En nuestro país hemos sido testigos, durante décadas, de un fenómeno que se repite con preocupante regularidad. Se construyen hospitales, escuelas, parques, puentes y edificaciones públicas con gran entusiasmo y amplia cobertura mediática. Sin embargo, pocos años después, muchas de esas obras muestran un deterioro evidente. No siempre se trata de corrupción en la construcción ni de materiales de mala calidad. Con frecuencia, el verdadero problema es la ausencia de un plan estructurado de mantenimiento.
La cultura política ha privilegiado históricamente la inauguración por encima de la conservación. El acto simbólico de cortar una cinta tiene más visibilidad que el trabajo silencioso de reparar techos, pintar paredes o revisar sistemas eléctricos. La rentabilidad política inmediata pesa más que la sostenibilidad a largo plazo. Esa lógica genera un ciclo repetitivo de construir, abandonar, reconstruir. Y ese ciclo termina costando mucho más al Estado y a la ciudadanía.
El mantenimiento no es un gasto superfluo, sino una inversión estratégica. Una escuela bien cuidada prolonga su vida útil y garantiza condiciones dignas para estudiantes y docentes. Un hospital con mantenimiento preventivo evita interrupciones en servicios esenciales. Un puente inspeccionado periódicamente reduce riesgos y costos mayores en el futuro. Ignorar estos principios es comprometer tanto recursos públicos como la seguridad colectiva.
¿Por qué no se planifica adecuadamente el mantenimiento? Una de las razones puede ser presupuestaria. Los presupuestos públicos suelen enfocarse en nuevas obras de capital, mientras que el mantenimiento queda relegado o fragmentado en partidas menores. Además, muchas instituciones carecen de sistemas técnicos de seguimiento y evaluación. Sin datos claros sobre el estado de las infraestructuras, la reacción llega solo cuando el daño ya es visible y costoso.
Otra causa es la falta de continuidad administrativa. Cada gobierno prioriza sus propios proyectos emblemáticos. Lo heredado pierde interés político y, en ocasiones, apoyo financiero. La infraestructura deja de verse como patrimonio del Estado y pasa a percibirse como logro de una gestión específica. Esta visión cortoplacista impide desarrollar políticas públicas de mantenimiento sostenido, independientemente de los cambios de gobierno.
También existe una debilidad en la cultura institucional. No siempre hay protocolos claros de inspección periódica, cronogramas obligatorios ni responsabilidades definidas. Cuando algo se deteriora, nadie asume plenamente la obligación de prevenirlo. El resultado es un deterioro progresivo que termina generando intervenciones de emergencia, más costosas y menos eficientes. El mantenimiento preventivo casi siempre es más barato que la reconstrucción.
Las consecuencias sociales son profundas. Una escuela deteriorada afecta la calidad del aprendizaje y la motivación de los estudiantes. Un hospital con infraestructura deficiente impacta directamente en la atención médica. Un parque abandonado limita el espacio de recreación comunitaria. El deterioro físico transmite un mensaje simbólico, que lo público no se cuida, que lo común no es prioridad.
Desde el punto de vista económico, la falta de mantenimiento representa una pérdida constante de valor. Cada obra pública es financiada con recursos provenientes de los contribuyentes. Permitir su deterioro equivale a depreciar aceleradamente una inversión colectiva. En términos financieros, es como comprar un activo valioso y decidir no protegerlo ni asegurarlo. El costo final lo paga la sociedad entera.
La solución no es compleja en teoría, aunque requiere voluntad política. Se necesita institucionalizar el mantenimiento como política de Estado, no como decisión opcional. Crear fondos específicos, establecer auditorías técnicas periódicas y publicar informes de estado de infraestructura puede generar transparencia y disciplina administrativa. El seguimiento debe formar parte del diseño original de cada proyecto.
Mantener también es gobernar. La verdadera eficiencia no se mide solo por la cantidad de obras inauguradas, sino por su durabilidad y funcionamiento a lo largo del tiempo. Un país que aprende a cuidar lo que construye demuestra madurez institucional. La crítica no debe ser destructiva, sino orientada a transformar la cultura de la gestión pública. Porque construir es importante, pero conservar es responsabilidad.
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