Durante el fin de semana, una vez más, el mundo presenció enfrentamientos bélicos que desde el Caribe pudiesen parecernos lejanos. Sin embargo, es precisamente en estos momentos cuando debemos ejercitar la empatía: lo que hoy ocurre a miles de kilómetros podría acercarse más de lo que imaginamos, no solo en el espacio geográfico, sino también en el tiempo.
En lo que va de 2026, dos eventos han sacudido el hemisferio occidental y nos obligan a reflexionar sobre cómo la innovación tecnológica se integra, a un ritmo vertiginoso, en los asuntos de seguridad y defensa internacional.
El primero fue la captura de Nicolás Maduro en Venezuela, el 3 de enero, durante la operación donominada “Absolute Resolve”. Una acción militar “quirúrgica” que extrajo al dictador y a su esposa de Caracas, trasladándolos a Estados Unidos para enfrentar cargos por narcoterrorismo y tráfico de drogas. Este hecho desató un torrente de debates, sobre todo en nuestro ámbito latinoamericano, acerca de soberanía, derecho internacional, democracia y el futuro de la seguridad hemisférica.
El segundo, más reciente y menos visible para el gran público, ocurrió a finales de febrero: la empresa estadounidense Anthropic rechazó eliminar las salvaguardas éticas de su modelo de lenguaje grande Claude. Específicamente, se negó a permitir su uso en vigilancia masiva doméstica contra ciudadanos estadounidenses o en sistemas de armas letales autónomas (Lethal Autonomous Weapon Systems, LAWS) sin supervisión humana. Como respuesta, el Pentágono, la designó como “riesgo para la cadena de suministro” (supply chain risk), una etiqueta inédita aplicada a una compañía estadounidense, normalmente reservada para adversarios extranjeros. El presidente Trump ordenó a todas las agencias federales cesar el uso de tecnología Anthropic, y otras empresas aprovecharon para firmar un acuerdo más flexible con el Departamento de Defensa.
Este choque pone de manifiesto una tensión recurrente y profunda: ¿hasta dónde estamos dispuestos a delegar decisiones críticas, de vida o muerte, a la inteligencia artificial? ¿Dónde trazamos la línea entre innovación acelerada y principios éticos irrenunciables?
La postura de Anthropic puede interpretarse como heroica: priorizar la responsabilidad sobre la competitividad inmediata, incluso a costa de contratos multimillonarios y alianzas gubernamentales. Pero en un mundo donde la carrera por la supremacía tecnológica no espera, las presiones, económicas, geopolíticas y militares, parecen dictar el ritmo para muchas otras empresas y gobiernos.
Mientras tanto, en América Latina y el Caribe, debemos seguir observando con detenimiento, aprendiendo, fortaleciendo nuestras alianzas y capacidad de diálogo con la finalidad de saber integrarnos adecuadamente en estas dinámicas. Los avances en IA aplicada a la defensa, vigilancia predictiva, análisis de inteligencia, sistemas autónomos, evolucionarán con base en los aciertos y errores inevitables que el tiempo traerá consigo.
Debemos integrarnos en estas conversaciones globales no como receptores pasivos, sino como actores informados y proactivos. La innovación y el desarrollo tecnológico son esenciales, pero solo valen la pena si garantizan un progreso efectivo para la humanidad en su conjunto.
En 2026, el camino ya está marcado por dilemas éticos que no admiten respuestas simples. La empatía, la innovación constante y la integración de perspectivas ética serán nuestras mejores herramientas para navegarlo.
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