Aunque los conflictos armados ocurran a miles de kilómetros, sus efectos se sienten con claridad en la economía doméstica dominicana. Esta realidad no es nueva: a lo largo de la historia, las guerras han tenido repercusiones más allá de sus fronteras inmediatas. Durante la Primera y la Segunda Guerra Mundial, por ejemplo, economías de América Latina y el Caribe experimentaron escasez de productos, alzas de precios y alteraciones en el comercio internacional, aun sin participar directamente en los conflictos.

Más recientemente, la experiencia de la guerra entre Rusia y Ucrania demostró cómo un conflicto distante puede encarecer combustibles, alimentos y transporte, afectando directamente el presupuesto familiar y evidenciando la profunda interconexión de la economía global.

Hoy, ese impacto se intensifica con la nueva crisis en el Medio Oriente, particularmente en el estrecho de Ormuz, una de las rutas más importantes del comercio mundial de petróleo y gas. Cerca del 20 % de la energía global transita por este paso, por lo que cualquier interrupción tiene efectos inmediatos en los precios internacionales.

Cualquier tensión o interrupción en esa zona eleva los precios internacionales del petróleo, encareciendo combustibles, transporte y alimentos en países como, por ejemplo, el nuestro.

Desde inicios de 2026, en el marco de las tensiones entre países producto de la guerra, se han producido incidentes, bloqueos parciales y una reducción del tráfico marítimo. En algunos momentos, el tránsito de buques ha disminuido, afectando el suministro energético global.

Las consecuencias ya son visibles: alzas en los precios del petróleo y el gas, presiones inflacionarias e incertidumbre en los mercados internacionales. Incluso se advierte que una interrupción prolongada podría representar un riesgo sistémico para la economía mundial.

Para la República Dominicana, esto implica una presión aún mayor sobre la economía doméstica. Si la guerra en Ucrania elevó los precios de alimentos y fertilizantes, la crisis en Ormuz impacta directamente el costo del combustible, la electricidad y el transporte. En consecuencia, se produce un efecto en cadena: suben los precios, se reduce el poder adquisitivo y las familias ajustan su consumo.

A diferencia del caso ucraniano, donde el impacto fue progresivo, la situación en Ormuz tiene un potencial más inmediato y disruptivo, porque afecta directamente el flujo energético global. Esto significa que sus efectos pueden sentirse más rápido y con mayor intensidad. A pesar de las afirmaciones del Gobierno dominicano sobre las medidas a tomar, tanto a nivel individual como colectivo, persisten dudas sobre su alcance real frente a un escenario internacional cada vez más incierto y volátil.

Frente a este contexto, los hogares dominicanos enfrentan una doble presión: una inflación persistente y una creciente incertidumbre. La respuesta, sin embargo, parece repetirse: priorizar lo esencial, reducir gastos y actuar con cautela.

En este escenario, corresponde tomar mayor conciencia de la situación global, ya que, a pesar de la distancia, existe una responsabilidad compartida de comprenderla y prepararse para sus efectos.

La lección es clara: en un mundo profundamente interconectado, los conflictos ya no son lejanos. Desde Europa del Este hasta el Golfo Pérsico, la guerra termina sentándose a la mesa de cada hogar dominicano.

Rosalia Sosa Pérez

Abogada, economista, docente de la UASD. Cree en la educación como un acto de amor y responsabilidad social que transforma vidas y construye futuro. Red social Instagram: @sosaperezrosalia, @rsperezuasd Facebook: Rosalia Sosa Perez

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