último vuelo, especialmente cuando, en la plenitud de su madurez intelectual —esa segunda juventud—, le restaban tantas contribuciones a la construcción de una cultura jurídica rigurosa, sello que lo caracterizó invariablemente en su vida profesional.
Aunque no tuve la fortuna de ser su alumno en las aulas, poseo el privilegio de haber interactuado con él en múltiples ocasiones. Mis primeros recuerdos se remontan a las mesas de trabajo de la Fundación Institucionalidad y Justicia (FINJUS) entre 2007 y 2010. Allí, mientras se gestaba la propuesta normativa para regular la justicia constitucional —que cristalizó en la actual Ley Orgánica del Tribunal Constitucional y de los Procedimientos Constitucionales—, yo participaba con la actitud propia de un aprendiz ante un grupo de maestros.
En ese entorno, Juan Manuel se destacó entre grandes juristas por su erudición, su fino sentido del humor y un ejercicio constante de la tolerancia. Era un jurista a tiempo completo y poseía una apertura excepcional para escuchar perspectivas distintas a las suyas, cualidades que lo convirtieron en un referente de respeto académico en un foro donde las ideas suelen colisionar.
Compartí con él en otros escenarios profesionales. La última vez fue durante su membresía en el Consejo Académico de la Escuela Nacional del Ministerio Público. En esos encuentros reafirmé su calidad humana, su compromiso institucional, su impecable formación jurídica y su apertura a la diversidad de ideas. Juan Manuel fue de esas personas que no pasan desapercibidas; su presencia y su aura enriquecedora impregnaban cualquier espacio. No es coincidencia que haya recibido tantas muestras de afecto desde diversos litorales profesionales; se las ganó con un ejercicio serio de la función pública, en especial como juez y como docente universitario.
Era un jurista excepcional, poseedor de un conocimiento enciclopédico. Dominaba la palabra escrita y oral con una maestría que iluminaba el debate técnico. Su capacidad para conectar significativamente con quienes lo rodeaban, apoyada siempre en una actitud positiva, lo convirtió en un formador cuya enseñanza trascendió los límites del aula.
Recuerdo vívidamente su comparecencia en el año 2011 ante el Consejo Nacional de la Magistratura, cuando presentó su candidatura ante las Altas Cortes. Su puesta en escena fue magistral. En un escenario donde la presión suele provocar deslices, él hizo gala de una inteligencia fuera de lo común. Demostró no solo el dominio de la dogmática jurídica, sino la profundidad de un conocedor de las tendencias más vanguardistas en el ámbito del Derecho Comparado.
Más allá del rigor profesional, siempre fue grato compartir con él en espacios distendidos como la Peña del Mesón de Bari. En esas interacciones menos formales, conversar con Juan Manuel era un aprendizaje constante, tanto en lo profesional como en lo interpersonal. Esta partida anticipada es un recordatorio de la fugacidad de la vida y, al mismo tiempo, una reafirmación de la importancia de dejar huella. Si hoy lo recordamos con tal admiración, es por lo que sembró en quienes tuvimos la dicha de cruzarnos en su camino.
Es loable que la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra (PUCMM) —su alma mater, donde dedicó más de treinta años a la docencia— lo reconociera en 2024 por su rol como formador de generaciones. Fue, sin lugar a dudas, uno de los profesores más prolíficos y respetados de esa escuela de derecho.
Aunque no interactuábamos con la regularidad de sus allegados más íntimos, cada conversación fue una lección cargada de sabiduría y afecto. Expreso mis más sinceras condolencias a su esposa, madre, hermanos, sobrinos y demás familiares; así como a sus amigos, colegas y alumnos, para quienes esta pérdida trasciende lo profesional y toca lo más profundo de lo afectivo.
Que Dios le acoja en su seno. Es un detalle simbólico que su partida coincida con la conmemoración de la Virgen de la Altagracia, protectora del pueblo dominicano, cuya basílica se alza en la provincia que le vio nacer. Descansa en paz, buen amigo, y resérvenos un lugar a quienes —sin prisa, pero sin pausa— habremos de alcanzarte en el viaje definitivo.
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