El pasado 19 de enero me sorprendieron dos noticias: primero, la celebración del cumpleaños número cien de José Alfredo Jiménez, que tuvo lugar en todo México, en especial en sus dos patrias chicas, Dolores Hidalgo y el Tenampa y luego, el desperfecto técnico que nos dejó sin agua caliente. Ambas novedades no han dejado de rondar mi maltrecha imaginación.

En efecto, el invierno francés me congeló la memoria y no recordaba la letra de Cuatro caminos: «Cuál de los cuatro será el mejor», se pregunta José Alfredo. En cambio, para mí solo había uno: bañarme. Sin prisas, puse una olla en el fuego, no para cocinar pasta, sino para usarla en la regadera marchita. Después supimos que las calderas de la ciudad se habían fundido (lo que esto signifique), la tragedia amenazaba con volverse cotidiana.

Al segundo día sin agua propuse, a la hora del desayuno, algo del tipo: «Vámonos a otra cantina». Nadie entendió mi referencia a la canción del borracho que llega pidiendo cinco tequilas y le responden de esa manera. Busquemos un hotel para pasar la noche, insistí. Nula reacción. Imaginé el sentimiento de abandono del compositor, luego de enseñar sus creaciones a los jerarcas de la radio de entonces…

En El hijo del pueblo, Jiménez se jacta de vivir alejado del bullicio y de la falsa sociedad. A nosotros, lo que se nos había alejado era el vital líquido (termino espantoso que debería de evitar). Si en pleno mes de enero se jode el agua caliente, ¿cuál es la solución, permanecer en el rincón de una cantina hasta que ésta regrese o hasta que ya no nos importe?

Pese a todo, no me cansé de rogarle (al alcalde) ni me cansé de decirle que yo sin agua de pena muero, él fingió escucharme y quizás porque estaba a un mes de las elecciones, ordenó el libre uso de los vestidores de los gimnasios escolares. La noche del tercer día sin agua (caliente) nos dirigimos a la escuela más cercana. Me metí a la regadera chiflando, no como José Alfredo, que se servía del silbido para componer, sino por la dicha de usar una ducha, aunque no fuera mucha…

Al cuarto día sin agua estaba convencido de que no vale nada la vida (sin agua), que la vida (sin agua) no vale nada, comienza siempre llorando…Caminos de Guanajuato que, como se sabe, la hizo en honor de su hermano, ahora es el lema de batalla del equipo León de futbol: «José Alfredo logró que el nihilismo apasionara a la tribuna», apunta Juan Villoro. En los estadios suelen arrojar agua (o cosas peores) a los rivales. Quién iba a decir que uno de los caminos que dejó atrás fue el de defender la portería, a pesar de que ya era profesional. Por cierto, el portero de nuestro edificio estaba harto de los reclamos, vayan con el alcalde, puso a la entrada de su oficina… Mejor agradezcamos que el guanajuatense se adentró como nadie en las canchas de la música ranchera…

Entrada la noche del quinto día (sin agua) se escuchó el rugir de las calderas. Su regreso era inminente. En vano tarareé uno de sus últimos éxitos: No tengo trono ni reina, ni agua caliente que me mantenga (limpio) mejor me como un mamey. Lo grabó en 1970, pese a la oposición general. Cómo iba a declararse rey el hijo del pueblo, le decían sus amigos, los de la disquera…

Por supuesto que hay situaciones peores, como sufrir de amores o del hígado. En su centenario, se recuerda que nadie como José Alfredo Jiménez convirtió esos quebrantos en música. Se recuerda que soltó la rienda de la vida a los 47 años y que compuso sus canciones para que el pueblo se las cantara: Amor constante más allá de la muerte, diría otro poeta…

Manuel Iñaki Leal Belausteguigoitia

Abogado y literato

No es sencillo hablar de uno mismo. Qué decir sin provocar bostezos. Que tengo la dicha de estar en Santo Domingo; que antes anduve por México (de donde soy), Francia y España; que estudié derecho y más tarde literatura; que hoy me dedico a enseñar francés (Alianza francesa, Liceo Franco-dominicano), a leer y, en menor medida, a escribir, ir al cine, nadar…

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