En medio de una estruendosa algarabía, el candidato Peter Magyar del partido Tisza puso fin a 16 años ininterrumpidos (más otros cuatro a fines de los noventa) al mandato del hombre fuerte de Hungría, Víktor Orbán, de 62 años. Orbán, quien asumió el poder hace 16 años con un discurso condenatorio del sistema político húngaro, que no pudo prever ni enfrentar con medidas efectivas la crisis del 2008 y que desembocó en el humillante salvamento económico de la nación a raíz de la debacle. Los ajustes estructurales, los cortes en el gasto público y el resentimiento colectivo colocaron al líder de la bancada de Fidesz como vocero de un nuevo enfoque que prometía romper con el "paradigma liberal" que, según sus postulados, quedaría libre de los dictados de Bruselas y las multinacionales.
Luego de un periodo de estabilidad, prosperidad relativa y crecimiento económico causado mayormente por la posición clave que el país representó frente al boom industrial de Alemania, que colocó a Hungría como una base subcontratista de operaciones. No obstante, la redistribución de las rentas fue selectiva y cayó mayormente sobre aquellos contratistas ligados al sector público y a los oligarcas situados alrededor de Orbán.
El shock económico después del 2020, el efecto de la pandemia de la covid-19, la invasión de Ucrania y la subsiguiente crisis energética catalizaron una serie de retos, crisis y problemas que gradualmente desgastaron el Orbanato. Desde el 2022, Hungría ha mantenido una inflación de más de un 40 % y una economía endeble. El régimen tomó control del sistema de pensiones, nacionalizó los bancos, creó monopolios y, a través de un intrincado sistema de dádivas, prebendas, subsidios y regulaciones, benefició a sus acólitos a expensas de las grandes mayorías que reclamaban cambio. Recordaremos cómo Budapest, bajo Orbán, torpedéo los aprestos de la UE encaminados a minar el poder de Rusia sobre Ucrania, vetando inclusive un crédito de 90 000 millones de euros destinados a Kiev.
Irónicamente, Orbán, quien criticaba tenazmente a la Unión Europea, utilizó gran parte de los fondos provenientes de la entidad —hasta un 4 % del PIB— para repartirlos entre su camarilla íntima. El cansancio se respiraba en un pueblo que veía en Orbán un líder dispuesto a sacrificar el interés nacional en aras de satisfacer los intereses de sus socios y de Rusia. No importó la presencia de operativos rusos ni los cientos de bots en las redes: el público no se dejó amedrentar. En el frente internacional, Orbán era conocido como el mayor representante del bloque de una internacional de regímenes de derecha en donde también se ubicaban Trump, Netanyahu, el mismo Putin, Milei, Marine Le Pen, Meloni y Santiago Abascal.
Orbán convirtió su país en un laboratorio de políticas reaccionarias que luego encontraron eco en otros países, con la expansión del poder del ejecutivo y el ataque frontal a las universidades y otros estamentos de la llamada sociedad civil. El Orbanato facilitó una vasta red de think tanks y otras entidades afines a los objetivos del movimiento trumpista MAGA, en donde se incubaron nuevas ideas, se entrenaron líderes y se diseminaron ideas acordes con estos preceptos iliberales, de donde convirtieron a Budapest en el centro de un movimiento reaccionario internacional. La derrota representa un gran revés para el trumpismo, que invirtió tiempo y dinero en candidatear a su mejor representante en Europa. En su reporte de la "Estrategia de Seguridad Nacional", publicado en diciembre del 2025 por la Casa Blanca, Washington estableció claramente que contaba con el apoyo de líderes leales como Orbán para corregir el sendero que, a juicio del trumpismo, la descarrilada Europa proseguía. Trump mismo envió un mensaje grabado a la reciente Conferencia de Acción Política Conservadora celebrada en Budapest este pasado mes de marzo, al tiempo que el vicepresidente J. D. Vance viajó personalmente para darle un espaldarazo a Orbán cinco días antes de las elecciones. Trump, además, sugirió entre líneas que Hungría recibiría ayuda económica de ganar Orbán de nuevo.
Aun así, el pueblo húngaro no se amilanó ante las promesas y le confirió un rotundo no a Orbán en las pasadas elecciones del 12 de abril. La economía está en caída libre y el mismo Orbán lo sabía. Magyar, abogado de profesión y desertor de las filas del Orbanato, ha prometido devolver a Budapest al centro de las deliberaciones en la UE, contrastando el servilismo de Orbán hacia Moscú. Promete invertir en infraestructura, servicios públicos y educación, respetar los derechos de las minorías sexuales y desbloquear los cerca de 18 000 millones de euros que la UE bloqueó a Hungría producto de la rampante corrupción del Orbanato y su asedio al Estado de derecho.
Y por esas ironías de la historia, ese mismo 12 de abril, en el Perú, las elecciones presidenciales dejaron a Keiko Fujimori como la candidata más votada en la primera vuelta, con apenas un 16,9 % del electorado, en su cuarto intento de hacerse con el solio presidencial. Deberá enfrentarse a Rafael López Aliaga en un balotaje el próximo 7 de junio. Con una lista de 35 aspirantes, la hija del extinto presidente Alberto Fujimori cree que el antiguo liderazgo que una vez disfrutó su padre ella lo hereda, posiblemente por ósmosis. Sin un plan de gobierno viable, y frente a un país que en 10 años ha tenido 8 presidentes —dos de ellos renunciaron al cargo y otros cuatro fueron destituidos—, el Perú se enfrentó de nuevo a unas elecciones que alcanzaron un 11 % del voto en blanco. Reflejo de una población hastiada, escéptica y consciente de que la clase política peruana no cuenta con un proyecto definido de gobierno, sino que más bien sus intereses están focalizados en la permanencia de las cuotas de poder a las regiones y actores tradicionalmente favorecidos.
Y es precisamente descorazonador que, mientras en Hungría se respira esperanza, en nuestra región nos encontremos una vez más transitando como el avance del cangrejo: hacia atrás. Con un Ecuador que, de una Revolución Ciudadana, se encuentra hoy sitiado por un régimen autoritario, represor y altamente corrupto. Una Bolivia en donde un proyecto tan prometedor como el Movimiento al Socialismo terminó hecho añicos. Un Chile con la elección de un reaccionario declarado nazi como Kast, una Argentina con Milei, un Salvador con un autócrata como Bukele y una Keiko Fujimori en la antesala de alcanzar la presidencia. En suma, proyectos que reflejan el hartazgo poblacional ante las alternativas existentes, el vaciamiento de la democracia y la ausencia de planes concretos, propuestas fiables orientadas a combatir la miseria, el desempleo, la desigualdad, la fuga de cerebros y otros males que padecemos en nuestra región.
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