Hay un viejo modo de explicar que muchas veces buscamos el problema donde solamente aparecen sus consecuencias.

La fiebre no está en la sábana.

Podemos cambiarla, lavarla, discutir su color y hasta culpar a quien duerme al lado. El enfermo seguirá teniendo fiebre mientras no atendamos aquello que ocurre dentro de su cuerpo.

Algo parecido hacemos desde hace demasiado tiempo con Haití.

Hablamos de migración.

Hablamos de la frontera.

Hablamos de elecciones.

Hablamos de bandas.

Hablamos de ayuda humanitaria, intervenciones extranjeras, deportaciones, racismo, xenofobia, comercio, fútbol y hasta de una isla que algunos describen como si la geografía pudiera borrar dos historias y dos soberanías.

Todos esos asuntos existen.

Algunos son importantes.

Pero ninguno, por sí solo, llega al meollo del problema.

La enfermedad está en otro lugar.

Haití necesita recuperar su Estado.

No solamente recuperar calles, barrios, carreteras, puertos o territorios actualmente sometidos al poder de organizaciones armadas. Recuperar territorio es indispensable, pero no suficiente. Un Estado no existe únicamente porque su bandera vuelva a ondear sobre un edificio público.

Tiene que poder gobernar.

Impartir justicia.

Cobrar impuestos.

Proteger a sus ciudadanos.

Registrar nacimientos y propiedades.

Mantener escuelas abiertas.

Hacer transitable una carretera después de inaugurarla.

Permitir que un empresario invierta sin tener que negociar primero con quien controla la esquina.

Garantizar que un policía represente la ley y no una facción.

Y conseguir, sobre todo, que el ciudadano pueda creer que la institución seguirá allí mañana.

Hace unos meses escribí sobre lo que he llamado la segunda emancipación de Haití.

La primera ocurrió hace más de dos siglos.

En 1804, después de una revolución extraordinaria por su trascendencia histórica, Haití rompió definitivamente con Francia y nació como Estado independiente. Fue una emancipación frente a un poder colonial y esclavista.

La segunda no puede consistir en independizarse otra vez de Francia, de Estados Unidos, de Naciones Unidas ni, mucho menos, de la República Dominicana.

Tiene otro adversario.

Es la progresiva captura del Estado por fuerzas que lo debilitan, lo utilizan, lo sustituyen o sencillamente ocupan el espacio que éste abandona.

No hay un único secuestrador.

Ese sería otro diagnóstico demasiado cómodo.

Durante décadas se han entrecruzado poderes políticos, intereses económicos, redes ilícitas, grupos armados, dependencias exteriores y una institucionalidad demasiado frágil para imponer permanentemente una autoridad que responda al interés común.

La criminalidad organizada ha llevado esa deformación a dimensiones extremas. Informes de Naciones Unidas describen organizaciones que ya no actúan únicamente como pandillas de barrio: controlan territorios y corredores económicos, extorsionan actividades productivas, participan en mercados ilícitos y desafían abiertamente la autoridad estatal.

Eso es más que inseguridad.

Es una disputa por el Estado.

Y por eso matar o encarcelar delincuentes, aunque sea necesario, no resolverá por sí solo el problema.

Hace apenas unos días, el 19 de octubre, el representante especial de Naciones Unidas para Haití dijo ante el Consejo de Seguridad algo que merece ser leído con cuidado: las operaciones de seguridad no pueden producir por sí solas una estabilidad duradera. Habló de fortalecer la autoridad del Estado, desarme, reintegración y una estrategia conducida por los propios haitianos.

Ahí está la diferencia.

Una fuerza internacional puede ayudar a recuperar una calle.

Solamente Haití puede recuperar el Estado haitiano.

Porque si cada intervención extranjera consigue temporalmente aquello que las instituciones haitianas todavía no pueden sostener cuando los extranjeros se marchan, habremos vuelto a colocar una sábana limpia sobre el mismo enfermo.

La segunda emancipación tendría que romper ese ciclo.

No consiste simplemente en elegir un presidente.

Las elecciones son necesarias.

Pero una urna no sustituye al Estado.

Podemos organizar las mejores elecciones imaginables y, al día siguiente, el funcionario elegido tendrá que gobernar el mismo territorio, recaudar con las mismas instituciones, impartir justicia con los mismos tribunales, proteger al ciudadano con la misma policía y negociar con los mismos poderes que hoy disputan la autoridad pública.

Por eso quizá hemos invertido demasiadas veces el orden de las preguntas.

Preguntamos quién gobernará Haití antes de preguntarnos qué tendrá realmente capacidad de gobernar quien resulte elegido.

La primera pregunta produce calendarios electorales.

La segunda obliga a construir Estado.

Y construir Estado es mucho menos vistoso.

No tiene la emoción de una elección ni produce fotografías tan espectaculares como la llegada de contingentes internacionales.

Se construye lentamente.

Un registro civil que funciona.

Un municipio capaz de administrar.

Un catastro que permite saber de quién es una propiedad.

Un juez que puede dictar una sentencia y hacerla cumplir.

Una escuela cuya continuidad no depende de quién domina el barrio.

Una administración que conserva expedientes cuando cambia el ministro.

Una policía profesional.

Una aduana.

Un sistema fiscal.

Una carretera mantenida.

Instituciones que acumulen experiencia en lugar de comenzar nuevamente desde cero después de cada crisis.

Ahí comienza la verdadera recuperación.

Y es ahí también donde cambia la relación con la República Dominicana.

Nuestro Estado nació en 1844 precisamente porque los dominicanos decidimos constituir uno propio, separado e independiente del Estado haitiano que había gobernado toda la isla desde 1822.

