La reciente agresión armada del gobierno de Trump contra Venezuela es la expresión hemisférica de un patrón ya desnudado en Palestina: el imperialismo clásico y el colonialismo no son reliquias, sino son métodos de dominación vigentes. Ante el colapso del derecho internacional de cuño neoliberal, la fuerza bruta resurge como axioma de un poder que ya no persuade, sino que impone. A partir del secuestro de Nicolás Maduro, desarrollo cuatro apuntes que delinean una geopolítica más dura en las Américas y exponen las fracturas de un orden mundial en proceso de implosión.
- Venezuela como primer blanco de la Estrategia de Seguridad Nacional de EE.UU
Venezuela ha sido el primer blanco de la Estrategia de Seguridad Nacional con la que Estados Unidos busca reafirmar su dominio en el hemisferio occidental, abarcando regiones desde América del Norte y Central hasta el Caribe, América del Sur y ahora Groenlandia. El texto, publicado en diciembre de 2025, declara abiertamente su objetivo de "negar a los competidores extra-hemisféricos la capacidad de desplegar fuerzas o capacidades amenazantes, o poseer o controlar activos estratégicamente vitales en el Hemisferio" (p. 15). Así, el secuestro de Maduro es la ejecución práctica de un documento que deja clara su intención: Washington no tolerará competidores en lo que considera su esfera de influencia exclusiva. Lo ocurrido en Venezuela es la aplicación de una regla que busca reconfigurar la geopolítica global. El fin último de esta estrategia trasciende el ámbito venezolano: se trata de asegurar el control sobre recursos naturales, apalancarse regionalmente, rediseñar las cadenas de suministro global y consolidar una posición de fuerza de cara a una potencial confrontación militar con China.
Esta operación transmite un mensaje de hierro: la disidencia se paga con la intervención militar. Frente a esto, la burocracia chavista venezolana puede actuar como dique contra Washington y los sectores locales que traicionaron a Maduro. La estrategia de la presidenta de Venezuela, Delcy Rodríguez, es de doble discurso: chavismo en lo político, trumpismo en lo económico. Washington no perpetró un cambio de régimen, sino un régimen de cambios cuya primera fase ha sido la cabeza de Maduro. Un acto, cuatro objetivos. (1) Proyección de poder: Washington demuestra a Rusia, China y sus aliados que aún ejerce un dominio incontestable en la región. (2) Distracción doméstica: la figura del “chivo expiatorio” venezolano canaliza hacia afuera el descontento económico-social dentro de Estados Unidos. (3) Divisionismo regional: se difunde la falsa narrativa de que, eliminado Maduro, se resuelve la crisis migratoria —una crisis cuyo origen son las sanciones económicas impuestas por EE.UU desde 2015. Esta ingeniería de percepciones busca fracturar la respuesta latinoamericana, tal como evidenció la falta de consenso en la CELAC para condenar la agresión. (4) Botín económico: se despeja el camino para controlar la empresa estatal Petróleos de Venezuela S.A. (PDVSA), recursos mineros al Sur del Orinoco (oro, hierro, etc.), y la reinstauración forzosa del dólar como moneda petrolera.
- El sistema de petrodólares y el desafío venezolano
Hay un motivo no dicho detrás de la captura de Maduro: el desafío monetario de Venezuela. Las palabras de Trump tras la “captura” de Maduro fueron reveladoras tanto por lo dicho (“vamos a hacer que nuestras grandes petroleras… generen dinero para el país”) como por lo callado: el desafío monetario que Venezuela representaba. Desde el año 2000, Caracas ejecutó una política deliberada de vender su petróleo en yuanes (China), rublos (Rusia) y rupias (India), abandonando el dólar y negándose a reciclar sus ingresos en bonos del Tesoro o activos de Wall Street. Este acto constituía un desafío a la arquitectura financiera global (sobre este tema, ver el excelente libro de Anya Parampil, Corporate Coup: Venezuela and the End of US Empire, 2024).
Este sistema, conocido como petrodólar, emergió en los años setenta como un mecanismo de dominio financiero global. Tras la crisis del patrón de oro (1971) y el embargo petrolero árabe (1973), Estados Unidos forjó en 1974 un pacto estratégico con Arabia Saudita: el dólar sería la única moneda para transar el petróleo a cambio de protección militar y privilegios financieros para la monarquía saudí. De este modo, el crudo se convirtió en el respaldo material que cimentó la hegemonía internacional del dólar.
