CAPÍTULO 7
LE QUARTIER LATIN: VÍCTOR HUGO
EN SUS RECUERDOS. París. 1970

“—Asilo! —Asilo! Repitió la muchedumbre y diez mil aplausos hicieron refulgir de alegría y de orgullo el único ojo de Quasimodo. La sacudida hizo volver en sí a la condenada que abrió los ojos y al ver a Quasimodo volvió a cerrarlos súbitamente como asustada de su salvador” (Víctor Hugo: El jorobado de Notre-Dame).

A la mañana siguiente, Aurelio se despertó más a tono con el cambio de horario. Eran las 10:30 a. m. Su organismo ya comenzaba a adaptarse a un nuevo ciclo de noche-día. Como se había citado con Mattei para después de las 3 p. m., tenía tiempo de sobra para conocer un poco el entorno.

En esos años, el Barrio Latino era un sector de París donde el visitante podía escoger de todo, como una ensalada rusa. La célebre Universidad de la Sorbonne, el Odeón, el río Sena, el Phanteón, las arenas de Lutecia, la catedral de Notre Dame, la iglesia de Saint Sulpice, el palacio de Luxemburgo, entre otras atracciones, todo un grupo de monumentos, palacios, iglesias, bares, restaurantes con comida de todas las nacionalidades, cinemas, etc.

Lleno de colorido, concurrido por miles de turistas, estudiantes, refugio de tertulias de intelectuales, opositores a las dictaduras de ese tiempo que deambulaban por doquier organizando conspiraciones, bohemios de todo tipo circundando por estrechas callejuelas y por bellas avenidas, el Barrio Latino despertaba el interés de millones de visitantes de todo el mundo.

Aurelio no lo pensó dos veces. Necesitaba aire puro para adaptarse a su nuevo modus vivendi. Salió del hotel, fuera estaba la plaza del Phanteón, la bordeó, dobló a la izquierda y vio el rótulo de la calle: rue Soufflot, siguió derecho y apareció una avenida, la rue Saint Jacques, la atravesó y siguió hasta llegar a una rotonda, leyó otro rótulo: Fontaine de la place Edmond Rostand. A la derecha, el Boulevard Saint-Michel. Le dio una vuelta a la plaza y de pronto, al frente se encontró con un inmenso parque, lleno de verdor, repleto de árboles y múltiples fuentes donde divisó numerosos infantes acompañados por lo que supuso eran sus parientes o niñeras, adultos mayores tomando el sol y estudiantes universitarios leyendo libros.

Se trataba del Jardín de Luxemburgo. Días después, se enteraría que adentro, en un edificio sesionaba el Senado de la República Francesa. Entró al parque y se sentó un rato a descansar en uno de los numerosos bancos de metal dispuestos en todo el entorno.

Eran ya las 11 de la mañana. Volvió por sus pasos y retomó la rotonda, esta vez de derecha a izquierda y tomó el Boulevard Saint-Michel, hacia abajo, pasó las intersecciones de la rue Cujas, rue des Ecoles, rue du Somnerard hasta desembocar en una gran Avenida. Leyó de nuevo el rótulo: Boulevard Saint-Germain y penetró por primera vez al Quartier Latin, continuó derecho y llegó a otra plaza de donde brotaba agua de una fuente y una estatua desnuda, del héroe bíblico, el Arcángel San Miguel que blandía una espada atemorizante contra satanás: era la Plaza de Saint-Michel. La atravesó, mientras se entretuvo al ver a muchos turistas japoneses con sus Nikons en bandoleras tirando fotos.

En ese momento, vaciló si continuaba o no. Decidió seguir. A la derecha, contempló mucha gente que bajaba y subía de lo que parecía un sótano. Nada de eso. Se trataba de la Gare de Saint-Michel. Ahí se tomaba el Metro. Pero esto lo supo muchas semanas después cuando se familiarizaría con el metro de París. Caminando siempre derecho se halló con un puente de nombre también Saint-Michel. Sin pensarlo dos veces, prosiguió su recorrido, pero de pronto, lo vio por primera vez: el río Sena. Observó hacia abajo y divisó lanchas acondicionadas para decenas de pasajeros repletas de turistas que pasaban debajo del puente haciendo tours.

Al cruzar el puente Saint-Michel, miró a su izquierda y vio decenas de casetas de vendedores de libros usados, ilustraciones, litografías y pinturas. Pero, al girar su vista a la derecha, a unos 200 metros contempló una inmensa y majestuosa estructura medieval de tipo gótico, franqueada a los dos lados por dos gruesas torres de tres niveles de 69 metros de altura y abajo tres arcadas que aperturaban la entrada al templo y en su parte posterior se escondía una aguja central que le daba una visión muy peculiar: era la famosa Catedral de Nuestra Señora de París, Notre Dame cuya construcción comenzó en el 1163, esto es, en pleno apogeo de la Edad Media.

“Cuarenta años después, ese icono de la arquitectura medieval padecería un siniestro fuego, de origen desconocido, que reduciría a cenizas una parte importante de su techo y la aguja central construida por inspiración del arquitecto francés Violet –le-Duc se desplomó”.

En ese momento, de repente la memoria de Aurelio retornó a sus días de juventud recordándole la lectura fascinante de la famosa novela de Víctor Hugo, el Jorobado de Notre-Dame donde el Romanticismo literario toma cuerpo en la historia de Quasimodo, el Jorobado sordo que habitaba en la torre, Esmeralda, la gitana y el archidiácono Frollo, ambientada en el París del siglo XV.

Pero Aurelio, ensimismado en sus pensamientos y en la contemplación de la impresionante arquitectura que sus ojos presenciaban, había dejado pasar el tiempo. Volvió a la realidad.

—Diablos, se dijo, mirando su reloj se dio cuenta que pasaban de las 2 p. m. Debía regresar de inmediato.

Mattei, a lo mejor, estaba llegando.

“En ese mismo momento, Lucía Mendieta, en la capital dominicana, junto a su hermana Julia abrevaban sendas tazas de chocolate como parte de su desayuno, mientras Felicia Castro, les organizaba sus mochilas. Era hora ya de salir para el colegio. En la vieja ciudad colonial dominicana eran las siete de la mañana”.

 

Amaury Justo Duarte

Diplomático

Ex embajador en el Reino de Marruecos. Consultor Jurídico, escritor, dirigente del Partido Revolucionario Moderno (PRM) Santo Domingo, Republica Dominicana.

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