Nuestra independencia respondió a las circunstancias de aquel tiempo.

Dos siglos después las circunstancias son otras.

La República Dominicana no necesita hoy un Haití débil.

Todo lo contrario.

Necesitamos que Haití sea capaz de gobernarse.

Porque la debilidad del Estado haitiano no se queda del otro lado de la frontera.

Produce migración desordenada.

Alimenta mercados informales.

Favorece el contrabando.

Aumenta las presiones sobre servicios dominicanos.

Obliga a dedicar recursos crecientes a seguridad y control fronterizo.

Complica las relaciones internacionales dominicanas.

Y, sobre todo, condena a millones de haitianos a buscar individualmente fuera de sus instituciones aquello que su propio Estado no ha conseguido garantizarles dentro.

Por eso la recuperación de Haití no sería una concesión dominicana.

Sería también un interés dominicano.

Una operación de ganar y ganar.

Haití ganaría un Estado capaz de servir a su población.

La República Dominicana ganaría un vecino capaz de asumir plenamente las responsabilidades que corresponden a toda soberanía.

Y después vendría algo que casi nunca discutimos porque llevamos demasiado tiempo ocupados administrando la emergencia.

La prosperidad.

Un Haití estable necesitará construir viviendas, carreteras, puertos, escuelas, hospitales, redes eléctricas, sistemas de agua, industrias y servicios.

Necesitará formar trabajadores.

Atraer inversiones.

Producir alimentos.

Exportar.

Comprar.

Vender.

Conectarse.

Crecer.

¿A quién podría convenirle más esa transformación que al país que comparte con Haití casi cuatrocientos kilómetros de frontera?

Un vecino empobrecido produce presiones.

Un vecino que prospera produce mercados.

Un vecino sin Estado exporta problemas.

Un vecino con instituciones puede compartir soluciones.

No hace falta borrar la frontera para comprenderlo.

Al contrario.

Una frontera funciona mejor cuando existen dos Estados capaces de administrarla.

La geografía nos hizo vecinos.

La historia nos convirtió en dos naciones y dos Estados.

El futuro debería permitirnos convertir esa vecindad inevitable en una prosperidad conveniente para ambos.

Hay algo particularmente dominicano en esta manera de mirar el problema.

En el centro de nuestro escudo nacional aparece una Biblia abierta en Juan 8:32.

“Y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres.”

No está allí por casualidad. La propia Constitución conserva esa referencia en la descripción del Escudo Nacional.

La frase acompañó simbólicamente a una nación que necesitó afirmar su libertad construyendo un Estado propio.

Quizás dos siglos después debamos tener suficiente confianza en esa libertad para aceptar otra verdad.

En 1844 necesitábamos separarnos del Estado haitiano para preservar nuestra soberanía.

En el siglo XXI nos conviene que la nación haitiana recupere plenamente la suya.

No corresponde a la República Dominicana hacer esa segunda emancipación.

Sería una contradicción.

Las emancipaciones no se importan.

Mucho menos se imponen desde el extranjero.

Corresponde al pueblo haitiano liberar su Estado de todo aquello que lo ha capturado, debilitado o sustituido.

Pero una nación fragmentada no recupera su Estado únicamente expulsando a quienes lo han secuestrado. Tendrá que aprender también a reconstruirlo entre quienes tienen derecho a compartirlo. Y para eso no conozco otro camino duradero que el diálogo que permita la concertación, la concertación que haga posible el consenso y el consenso que termine convirtiéndose en compromiso. No para que todos los haitianos piensen igual, sino para que suficientes haitianos acepten qué Estado quieren reconstruir juntos y qué parte corresponde a cada uno para conseguirlo.

A nosotros nos corresponde comprender que ayudar, motivar, facilitar y acompañar ese proceso, cuando los propios haitianos abran la oportunidad de hacerlo, no significa renunciar a nuestros intereses.

Significa comprenderlos mejor.

Durante demasiado tiempo hemos administrado los síntomas de la enfermedad haitiana después de que llegan a nuestra frontera.

Quizás haya llegado el momento de comenzar a pensar también en la recuperación del enfermo.

No para que Haití dependa de nosotros.

Precisamente para lo contrario.

Para que pueda depender de sus propias instituciones.

Para que su pueblo no tenga que buscar fuera lo que debería encontrar dentro.

Para que la cooperación sustituya gradualmente a la emergencia.

Para que algún día podamos discutir menos sobre crisis, migración, bandas y fronteras, y mucho más sobre inversiones, comercio, infraestructura y oportunidades compartidas.

La primera emancipación permitió que naciera un Estado haitiano soberano.

La segunda tendrá que conseguir algo diferente y quizá más difícil después de dos siglos de historia:

que la nación haitiana recupere ese Estado y pueda hacerlo verdaderamente suyo.

Entonces podremos descubrir que su recuperación nunca fue una amenaza para nosotros.

Era también parte de nuestra propia seguridad y de nuestra prosperidad futura.

Porque, al final, la fiebre nunca estuvo en la sábana.

Alfredo Vargas Caba

Linguista, traductor, emprendedor

Alfredo Vargas Caba es ensayista dominicano. Nació en la República Dominicana, donde cursó su formación escolar hasta el bachillerato, que completó en los Estados Unidos. Realizó estudios universitarios en Francia y residió durante alrededor de tres décadas entre Francia, Suiza y Alemania, antes de establecerse en Texas, donde reside desde hace aproximadamente veinticinco años. Su trayectoria transatlántica informa su interés por la historia comparada, las fronteras imperiales, la cultura política y la ubicación hemisférica de la República Dominicana.

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