Así, cuando Venezuela comenzó en el año 2000 a vender su petróleo en monedas alternativas al dólar, no estaba realizando un mero ajuste comercial. Era un acto de insubordinación financiera: ponía en tela de juicio un pilar estructural del poder estadounidense y desafiaba el consenso que sostiene al dólar como reserva mundial. Esta “herejía” monetaria explica en parte la agresión de Washington contra Venezuela. Parecería que lo que Estados Unidos busca es controlar el precio del petróleo, actuando simultáneamente sobre la oferta (a través de su producción de shale y su alianza con Arabia Saudita en la OPEP), la demanda (como consumidor y mediante el control del ciclo financiero global) y, de manera fundamental, sobre la moneda de intercambio: el dólar. Esta posición de privilegio le permitiría enfrentar con ventaja a otros grandes productores como Rusia e Irán, así como manejar la creciente demanda china de petróleo.
- Conexiones estratégicas: el ataque a Putin y el secuestro de Maduro
El 29 de diciembre, el canciller ruso Sergei Lavrov denunció un ataque con 91 drones —lanzados desde territorio ucraniano— que tuvo como uno de sus blancos la residencia de Vladimir Putin en Nóvgorod. Horas antes, Trump y Zelensky se reunían en Florida. Esta sincronía levanta preguntas inevitables: ¿Es solo coincidencia la proximidad temporal entre el ataque directo a Putin y el secuestro de Maduro, sabiendo que ambos son aliados estratégicos? ¿Por qué la prensa internacional ha silenciado la naturaleza dual de la residencia presidencial rusa, que funcionaba también como centro o nodo nuclear? Detrás de estas preguntas late una hipótesis aún mayor: que ambos sucesos forman parte de una misma jugada geopolítica destinada a probar los límites de Rusia mientras se ejecuta una agresión contra Venezuela.
Lejos de tratarse de una mera casualidad, la simultaneidad de ambos eventos puede revelar una estrategia de presión coordinada y de resonancias nucleares. Las autoridades rusas vienen analizando los datos técnicos de los drones para rastrear su origen operativo —tecnología y coordinación que, según indicios, apuntan a agentes externos—. Frente a las desmentidas oficiales de la CIA, testimonios de antiguos miembros de los servicios de inteligencia occidental dibujan un panorama distinto. Larry Johnson, exanalista de la Agencia, ha afirmado en una entrevista que “al menos para la CIA no existe la intención de retroceder o cesar los ataques contra la infraestructura rusa”. En la misma línea, el exagente del MI6 Alastair Crooke interpreta el ataque como un mensaje de escalada calculada: “Estos ataques no tienen nada que ver con lo que sucede en Ucrania, esto tiene que ver con una Guerra Nuclear… Parece decir: ‘Si vas a responder contra nosotros, Moscú, si vas a presionar a Irán o a Venezuela o a cualquier otro, miren, podemos eliminarlos, podemos golpear sus bombarderos estratégicos, podemos impactar sus radares y podemos asestar un golpe a su centro de mando. Solo les damos una pequeña muestra para que comprendan esto’”. De confirmarse la participación de la CIA, no solo colapsarían las negociaciones sobre Ucrania, sino que se elevaría el riesgo de una escalada militar. El mensaje para Putin sería: “Te localizamos, podemos atacarte. No intervengas en lo que viene para America Latina e Irán”.
- Cierre: la implosión imperial y sus resonancias
Cuando un imperio se descompone, su colapso actúa como un agujero negro: distorsiona el espacio a su alrededor y deforma la realidad que alguna vez controló. La agresión contra Venezuela no es (ni va a ser) un evento aislado, sino un síntoma terminal de una potencia que recurre a la fuerza bruta para atenuar y postergar su declive. Lo ocurrido con Maduro y la presión simultanea ejercida sobre Putin son dos caras de una misma estrategia: la reafirmación violenta de una hegemonía en retirada.
Estamos advertidos. La violencia geopolítica actual no es el prólogo de un nuevo orden, sino los espasmos de uno que se resiste a morir. La transición será prolongada, inestable y riesgosa, porque quien cae no suelta lo que sostiene, sino que lo destroza.
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