En el imaginario colectivo, el hogar es el refugio por excelencia, el espacio donde el afecto y la protección deberían ser la norma. Sin embargo, los datos de la campaña "Los Datos Cuentan" han roto esa idea romántica. El informe “Infancia en Riesgo: Evidencias confirman la persistencia de la violencia contra la niñez” arroja una realidad alarmante: para la mayoría de los niños y niñas en la República Dominicana, su casa es, irónicamente, el lugar más inseguro.

Las estadísticas no dejan lugar a dudas sobre la magnitud del problema. Según el estudio, el 63.5% de los menores entre 1 y 14 años han sido víctimas de métodos de disciplina violentos, que abarcan desde el castigo físico hasta la agresión psicológica (gritos, humillaciones y amenazas).

Lo más preocupante es que esta violencia se ensaña con los más vulnerables. En los infantes de apenas 3 a 4 años, la cifra se dispara al 70%. "A esta edad, el niño tiene una dependencia absoluta de sus cuidadores y carece de defensas. La violencia en esta etapa crítica genera estrés tóxico que altera la arquitectura del cerebro, afectando el aprendizaje y la regulación emocional de por vida", advierte el documento.

El informe también pone el foco en la violencia indirecta. Uno de cada cuatro niños vive en hogares donde sus madres son víctimas de violencia de pareja. Aunque el niño no reciba el golpe directamente, el ambiente de miedo constante activa sus sistemas de alerta de forma permanente, actuando como una "esponja" del trauma.

Esta exposición funciona como una escuela de violencia: el menor aprende, por imitación, que la fuerza y la sumisión son las únicas vías para resolver conflictos, perpetuando el ciclo en la adultez.

La persistencia de estas cifras sugiere una normalización cultural del maltrato. Muchos cuidadores aún defienden el dolor como una herramienta pedagógica necesaria. No obstante, UNICEF es tajante: el castigo físico solo detiene el comportamiento momentáneamente a través del miedo, pero a largo plazo produce adultos con baja autoestima, depresión y serias dificultades para la convivencia social.

Frente a este oscuro panorama, UNICEF y organizaciones aliadas proponen una transición urgente hacia modelos de crianza basados en el respeto. Esta propuesta exige tres cambios fundamentales en el mundo adulto:

  • Sanar para no herir: Los cuidadores deben reconocer y sanar sus propias heridas de infancia para romper la cadena de maltrato heredada.
  • Del objeto al sujeto: Dejar de ver al niño como una "propiedad" de los padres y reconocerlo como un ser humano con dignidad y derechos plenos.
  • Disciplina Restaurativa: Sustituir el grito por el diálogo y utilizar el abrazo como ancla en momentos de crisis emocional, regulando el sistema nervioso del niño antes de buscar corregir la conducta.

La advertencia para la sociedad es clara: la ternura no es debilidad, es una fuerza política y social. Un niño que crece amado y respetado difícilmente se convertirá en un adulto violento. La erradicación de la violencia infantil no es solo una meta humanitaria; es la única vía real para construir una sociedad de paz en la República Dominicana.

Joselin Rivera

Joselin Rivera es un profesional senior con una trayectoria destacada en liderazgo estratégico, cooperación internacional y desarrollo humano. Se desempeñó como Coordinadora Nacional de Relaciones Eclesiales y Compromiso Cristiano en World Vision República Dominicana. Es licenciada en Economía por la UASD y posee maestrías en Liderazgo Organizacional (Eastern University), Gerencia y Productividad, y Educación Superior; además, cuenta con certificaciones internacionales en intervención en crisis y liderazgo. Su gestión se especializó en la articulación interinstitucional y el fortalecimiento de capacidades bajo un enfoque de derechos, protección infantil y sostenibilidad. Como consultora, ha liderado proyectos de alto impacto social junto a organismos internacionales y fundaciones como Sur Futuro y la Fundación Salesiana Don Bosco. Asimismo, ha compartido su experiencia en el ámbito académico como docente en INTEC. Su perfil integra rigor técnico y visión directiva con un firme compromiso hacia la justicia social, la dignidad humana y el empoderamiento de los actores locales.

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