Es probable que cuando el gran maestro italiano de Derecho constitucional, Gaetano Mosca, escribió su conocida Historia de las doctrinas políticas no se imaginó que su tesis relativa a que “en todas las sociedades existen dos clases de personas: la de los gobernantes y la de los gobernados” se convertiría, a decir de Giovanni Sartori, en una de las afirmaciones más incómodas y persistentes del pensamiento político. Esta idea constituye el núcleo de su teoría de la clase política, según la cual quienes ejercen el poder real conforman siempre una minoría organizada, mientras la mayoría permanece en una posición subordinada.
Sin embargo, es justo aclarar que Mosca no afirmaba que esta minoría fuese necesariamente ilegítima o corrupta, sino que su existencia era estructural e inevitable. Para él, la clave del poder no reside en el número, sino en la organización, cohesión y control de los recursos políticos. De ahí surge su célebre ley: “los que mandan siempre son una minoría”, y esa minoría, por definición, no es democrática en sentido estricto, aun cuando actúe dentro de regímenes que se autodefinen como tales.
Esta tesis es retomada y actualizada por Giovanni Sartori en la Lección 9 de su obra La democracia en 30 lecciones, donde examina críticamente el ideal democrático frente a la realidad del poder. Sartori reconoce que la democracia moderna no elimina la distinción entre gobernantes y gobernados; lo que hace es regularla, limitarla y someterla a controles. En este sentido, la democracia no es el gobierno del pueblo en sentido literal, sino un sistema de reglas que permite elegir, reemplazar y fiscalizar a quienes gobiernan.
Para Sartori, el error frecuente consiste en confundir democracia con igualdad absoluta de poder. La democracia funciona, precisamente, porque acepta la existencia de élites, pero las obliga a competir, a rendir cuentas y a someterse periódicamente al juicio ciudadano.
Se trata de una reflexión que se conecta directamente con la doctrina de Robert Michels, quien formuló la conocida ley de hierro de la oligarquía. Michels sostuvo que toda organización, incluso las más democráticas, tiende inevitablemente a concentrar el poder en manos de pocos dirigentes. La complejidad organizativa, la especialización y la apatía de las masas conducen a que las élites se perpetúen, reforzando el criterio original de Mosca.
En ese sentido, Sartori sostiene que la tesis de Michels puede generalizarse en cuanto a que “cuanto más organizada se hace una organización, en esa misma medida será cada vez menos democrática”.
Por su parte, Joseph Schumpeter reinterpretó la democracia al definirla como un método competitivo para la selección de líderes, más que como la expresión directa de la voluntad popular. Para Schumpeter, el pueblo no gobierna, lo que hace es elegir a quienes gobernarán, y esa elección es el mecanismo central de legitimación.
En conjunto, Mosca, Michels, Schumpeter y Sartori convergen en que aunque la democracia no elimina el dominio de las minorías puede civilizarlo. Su fortaleza no reside en negar la realidad del poder, sino en domesticarla mediante reglas, competencia y responsabilidad pública, al tiempo de sostener que el verdadero desafío democrático no es quién manda, sino cómo se controla a quienes mandan.
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