El debate contemporáneo en torno a la inteligencia artificial suele oscilar entre la fascinación tecno-utópica que celebra la emergencia de una mente autónoma y el catastrofismo luddita que augura la sustitución masiva del trabajo humano. Frente a estas distorsiones ideológicas, el investigador e intelectual francés Hugo Pompougnac propone una rigurosa desmitificación fundada en la economía política del trabajo.
Cuestionando los vaticinios institucionales sobre el desplazamiento inminente de 300 millones de empleos, Pompougnac demuestra que la tecnología computacional no constituye una entidad trascendente, sino una forma concreta de trabajo humano acumulado, expropiado a escala global y devuelto como mercancía privada purificada mediante procesos estadísticos. En palabras del autor Hugo Pompougnac …” lo que se denomina inteligencia es, en efecto, inteligente, porque es el trabajo acumulado de millones de personas, lavado mediante un proceso estadístico y devuelto a nosotros como producto de nadie en particular”. Trasplantar este marco sociológico al estudio de la República Dominicana permite trascender la retórica estatal sobre modernización para desentrañar cómo el capitalismo periférico reconfigura la explotación laboral en la era digital de los modelos de lenguaje.
La primera tesis sustantiva de Pompougnac desbarata la falacia de la automatización inevitable: el capital no adopta tecnología por consideraciones de vanguardia, sino únicamente cuando la maquinaria rinde una tasa de ganancia superior al costo de explotación directa de la mano de obra. Desde los albores del siglo XXI, los incrementos de productividad media mundial se han desacelerado debido a que el capitalismo prevarica prefiriendo abaratar, precarizar y perseguir la fuerza de trabajo antes que incurrir en los elevados costos de capital que exige la mecanización integral. Del mismo modo que la industria textil no eliminó a los obreros, sino que los trasladó a talleres desregulados en el Sur global, en la economía dominicana la sobreexplotación salarial actúa como el principal freno estructural a la automatización.
Según datos oficiales del Banco Central de la República Dominicana, la informalidad laboral oscila de forma persistente entre el 53.8% y el 54.1% de la población ocupada. En sectores vertebrales como la agricultura, la construcción y el turismo de masas, la abundancia de trabajo barato y desprotegido desincentiva masivamente la inversión en robótica avanzada, haciendo de la devaluación salarial el mecanismo primario de acumulación de ganancias.
Allí donde penetran las tecnologías computacionales en el país, no lo hacen para emancipar al trabajador del esfuerzo rutinario, sino para perfeccionar los mecanismos de disciplina patronal y acortar los tiempos muertos. Esta dinámica encarna la categoría de neotaylorismo digital y vigilancia algorítmica. En el régimen de zonas francas dominicano, que alberga a más de 200,000 empleos directos, el subsector de Call Centers y Business Process Outsourcing (BPO) emplea a más de 37,200 trabajadores dominicanos, representando el 18.6% de la fuerza laboral del sector.
Este segmento funciona como laboratorio del taylorismo algorítmico laboral. El despliegue de agentes conversacionales no ha derivado en menor tiempo de trabajo para los jóvenes bilingües, sino en una intensificación drástica de las presiones métricas sobre quienes gestionan casos complejos. Mediante herramientas de monitoreo en tiempo real que miden inflexiones de voz y segundos entre llamadas, la tecnología opera como un capataz digital implacable e incesante. Pompougnac advierte lúcidamente que “lo cierto es que los dueños de medios de producción están en guerra con los trabajadores; la IA sirve sobre todo como pretexto (y como herramienta) para acorralarnos”.
Detrás de la pretendida autonomía de la inteligencia artificial yace una vasta base material invisible. Siguiendo al sociólogo Antonio Casilli, Pompougnac expone que los modelos lingüísticos dependen del entrenamiento, filtrado de contenidos aberrantes y etiquetado de datos realizados por millones de trabajadores de datos en la periferia global. En la República Dominicana, un contingente creciente de jóvenes y freelancers se incorpora a plataformas internacionales de microtareas como Remotasks, Outlier, Appen o Clickworker. Esta fuerza laboral encarna la precarización extrema: trabajando a destajo desde sus hogares sin contratos formales, sin cobertura en la Tesorería de la Seguridad Social (TSS) ni protección ante riesgos laborales, remunerada por céntimos mediante divisas electrónicas. Las multinacionales tecnológicas clasifican contablemente la paga de estos trabajadores como gastos de infraestructura en lugar de salarios, construyendo una ficción jurídica orientada a eludir la legislación laboral, impedir la organización sindical y ocultar la absoluta dependencia de la máquina respecto al trabajo humano precarizado.
En el plano macroestructural, el análisis de Pompougnac revela la contradicción fundamental del capitalismo digital: mientras el corpus cultural, científico y lingüístico acumulado por la humanidad durante siglos representa un bien común socializado, las relaciones de propiedad siguen siendo privadas y concentradas en oligopolios como OpenAI, Microsoft, Google y Amazon. En la República Dominicana, la Estrategia Nacional de Inteligencia Artificial (ENIA), impulsada por la OGTIC, incurre en un subordinado colonialismo de datos. Bajo la pretensión de convertir al país en un centro regional de innovación, el Estado actúa como consumidor cautivo que transfiere divisas públicas en licencias y almacenamiento en la nube foránea. El acervo simbólico dominicano es absorbido gratuitamente por corporaciones transnacionales para entrenar modelos cerrados cuyos accesos son revendidos a la propia sociedad que los produjo por el trabajo colectivo. La ENIA ignora la soberanía tecnológica, consolidando la dependencia estratégica del país frente a las multinacionales tecnológicas dominantes.
El análisis sociológico de la sociedad dominicana bajo el marco teórico de Hugo Pompougnac desmantela el mito de la tecnología como destino fatal de desempleo o solución neutra de mercado. La persistencia del 54% de informalidad, la disciplina algorítmica en los centros de contacto y la invisibilización del subproletariado de datos constituyen expresiones directas de la lógica del capital en la periferia. Frente a esto, el autor francés no propone una renuncia luddita, sino una imperiosa exigencia política: expropiar a los expropiadores de la infraestructura digital. Puesto que la inteligencia artificial no es más que trabajo humano socialmente acumulado, las fuerzas sociales y sindicales dominicanas deben exigir la regulación del trabajo en plataformas, la cobertura obligatoria en la TSS, la democratización algorítmica y la reorientación de las capacidades computacionales hacia la planificación pública y la reducción de la jornada laboral. Solo la socialización de las fuerzas productivas digitales permitirá poner la técnica al servicio de la emancipación humana.
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