"En los trances duros, los señoritos (…) invocan la patria y la venden; el pueblo no la nombra siquiera, pero la compra con su sangre y la salva". Antonio Machado
En una de esas provocaciones, que inesperadamente nos trae la vida en el último tramo de nuestra existencia, está el volver a hacer activismo político. Para aquel, cuyo pensamiento se formula sobre la base de la duda y está dispuesto a asumirla sin repetir consignas hueras y que no tienen conexión profunda con lo que realmente se persigue en el fondo, es todavía más complicado. Se produce así una lucha ética interna terrible, más aún si ya pasamos por ese trillo en nuestra juventud.
Creí como todos en alcanzar la utopía, en la posibilidad de crear un mundo diferente, armónico, bello y diáfano, pero el tiempo me demostró que el universo -en todos sus ámbitos- contiene luces y sombras y que la política partidaria no supone una excepción. Comprenderlo nos obliga a caminar con cautela sus senderos y a observar con prudencia la pasión con la que se nos convoca. En no pocas ocasiones es posible percibir, de modo soterrado, el fervor de la apetencia personal, egos desmesurados ocultos e insatisfechos y una necesidad urgente por apagar el hambre de principalía que mueve a los seres humanos. No obstante y pese a todo lo dicho te dejas convencer, una vez más, de que las cosas pueden ser distintas. Depones las armas y te aventuras en el interior de una barcaza en la que, sabes de antemano, vas a encontrar la resistencia de cuantos son incapaces de intentar algo diferente y que rompa con lo conocido. Una embarcación en la que es difícil que lo particular de cada uno no perezca ahogado en un "nosotros" artificioso, vano, sin contenido y que, en muchos de los casos, no compromete a quienes invocan la pluralidad en el mundo de la política.
Una vez puesto de relieve el contexto y las razones para romper con la inmovilidad y el aislamiento que me impuse durante años en el quehacer partidario, expongo a continuación las motivaciones que me han llevado a desear de nuevo participar en tal tarea. Siendo relativamente un adolescente estuve involucrado en el activismo político del Partido Comunista dominicano. No es un secreto que éste fue uno de los partidos de izquierda con mayor presencia en el acontecer nacional. Fue ésta una agrupación que albergaba una cantera de jóvenes sobradamente preparados a nivel intelectual y que fundamentaban sus acciones a partir de un estudio profundo de la realidad nacional. Ser militante implicaba, en aquel entonces, supeditar toda nuestra existencia a un objetivo lejano y hasta cierto punto utópico, construido desde la plataforma y el impulso de unos objetivos plagados de buenas intenciones hacia una sociedad dominada en esos tiempos por la lucha de fuerzas hegemónicas de la derecha y la izquierda.
Aun así, en lo personal fui un hombre al que el arte y la literatura le permitieron siempre cuestionar su posición ante todo discurso irracional y fanatizado. Sin duda esta condición me llevó a evitar todo comportamiento mimetizado, no solo en el pensar sino hasta incluso en el propio vestir. La poesía y la literatura en general me vacunaron, desde muy temprano, frente a todo cliché y me concedieron una libertad de pensamiento que definió mi carácter. El hecho de ser formado en una corriente crítica me liberó de ese tipo de adoctrinamiento dócil y falto de análisis con el que, por lo general uno acepta la militancia partidaria.
Por otro lado y ante el descalabro ético y moral que vivimos a nivel mundial en este siglo XXI, creo que admitir como válida la indiferencia es el peor aliado que los pueblos y sus gentes pueden elegir. Las fuerzas más retrogradas y perniciosas avanzan con pasos agigantados ganando poco a poco, en el último lustro, terreno dentro del mapa mundial. Tan solo tenemos que detenernos a observar el caso de los Estados Unidos de Donald Trump o la Argentina de Milei, por citar tan solo dos de ellos. Países donde el totalitarismo, la intolerancia, la abolición de derechos conquistados y el asedio a las minorías forman parte hoy de lo cotidiano. Todo el planeta ha sido testigo de lo sucedido en Minneapolis, ciudad en la que el salvaje uso de fuerzas represivas en nombre de un gobierno elegido democráticamente, se cobraron vidas de indefensos ciudadanos. Vivimos hoy un momento histórico en el que se ha de luchar, de manera directa y sin excusas, frente a la prepotencia de ciertos gobiernos sin más norte que imponer su propio beneficio, el crecimiento del racismo y un odio generado de modo interesado y con mentiras, que no permite que nadie pueda vivir ajeno al mismo y encerrado en una bola de cristal, inmaculado y ausente de todo cuanto sucede a nuestro alrededor.
He admirado toda mi vida a hombres como Pepe Mujica, Muhammad Ali, Nelson Mandela o Roberto Clemente y he visto como ellos, cada vez que tuvieron que tomar partido por lo justo, no escondieron la cara. Todo lo contrario, dieron un paso al frente jugándose la faja allá donde otros hacen mutis. En este sentido considero oportuno implicarme, en este momento de mi vida, en un proyecto socio-cultural dotado con ese espíritu de tolerancia que ambiciona ser inclusivo y abierto a un debate sincero y plural. Un proyecto que debe surgir desde el centro mismo de cada realidad distinta y cada barrio que conforman nuestra ciudad.
Mi aporte se circunscribe a crear junto a otros las condiciones necesarias para que en Santo Domingo Oeste y específicamente en la comunidad de Manoguayabo, la cultura logre tener un espacio estelar dentro del fragor político. Y aquí me gustaría recordar al reverendo Martin Luther King cuando dijo que tenía un sueño. Yo también tengo el mío. Me gustaría ver en este sector a una juventud discutiendo de arte con la misma naturalidad con la que habla del béisbol de las grandes ligas. Me gustaría, que si de música se tratara, no fuera extraño escucharles debatir sobre Gustavo Dudamel o Michael Camilo con idéntica pasión, disfrutar de una película de Charles Chaplin o Buñuel y que pudiera ser para ellos parte de lo cotidiano o que el son, en cualquiera de sus variantes, formara parte de su acerbo cultural. Preferiría mil veces que un joven no tuviera como único destino amarrarse a un motor para buscar su sustento en vez de disfrutar de un buen debate en torno a la filosofía sentado en un colmadón. Me sentiría satisfecho si se pudiera lograr que las jóvenes conozcan y conversen acerca de otras mujeres como Rosario Castellanos o Rosa Park y reconocieran su labor, que los jóvenes tengan referentes distintos y alejados de malos ejemplos que conllevan un ascenso social meteórico y una pérdida irreparable de toda ética personal. Aspiro a que la gente joven ponga en duda la credibilidad de las falsas promesas, de las mentiras fabricadas con el propósito de sembrar odio al desconocido, del mensaje de ciertos políticos, amparados en una riqueza cuestionable y obscena, que ofrecen migajas de pan para comprar adhesiones. Por todas éstas y otras razones abandono la fila de los apáticos ante el horror de esta sociedad en la que hoy vivimos y acepto convencido el reto.
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