El mundo se encuentra girando por el segundo cuarto del siglo XXI sin que la llama del debate sobre izquierda y derecha de señales de apagarse. Por el contrario, se ha fortalecido con el surgimiento de nuevos movimientos populistas, el aumento del auge de los nacionalismos, la globalización, la revolución digital y los desafíos de la migración.
En su obra Derecha e izquierda, Norberto Bobbio expresa que la dicotomía conserva su utilidad analítica porque expresa distintas concepciones sobre la igualdad, la libertad y el papel del Estado. Para este destacado filósofo, jurista y politólogo, el criterio fundamental que distingue a la izquierda de la derecha es la actitud frente a la igualdad.
Bobbio estima que la izquierda considera que las desigualdades sociales deben ser reducidas mediante políticas públicas y una mayor intervención estatal, mientras la derecha, por el contrario, entiende que muchas desigualdades responden al mérito, al esfuerzo o a las diferencias naturales entre los individuos, por lo que otorga mayor importancia a la libertad económica, la iniciativa privada y la limitación del poder del Estado.
Aunque numerosos autores anunciaron el "fin de las ideologías" tras la caída del Muro de Berlín, la realidad política del siglo XXI ha demostrado que, por el contrario, la discusión entre igualdad y libertad continúa presente, aunque se manifieste en nuevos escenarios como la inteligencia artificial, la transición energética, la inmigración, la seguridad ciudadana y la regulación de las plataformas digitales.
Los estudios recientes de Steven Levitsky y Daniel Ziblatt, especialmente en Cómo mueren las democracias y La tiranía de la minoría, muestran cómo la creciente polarización ideológica puede debilitar las instituciones democráticas cuando los adversarios dejan de verse como competidores legítimos y pasan a considerarse enemigos existenciales. Igual criterio sostiene Francis Fukuyama, en Liberalism and Its Discontents, al advertir que los conflictos contemporáneos ya no giran exclusivamente alrededor de las políticas económicas, sino también sobre las identidades culturales, nacionales y sociales.
Por su parte, Pippa Norris y Ronald Inglehart, en Cultural Backlash, explican el ascenso de nuevos movimientos conservadores como una reacción frente a los rápidos cambios culturales impulsados por la globalización y la expansión de valores posmaterialistas. Estas investigaciones muestran que la competencia entre derecha e izquierda no ha desaparecido; simplemente ha incorporado nuevas dimensiones que trascienden la tradicional discusión sobre el tamaño del Estado.
La República Dominicana presenta una evolución diferente, con una competencia dominada principalmente por partidos de orientación pragmática, organizados alrededor del liderazgo, la gestión gubernamental y las propuestas de desarrollo económico y social, más que por profundas diferencias ideológicas entre derecha e izquierda. Las principales organizaciones políticas han coincidido en aspectos esenciales como la defensa de la economía social de mercado, la estabilidad macroeconómica, la apertura a la inversión extranjera y el respeto al régimen democrático. Esta característica ha permitido que el país permanezca relativamente al margen de la intensa polarización ideológica observada en diversas democracias occidentales y latinoamericanas.
Como advirtió Bobbio, las categorías de derecha e izquierda siguen siendo instrumentos útiles para comprender la política, pero no sustituyen el análisis de la realidad concreta de cada sociedad. En el caso dominicano, esa realidad ha favorecido el consenso democrático y la moderación, factores que han contribuido a la estabilidad institucional y al fortalecimiento de la gobernabilidad.
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