Soy libre de pensar en lo que quiera y, ejerciendo a mis anchas la aplicación de una función intuitiva a los temas sobre los cuales leo, me ejercito en levantar las alas de mi imaginación y concluir —sin forzar— juicios sobre horizontes ilimitados, sin culpabilizarme por la momentánea incertidumbre y falta de claridad, que será superada.
Caminando muy temprano he oído un video de Roger Penrose sobre el teorema de Gödel y la IA (Inteligencia Artificial). Penrose tiene la convicción de que la conciencia es lo faltante en la IA, y que el cerebro no es una computadora. En su enfoque, la conciencia no sería solo una computación compleja; por eso combate la visión dominante de que el cerebro es una computadora biológica. Muchos expertos en IA creen que, si se construyen redes y parámetros suficientemente complejos y se alimentan de suficientes datos, la conciencia humana emergerá “por arte de magia”.
No quiero alargarme mucho en este complicado tema al que me acerco con temor lógico, pues incorpora conocimientos en los que soy totalmente ignorante. Solamente quiero aludir ideas centrales del video y conectarlas con mi intuición. Penrose dice que lo que le ha quitado el sueño es encontrar la “naturaleza” (digo yo) de la conciencia humana, y en ello ha trabajado por décadas. Esa tozudez teórica lo ha llevado a usar el teorema de Gödel (1931) para sostener que no es posible reducir la mente humana a una máquina puramente Soy libre de pensar en lo que quiera y, ejerciendo a mis anchas la aplicación de una función intuitiva a los temas sobre los cuales leo, me ejercito en levantar las alas de mi omputacional, y que —por tanto— la aparición de la conciencia humana en las máquinas no se sigue necesariamente del simple aumento de complejidad.
Por la vía precisamente de la IA he investigado lo siguiente sobre ese famoso y polémico lógico matemático y cito con literalidad: "Los teoremas de incompletitud de Kurt Gödel son dos resultados súper famosos en lógica matemática. En pocas palabras, lo que Gödel demostró fue que, en cualquier sistema formal lo suficientemente potente (como, por ejemplo, la aritmética), siempre va a haber enunciados que son verdaderos, pero que no se pueden demostrar dentro de ese mismo sistema".
En otras palabras, el primer teorema de incompletitud dice que ningún sistema formal consistente que pueda expresar la aritmética es capaz de probar todas las verdades aritméticas. Y el segundo teorema de incompletitud dice que un sistema así tampoco puede demostrar su propia consistencia.
Así que, en resumen, Gödel nos mostró que siempre hay ciertos límites internos en los sistemas formales. Fue fascinante descubrir que también en la lógica y las matemáticas el conocimiento experimenta sus dificultades. Y en ese sentido, el teorema de Kurt Gödel muestra que, en cualquier sistema formal, “siempre va a haber enunciados que son verdaderos pero que no se pueden demostrar dentro de ese mismo sistema”.
Dicho de otra forma —y aquí ya generalizando e inspirándome filosóficamente, como metáfora— lo interpreto así: en ninguna área del saber se podrá ser capaz de probar todas las verdades ni demostrar su propia coherencia.
¿Y qué tiene esto que ver con Sartre y la posibilidad de que establezca un diálogo con los cristianos? De antemano insisto en que mi loca intuición es una aproximación por profundizar: para algo pensamos y vamos con cautela. No somos máquinas y tenemos paciencia, pero también —después de todo— tememos caer en la ridiculez.
El bombillito se me prendió cuando advertí que Penrose, aunque viene de otro terreno, insiste en algo que a mí me suena existencial: la IA carece de conciencia porque no tiene experiencia interior vivida. Brevemente paso por encima de ello, pues todo el mundo sabe que, según la fenomenología, la conciencia humana es conciencia de algo, conciencia de mundo; y por tanto, la experiencia vivida edifica en nosotros una interioridad profunda y peculiar que —a diferencia de una máquina— nos compele a preguntarnos por el ser y responsabilizarnos de ello, creamos o no en un ser trascendente.
La ontología sartreana está presente para mí en todo esto: en Gödel, en Penrose, y en el modo de tematizar lo que “falta” cuando solo hay sistema, reglas y cómputo. Y, de paso, para completar el cuadro, afirmo que este enfoque también puede establecer un puente con el cristianismo. Lo digo rápidamente mencionando algunas categorías que, por sartreanas, son fenomenológicas y ontológicas: intencionalidad, cogito prerreflexivo, facticidad, mundo de la vida, alteridad, el Otro, etc.; de las cuales provienen universales que nos diferencian de las cosas, presentes en el cristianismo y en muchas formas de espiritualidad no militante en iglesias ni grupos.
En fenomenología, la intencionalidad se refiere a la idea de que toda conciencia es conciencia de algo, direccionalidad ausente en la IA. La IA no tiene un pensamiento prerreflexivo y, por tanto, no disfruta de la experiencia interior de “ser” en el nivel de conciencia tética de mundo ni de conciencia no posicional de sí misma como conciencia de algo. La IA procesa datos: no conoce el mundo de la vida o mundo vivido, tan rico en sentimientos y emociones llenos de significados compartidos. Añado que el tema de la alteridad no experimentada por los robots, y el tema del Otro, están presentes en Sartre, para quien también la conciencia es fáctica, está en situación: no es un algoritmo; es ser-en-el-mundo, situada en un cuerpo que muere, envejece y sufre.
A esto agrego la definición reveladora y abismal, cercana a Gödel en un sentido metafórico: Sartre entiende la conciencia como algo que nunca se cierra completamente sobre sí misma ni se agota en una definición final. Siempre hay una falta, un hueco, una especie de verdad no visible del todo, porque la conciencia está en un constante proyecto de ser.
Dejo esto al amparo de una pregunta poderosa: si para Sartre todo esto conduce a que no somos una cosa, quizás “una caña pensante” (Pascal), y si en la fenomenología existencial de Sartre también hay un núcleo de “incompletitud” en la propia experiencia humana (como en Gödel, aunque por analogía), ¿una persona no atea podría llenar esa distancia que somos respecto al mundo, según Sartre, con un Ser trascendente, en sustitución de la nada?
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