Pregunta simple: ¿qué motivos o razones podrá tener una persona común y corriente del país para sentirse inclinada a afiliarse a uno de nuestros partidos de izquierda o progresistas, o tan siquiera para votarles?
La pregunta se asocia a otras; por ejemplo, las que se refieren a qué significan esos partidos para el grueso de la gente, o la que inquiere sobre qué hacen esos partidos para despertar en la gente…
Podríamos también cuestionar sobre algo más grave: ¿se está lo suficientemente consciente de que para gustar deben tenerse ciertas cualidades que la gente pueda percibir más o menos?
Huelga decir que cuando se trata de proyectos políticos la atractividad se asocia a lo que ese partido hace y dice públicamente.
Otra verdad de Perogrullo: nunca será posible gustar a todo el mundo, por razones de clase y por factores ideológicos. Pero es también una obviedad que el poder descansa en la capacidad para hacerse aceptar.
Este hacerse aceptar emprende a veces por vías coercitivas (intimidación que deviene síndrome de Estocolmo generalizado), asociables al ejercicio del poder desde el Estado, o por vías educativas sanas, continuas, sistemáticas, incluyendo diversos tipos de efectos demostración.
Pero a lo que vamos. Si pretendemos que la gente nos quiera y nos vote, tenemos que despertar interés positivo por lo que proponemos y hacemos, pues la gente oye, ve, olfatea, queramos o no… Sobre todo, si las cosas ocurren con la gente misma y con los medios adecuados.
Que nos ignoren siempre sería una derrota tan decisiva, tan miserable, que el enemigo ya no precisaría de nada más. Y esto indica el primer gran reto: que nos atiendan. El segundo es llegar a seducir con la calidad y pertinencia de nuestras propuestas, con su comunicación sistemática y con lo consecuente y certero de nuestros actos.
Esto y no otra cosa debe ser el norte central de eso que llaman hacer política, aparte, por supuesto, de gobernar en favor de la gente. El riesgo lógico es la caída en el populismo, esto es, hacer y decir solo lo que suponemos que a la gente le suena bien, procurar sentarle bien a la gente a cualquier precio y sin aquilatar las consecuencias. Pero no es desde luego de esto de lo que habla, sino de cumplir nuestra misión de sintonizar con las aspiraciones populares genuinas de la gente y de que la gente lo sepa.
No es precisamente fácil y toma tiempo. Pero es obligatorio.
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